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La Hora Del Angel

Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:

Con La hora del ángel, primer volumen de su nueva serie, Anne Rice retoma su narrativa más oscura para convertir a los ángeles en protagonistas.
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
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Se quedó todo el día en el apartamento con su familia muerta a su alrededor. Dejó abiertas las puertas del cuarto de baño y del dormitorio, porque no quiso que los cuerpos se quedaran solos. Le habría parecido irrespetuoso hasta un punto horrible.

Liona llamó dos veces más, y la segunda vez él dormitaba y no estaba del todo seguro de haberla oído.

Finalmente se quedó dormido en el sofá, y cuando volvió a abrir los ojos olvidó lo que había ocurrido, y pensó que estaban todos vivos y las cosas seguían su curso normal.

De nuevo la verdad lo golpeó con la fuerza de un martillo.

Se puso el blazer y los pantalones caqui y guardó toda su ropa en una maleta que su madre se había traído del hospital años atrás, cuando tuvo los niños. Sacó todo el dinero que guardaba en los escondites.

Besó a su hermano pequeño. Se arremangó y sumergió el brazo en la bañera manchada para poner con la punta de los dedos un beso en la mejilla de su hermana. Luego besó el hombro de su madre. Miró de nuevo el rosario. No lo había estado rezando cuando murió. Simplemente estaba allí, olvidado en medio del desorden.

Lo recogió, lo llevó al baño y lo limpió con el agua del lavamanos. Luego lo secó con una toalla y se lo puso en el bolsillo.

Todos parecían muy muertos ahora, muy vacíos. Aún no había olor, pero estaban muy muertos. La rigidez del rostro de su madre lo absorbió. El cuerpo de Jacob en el suelo estaba seco y arrugado.

Luego, cuando ya se disponía a irse, volvió a su escritorio. Quería llevarse dos libros. Tomó su devocionario y el libro titulado Los ángeles, de fray Pascal Parente.

Yo observé aquello. Lo observé con mucho interés.

Me di cuenta de la forma como empaquetaba aquellos libros preciosos en la voluminosa maleta. Pensó en otros libros de religión que amaba, entre ellos las Vidas de los santos, pero no tenía espacio para ellos.

Tomó el tranvía hacia la parte baja y, delante del primer hotel al que llegó, subió a un taxi que lo llevó al aeropuerto.

Sólo una vez pasó por su mente llamar a la policía, e informar de lo que había sucedido. Pero era tal la rabia que sentía que desechó esa idea definitivamente.

Fue a Nueva York. Nadie puede encontrarte en Nueva York, supuso.

En el avión, se aferró a su laúd como si algo pudiera ocurrirle. Miraba por la ventanilla y sentía una angustia tan grande que no le pareció posible que la vida pudiera reservarle nunca ni una partícula de alegría.

Ni siquiera tararear en voz baja para sí mismo las melodías de las canciones que más le gustaba tocar significaba nada para él. En sus oídos sonaba un estruendo como si los diablos del infierno tocaran una música horrenda con la intención de sacarlo de quicio. Susurró para sí, para silenciarla. Deslizó la mano en su bolsillo, encontró el rosario y recitó las palabras, pero no meditó en los misterios. «Santa María… -musitó entre dientes-,… ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.» «Son sólo palabras», pensó. Le era imposible imaginar la eternidad.

Cuando la azafata le preguntó si deseaba un refresco, contestó:

– Alguien los enterrará.

Ella le sirvió una gaseosa con hielo. Toby no durmió. Sólo eran dos horas hasta Nueva York, pero el avión empezó a volar en círculos durante mucho tiempo antes de aterrizar finalmente.

Pensó en su madre. ¿Qué podía haber hecho? ¿Dónde podía haberla colocado? Había buscado sitios, médicos, un modo, cualquier modo, de ganar tiempo hasta poder salvar a todos. Puede que no se moviera lo bastante aprisa, que no fuera lo bastante listo. Puede que tuviera que habérselo dicho a sus maestros en la escuela.

Ahora no importaba, se dijo a sí mismo.

