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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— No estoy echando un pulso a nadie, sino que estoy asumiendo la responsabilidad de mis acciones. Es culpa mía que la hermana Verna fuese rebajada y pienso arreglarlo. Estoy luchando por lo que considero justo. Si no lo hago, no soy nada.

— Richard, si estás aquí cuando el sol se ponga…

— Estás malgastando un tiempo precioso, Pasha.

52

Ya estaba bastante avanzada la tarde cuando las oyó acercarse. Percibió el ruido de un solo caballo y la voz de Pasha que gritaba en qué dirección ir. Al fin aparecieron en el claro.

Richard envainó la espada.

— ¡Bonnie! —El joven rascó el cuello de la yegua—. ¿Cómo estás, pequeña?

Bonnie frotó el hocico contra su pecho. Bajo la desaprobadora mirada de la hermana Maren, le metió los dedos a ambos lados de la boca para comprobar el bocado.

— Me alegra comprobar que usas un bridón, Hermana.

— Los mozos de cuadra me han dicho que no pueden encontrar ningún bocado curvo. Al parecer han desaparecido —añadió, mirándolo con recelo—. Es un misterio.

— ¿De veras? —Richard se encogió de hombros—. No puedo decir que lo lamente.

Pasha jadeaba por el esfuerzo de haber mantenido el ritmo de la Hermana a caballo. Su blusa blanca estaba empapada de sudor e intentaba poner un poco de orden en la enmarañada mata de pelo, pero en vano. Seguramente la Hermana la había obligado a ir a pie como castigo. La hermana Maren, en su vestido marrón abrochado hasta el cuello, se veía más fresca que una lechuga a lomos de la yegua.

— Bueno, Richard —dijo, al tiempo que desmontaba—. Ya estoy aquí, como pediste. ¿Qué es lo que quieres?

La Hermana sabía perfectamente qué quería, pero Richard decidió exponer de nuevo sus demandas en tono sosegado.

— Es muy sencillo. Que la hermana Verna recupere el rango de Hermana. Enseguida. Y que recupere asimismo el dacra.

La hermana Maren pareció descartar tal posibilidad con un ademán.

— Y yo que creía que querrías algo imposible. Es muy fácil. Ya está hecho. Verna vuelve a ser una Hermana. Para mí no supone ninguna diferencia.

— Y cuando te pregunte, no quiero que le cuentes mi participación en este asunto. Sólo dile que después de reconsiderarlo has decidido rehabilitarla. Si quieres, puedes decirle que rogaste a tu Creador que te guiara y que entonces tuviste la inspiración de que debía seguir siendo una Hermana.

La hermana Maren se apartó un mechón de su fino pelo rubio rojizo de la cara.

— Por mí, de acuerdo —replicó—. ¿Estás satisfecho ahora o quieres cambiar algo más?

— No, nada más. La tregua sigue en pie.

— Perfecto. Ahora que hemos acabado con los asuntos triviales, muéstrame el oso que has matado. Pasha y medio palacio están revolucionados pensando que has matado a un mriswith. —Pasha mantuvo la mirada clavada en el suelo, furiosa, mientras la hermana Maren la miraba con desaprobación—. Pasha no es más que una estúpida chiquilla que jamás pone sus delicados pies sobre ningún suelo que no haya sido barrido, fregado o encerado. La única vez que osa asomar la cabeza fuera de palacio es para ver el último rollo de encaje llegado a Tanimura. No distinguiría un conejo de un buey, y mucho menos un… Pero ¿qué es esa peste?

— Entrañas de oso —contestó Richard.

Extendiendo un brazo le indicó el camino. Deferentemente Pasha se hizo a un lado. La hermana Maren se alisó el vestido a la altura de las caderas y se encaminó hacia los árboles. Pasha alzó la vista hacia Richard y cuando ambos oyeron a la Hermana lanzar una exclamación ahogada, la cabeza de la joven siguió la mirada y sonrió.

La Hermana regresó caminando hacia atrás; estaba tan pálida como la cera. Pasha clavó de nuevo los ojos en el suelo.

Pero la hermana Maren le alzó el mentón con dedos temblorosos.

— Decías la verdad —susurró—. Perdóname, hija mía.

Pasha hizo una venia.

