Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
Bajó a la ciudad vieja a tocar por dinero.
En toda la ciudad había fiestas aquella noche para los graduados de los jesuitas. No las había para Toby.
Se colocó muy cerca de los bares más famosos de Bourbon Street, y allí abrió su estuche y empezó a tocar. Sumergió su corazón y su alma en las letanías más tristes que jamás escribió Roy Orbison. Y muy pronto empezaron a revolotear a su alrededor los billetes de veinte dólares.
Qué espectáculo era, alcanzada ya la madurez artística y tan bien vestido en comparación con los astrosos músicos callejeros sentados aquí o allá, o los mendigos que se limitaban a pedir una moneda entre murmullos, o los desarrapados pero brillantes niños bailarines.
Tocó Danny Boy por lo menos seis veces esa noche sólo para una pareja, y le dieron un billete de cien dólares que guardó en su cartera. Tocó todo lo que le pedían aquellos paseantes festivos, y si daban palmas y pedían bluegrass allá iba él, o tocaba música country con el laúd imitando un violín, y ellos bailaban a su alrededor. Expulsó de su mente todo, excepto la música.
Cuando empezó a amanecer, entró en la catedral de St. Louis, y rezó el salmo que tanto había amado al leerlo en la Biblia católica de su abuela:
¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan hasta el cuello! Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie; he llegado hasta el fondo de las aguas, y las olas me anegan. Estoy exhausto de gritar, arden mis fauces, mis ojos se consumen de esperar a mi Dios.
Para terminar, susurró: «¡Dios querido!, ¿acabarás con este dolor?»
Ahora tenía más de seiscientos dólares para pagar las facturas. Podía mirar al frente. Pero ¿qué importaba si no podía salvarla?
– Dios querido -rezó-. No quiero que muera. Siento haber rezado para que muriera. Dios querido, sálvala.
Se le acercó una mendiga al salir de la catedral. Estaba mal vestida y murmuraba entre dientes que necesitaba una medicina para salvar a un niño moribundo. Él sabía que mentía. La había visto muchas veces, y siempre le había oído contar la misma historia. Se quedó mirándola largo rato, y luego la hizo callar con un gesto de la mano y una sonrisa, y le dio veinte dólares.
A pesar de lo cansado que estaba, cruzó el barrio para no gastar unos pocos dólares en un taxi, y volvió a casa en el autobús de St. Charles, mirando soñoliento por la ventanilla.
Quería desesperadamente ver a Liona. Sabía que aquella noche iba a verlo graduarse -ella y sus padres, en realidad-, y quería explicarle por qué no se había presentado.
Recordó que habían hecho planes para después, pero ahora todo le parecía remoto y estaba demasiado cansado para pensar en lo que le diría cuando finalmente hablara con ella. Pensó en sus enormes ojos enamorados, en su ingenio siempre a punto y la inteligencia aguda que nunca disimulaba, y en el timbre de su risa. Pensó en todas las maravillosas cualidades que la adornaban, y supo que cuando pasaran los años de los estudios, la perdería con toda seguridad. Ella también se había matriculado en el conservatorio, pero ¿cómo competir con los jóvenes que inevitablemente iban a rodearla?
Tenía una voz espléndida, y en el musical de los jesuitas había actuado como una auténtica estrella, que amaba la escena y que había aceptado los aplausos, las flores y las felicitaciones con modestia pero llena de confianza.
No comprendía por qué se había enredado con él. Y sintió que debía apartarse, dejarla ir, y casi se echó a llorar al pensar en ella.
Mientras el autobús ruidoso y asmático subía hacia la ciudad alta, se abrazó a su laúd e incluso dormitó con la mejilla apoyada en él durante un instante. Pero se despertó sobresaltado al llegar a su parada, bajó y dejó con esfuerzo que los pies lo sostuvieran sobre la acera.
Tan pronto como entró en el apartamento, supo que algo iba mal.
Encontró a Jacob y Emily ahogados en la bañera. Y a su madre con las muñecas cortadas, muerta en la cama, con la manta y parte de la almohada empapadas en sangre.