Era de noche. Los oscuros edificios gigantes del East Side de la ciudad parecían infernales. El ruido absoluto de la urbe lo aturdió. Lo dejaba confinado en el enorme taxi, lo asaltaba en los semáforos cerrados. El taxista, detrás de la gruesa mampara de plástico, era para él sólo un fantasma.

Finalmente, dio unos golpecitos en el plástico y dijo a aquel hombre que lo llevara a un hotel barato. Tuvo miedo de que pensara que era un niño y lo llevara a la policía. No se dio cuenta de que, con su más de metro noventa de estatura y la expresión hosca de su cara, no tenía un aspecto en absoluto infantil. El hotel no era tan malo como había temido.

Pensó en cosas malas mientras recorría las calles en busca de trabajo. Llevaba con él su laúd.

Pensó en las tardes, cuando era pequeño y al volver a casa encontraba borrachos a sus padres. Su padre era un mal policía, y todos lo sabían. Nadie en la familia de su madre podía soportarlo. Sólo su propia madre le había suplicado una y otra vez que tratara mejor a su mujer y a sus hijos.

Incluso cuando era un niño, Toby sabía que su padre acosaba a las mujeres fáciles del Barrio Francés y obtenía favores de ellas a cambio de «hacer la vista gorda». Oyó a su padre alardear de esa clase de cosas con los otros pocos policías que se reunían con él a beber cerveza y jugar al póquer. Compartían esas historias. Cuando los otros dijeron a su padre que debía de estar muy orgulloso de un chico como Toby, su padre dijo:

– ¿De quién habláis, de Cara Bonita? ¿De mi nenita?

A veces, cuando estaba muy borracho, su padre se burlaba de Toby, se metía con él, pedía ver lo que tenía Toby entre las piernas. A veces Toby le llevaba una cerveza o dos de la nevera para que llegara más deprisa el momento en que se quedaba dormido con los brazos cruzados sobre la mesa.

Toby se alegró cuando su padre fue a la cárcel. Su padre siempre había sido rudo y frío con él, y tenía una carota informe y colorada. Era mezquino y feo, y su aspecto era también mezquino y feo. El joven bien parecido de las fotografías antiguas se había convertido en un borracho obeso de cara roja con papada y voz aguardentosa. Toby se alegró cuando apuñalaron a su padre. No recordaba haber asistido al funeral.

La madre de Toby siempre había sido bonita. En aquellos tiempos, había sido también cariñosa. Y su forma preferida de referirse a su hijo era «mi encanto».

Toby se le parecía en las facciones y en los gestos, y nunca dejó de sentirse orgulloso de eso, a pesar de todo lo que ocurrió después. Nunca dejó de sentirse orgulloso de su estatura cada vez mayor, y ese orgullo se reflejaba en su modo de vestirse para que los turistas le dieran dinero.

Ahora, mientras caminaba por las calles de Nueva York intentando ignorar los ruidos estruendosos que lo acosaban desde todas partes, intentando escurrirse entre el gentío sin ser arrollado, pensaba una y otra vez: «Nunca hice lo bastante por ella, nunca. Nada de lo que hice fue suficiente. Nada.» Nunca nada de lo que hizo fue suficiente para nadie, excepto tal vez para su profesora de música. Se acordó de ella ahora y deseó poder llamarla y decirle cuánto la quería. Pero sabía que no lo iba a hacer.

El largo día monótono de Nueva York se convirtió de repente y de forma espectacular en noche. Por todas partes se encendían luces alegres. Las marquesinas de las tiendas resplandecían de brillos parpadeantes. Las parejas se encaminaban veloces a los cines o los teatros. No le fue difícil darse cuenta de que se encontraba en el barrio de los teatros, y se entretuvo mirando por los ventanales de los restaurantes. Pero no tenía hambre. La mera idea de comer le revolvía las tripas.

Cuando los teatros se vaciaron, Toby empuñó su laúd, dejó abierto en el suelo el estuche forrado de terciopelo verde, y empezó a tocar. Cerró los ojos y entreabrió la boca. Tocó las piezas más oscuras y complejas de Bach que conocía, y de vez en cuando atisbó, como por una rendija, los billetes que se amontonaban en el estuche, e incluso oyó, aquí y allá, los aplausos de quienes se paraban a escucharlo.

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