— Naturalmente, hermana Maren. Gracias por haber gastado vuestro tiempo comprobando mi informe.

La altiva actitud de la Hermana había desaparecido, reemplazada por genuina inquietud.

— ¿Cómo murió esa criatura? —preguntó a Richard. Éste sacó la espada de su vaina apenas quince centímetros y volvió a guardarla—. ¿Entonces lo que me ha contado Pasha es cierto? ¿Tú la mataste?

Richard se encogió de hombros.

— He pasado la mayor parte de mi vida al aire libre. Sabía que no era ningún conejo.

Mientras regresaba junto a la monstruosa criatura la Hermana iba murmurando para sí.

— Debo estudiarla. Ésta es una oportunidad sin precedentes.

Pasha miró a Richard frunciendo la nariz en señal de repugnancia mientras la Hermana pasaba un dedo sobre la hendidura sin labios de la boca, tocaba los orificios de las orejas y rozaba con una mano la lustrosa piel negra. También inspeccionó atentamente la ropa hecha con pellejos.

Entonces se levantó y miró las entrañas. Finalmente se volvió hacia Richard.

— ¿Dónde está la capa? Pasha me dijo que llevaba una capa.

Cuando el mriswith había atacado y él lo había partido en dos, el viento había inflado la capa, razón por la cual no sufrió ni un desgarro. Después, mientras esperaba que Pasha regresara con la hermana Maren, había descubierto por casualidad la asombrosa capacidad de la capa. Después de lavarla para quitar toda la sangre, la había tendido sobre una rama y, una vez seca, se la había guardado en la mochila. No tenía ninguna intención de entregarla.

— Es mía. Es mi botín de batalla. Me la quedo.

La Hermana lo miró con perplejidad.

— Pero los cuchillos,… ¿Acaso los hombres no preferís armas como botín de batalla? ¿Para qué quieres una capa en vez de los cuchillos?

Richard dio golpecitos a la empuñadura de su espada.

— Ya tengo una espada. ¿Para qué querría unos cuchillos que han resultado ser inferiores a mi arma? Siempre he deseado tener una larga capa negra y ésta me gusta. Así que me la quedo.

Nuevamente la Hermana frunció el entrecejo.

— ¿Es otra condición para mantener la tregua?

— Si es necesario, sí.

El frunce se suavizó. La Hermana lanzó un suspiro.

— Bueno, supongo que da igual. Lo importante es la criatura y no la capa. Tengo que estudiarla —concluyó, centrando de nuevo su atención en el hediondo cadáver.

Mientras ella se inclinaba de nuevo sobre el mriswith, Richard enganchó el arco, la aljaba y la mochila en la parte delantera de la silla de montar. Luego apoyó un pie en el estribo y se subió en Bonnie.

— Procura salir del bosque antes del atardecer, Hermana.

La mujer miró por encima del hombro.

— Eh, ése es mi caballo. No puedes llevarte mi caballo.

Richard esbozó una sonrisa de disculpa.

— Me torcí un tobillo luchando con el mriswith. Me imagino que no querrás que el nuevo pupilo de palacio tenga que hacer el camino de regreso cojeando, ¿verdad? Podría tropezar y romperme la crisma.

— Pero…

Richard tendió una mano a Pasha y la agarró por el brazo. La joven lanzó una exclamación de sorpresa cuando Richard tiró de ella hacia arriba y la sentó detrás de él.

— Por favor, procura no estar aquí cuando el sol se ponga, hermana Maren. He oído decir que el bosque Hagen es muy peligroso de noche.

Pasha hizo lo posible por que la Hermana no le viera la cara. Richard notó cómo se reía entre dientes contra su espalda.

— Ya, ya. Descuida —replicó la hermana Maren, los ojos de nuevo prendidos en el mriswith—. Vosotros dos volved. Lo habéis hecho muy bien, ambos. Yo tengo que estudiar esta criatura antes de que los carroñeros la descubran.

Pasha se sujetaba a él con tanta fuerza, que apenas le dejaba respirar. Además, los firmes senos de la joven apretados contra su espalda le producían una sensación turbadora. Pasha se agarró a él con las manos alrededor del pecho, tratando de asirse mejor como si temiera caerse en cualquier momento.

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