Durante largo rato miró los cuerpos de su hermano y su hermana. La bañera se había vaciado de agua casi por completo, pero los pijamas aún estaban húmedos y arrugados. Pudo ver moretones por todo el cuerpo de Jacob. Debía de haber luchado con todas sus fuerzas. Pero la cara de Emily, en el otro extremo de la bañera, estaba serena y perfecta, con los ojos cerrados. Tal vez no llegó a despertar cuando su madre la ahogó. El resto de agua que quedaba estaba manchado de sangre. También había sangre en el grifo, en donde había chocado la cabeza de Jacob cuando ella lo empujaba hacia abajo.
Junto al cuerpo de su madre estaba el cuchillo de cocina. Había estado a punto de amputarse la mano izquierda, tan profunda era la herida, pero se había desangrado hasta morir por los cortes en las dos muñecas.
Todo había ocurrido hacía varias horas, lo supo.
La sangre estaba seca, o tal vez sólo pegajosa.
Pero sacó del fondo de la bañera a su hermano e intentó reanimarlo soplando en su boca para devolverle la vida. El cuerpo de su hermano estaba frío como el hielo, o así le pareció. Y tenía un tacto esponjoso.
No pudo soportar la idea de tocar a su madre o a su hermana.
Su madre yacía con los párpados entrecerrados y la boca abierta. Tenía un aspecto reseco, como el de una cáscara. Una cáscara, pensó. Exacto. Vio el rosario en medio de la sangre. La sangre cubría el suelo de madera barnizada.
Sobre aquellas visiones lastimosas sólo flotaba el olor del vino. Sólo el olor de la malta de la cerveza. Fuera pasaban los coches. A una manzana de distancia, oyó el estruendo del tranvía al arrancar.
Toby fue a la sala y estuvo largo rato sentado con el laúd en el regazo.
¿Por qué no había sabido que podía ocurrir algo así? ¿Por qué había dejado a Jacob y Emily solos con ella? Dios bendito, ¿por qué no vio que las cosas llegarían a este punto? Jacob sólo tenía diez años. ¿Cómo, en nombre del cielo, había dejado Toby que les ocurriera esto?
Todo por su culpa. No tenía la menor duda. Sí, pensó en que ella podía hacerse daño a sí misma, y Dios le perdone, rezó para que ocurriera en la catedral. Pero ¿esto? ¿Su hermano y su hermana muertos? De nuevo se detuvo la respiración. Por un instante pensó que no sería capaz de volver a respirar nunca. Se puso en pie, y sólo entonces expulsó el aliento en la forma de un sollozo seco y silencioso.
Contempló aturdido el mezquino apartamento, con sus muebles feos y desparejos, el viejo escritorio de roble y las sillas baratas de fundas floreadas, y todo le pareció mugriento y gris, y afloró en su interior un miedo que se convirtió luego en un terror creciente.
El corazón golpeaba su pecho. Miró las reproducciones de flores en sus feos marcos, bobadas que él mismo había comprado, alineadas en las paredes empapeladas del apartamento. Miró las cortinas descoloridas también compradas por él, y las blancas persianas ordinarias que había detrás de ellas.
No quiso ir al dormitorio y ver la reproducción del ángel de la guarda. Lo rompería en pedazos si lo veía. Nunca, nunca más miraría una cosa así.
La tristeza sucedió al dolor. Una tristeza que llegó cuando el dolor no pudo ya prolongarse más. Cubría cada objeto que contemplaba, e ideas tales como cariño y amor le parecían irreales o fuera de su alcance para siempre, mientras seguía sentado en medio de aquella fealdad y ruina.
En uno u otro momento, durante las horas en que estuvo allí sentado, oyó el contestador del teléfono. Era Liona que lo llamaba. Supo que no podría descolgar el auricular. Supo que nunca volvería a verla, ni a hablarle, ni a decirle lo que había ocurrido.
No rezó. No se le ocurrió. Tampoco se le ocurrió hablar con el ángel que estaba a su lado, ni con el Señor al que había rezado apenas hora y media antes. No volvería a ver vivos a su hermano y a su hermana, ni a su madre, ni a su padre, ni a ninguna persona conocida. Eso es lo que pensó. Estaban muertos, irrevocablemente muertos. No creía en nada. Si alguien se le hubiera acercado en ese momento, como intentaba hacer su ángel, y le hubiera dicho «volverás a verlos a todos otra vez», habría escupido a esa persona en un arrebato de furia.