Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
– ¡Qué sabrás tú de investigaciones policiales, estúpida! -grito descontrolado.
– ¡Cómo te atreves! -Se levanta de un salto, indignada.
– ¿Crees que los policías son como ese gilipollas que ves desgañitarse cada tarde? ¡A ése lo pintan así para seducir a las memas como tú!
– ¡No te tolero que me hables así!
– ¡Cállate ya de una vez! ¡Ponte las botas y vete a prepararme la cena!
– ¡La cena te la preparas tú, animal! ¡Salvaje! -Se va temblando de pies a cabeza, en el momento en que yo agarro la mesilla y la vuelco. Es como la mesilla que tenía en su salón Antonakaki, sólo que ésta tenía un jarrón con flores encima y la alfombra queda empapada.
He encontrado el pretexto para descargar contra ella todo lo que he acumulado a lo largo del día. Aunque también lo he hecho a conciencia, para pararle los pies. Sabía bien lo que me esperaba. Ella no hubiese parado de tocarme las pelotas. Hubiese querido comprobar todas las tonterías que soltaran en televisión sobre el asesinato de Karayorgui y no hubiese dejado de pedir detalles acerca de las investigaciones. Y a mí no me da la gana presentar dos informes al día, uno por la mañana a Guikas y otro por la tarde a Adrianí. Durante un par de semanas como mínimo no me dará ni los buenos días. Me acostaré con el diccionario y sin dolores de cabeza.
Apago el televisor y trato de ordenar mis pensamientos. Evidentemente, Kolákoglu fue puesto en libertad después de cumplir las tres quintas partes de su condena. Había amenazado a Karayorgui en público, de esto no cabe duda. Tres años y medio en la cárcel alimentando la idea de la venganza, que lo mantiene vivo. Entretanto se publica el libro de Karayorgui, y crece su odio. En cuanto lo liberan se la carga. El hecho de haber desaparecido de la faz de la tierra es un agravante adicional, como lo es el miedo que tenía Karayorgui. Sabía que Kolákoglu estaba en libertad, por eso temía por su vida. Este montaje me va de perlas, porque deja a Petratos al margen. Pillas a un pederasta que ha estado tres años y medio en chirona, lo vuelves a encerrar de por vida y todos contentos, sobre todo Guikas, que me regalará una veintena de points por lo menos.
Hasta aquí todo bien, pero hay algo que no encaja. ¿Por qué iba Kolákoglu a arriesgarse entrando en los estudios para matar a Karayorgui? Corría el peligro de que lo reconocieran en cualquier momento. ¿No le habría resultado más fácil -y más seguro- esperarla de noche en cualquier esquina para liquidarla? Supongamos, no obstante, que decidió correr el riesgo de entrar. ¿No llevaría consigo un cuchillo para clavárselo o una cuerda para estrangularla? ¿Confiaría en la suerte de encontrar el pie de un foco para ejecutar su trabajo? Kolákoglu no me inspira ninguna simpatía, es más, con mucho gusto volvería a encerrarlo, pero eso es una cosa y otra muy distinta pillar al primero que pase. Además está la carta amenazadora que encontré entre los papeles de Karayorgui. El nombre de pila de Kolákoglu es Petros. ¿Cómo encaja esto con la «N» que firmaba las cartas? Y si no encaja, eso significa que había otro más que amenazaba a Karayorgui.
Todo esto me fastidia, porque la solución fácil que había encontrado al margen de Petratos ya no parece tan fácil. Agarro el teléfono y llamo a los estudios. Pido a la telefonista, que contesta aburrida, que me ponga con Petratos.
– Sí -responde una voz cortante.
– Soy el teniente Jaritos. He visto su reportaje sobre el asesinato de Karayorgui y me gustaría hablar con usted. No se vaya, por favor. Llegaré enseguida.
– Comprendo su apremio -dice con ironía-. Venga, lo espero.
Esto me permite librarme de preparar la cena, humillándome ante Adrianí. Además, a la vuelta, podré pillar un par de suvlakis completos, que me encantan, en lugar de cenar espinacas con arroz, que me repugnan. De propina, como apestaré a ajo a un kilómetro, Adrianí no podrá pegar ojo en toda la noche.
Capítulo 16
Por fin veo al pintarrajeado con su aspecto normal. Es un cuarentón rollizo, de mejillas carnosas y pelo corto en las sienes y abultado en la coronilla. Un tipo regordete. Tiene una doble apariencia: el serio director de informativos en su traje gris acero y el periodista desenfadado con jersey de cuello vuelto, sin corbata ni formalidades.
Nos encontramos en el cubículo que le sirve de despacho y no estoy sentado justo delante de él, sino en diagonal. Enfrente tengo al presentador, con su traje y su pañuelo. Ambos me sonríen. Sonrisas llenas de condescendencia hacia el pobre poli que ha venido a besarles los pies. Yo me hago el tonto porque es lo que me conviene.
– Kolákoglu constituye un caso interesante -digo muy amablemente-. Claro que es demasiado pronto para afirmar que él es el asesino. Hay que investigar más.
Petratos se encoge de hombros.
– Nosotros ya lo estamos haciendo -dice-. Háganlo ustedes también. A fin de cuentas, en eso consiste su trabajo.
– Por eso he venido a verle: por si disponen de más datos, aún sin revelar, que pudieran ayudarnos en nuestra investigación.
– Nosotros no escondemos ases en la manga, teniente -interviene el presentador-. Sacamos a la luz todo lo que tenemos, para que la gente esté informada.
Petratos apoya los codos en la mesa y entrelaza los dedos.
– Hablemos claro, señor Jaritos. Ayer, el señor Delópulos le propuso cooperar. Usted nos informa en primicia del curso de las investigaciones y nosotros le ofrecemos todos los datos que obtenemos. Esta mañana he mandado a Kostaraku. Usted no sólo no le ha dicho nada, sino que encima la ha interrogado. Ahora nos pide información. Ésta no es manera de hacer las cosas.
– No informé a la señora Kostaraku porque no tenía nada que decirle. Aún estamos dando palos de ciego. Ustedes ya van un paso por delante. -Se diría que les estoy lamiendo el culo, pero no se trata de eso sino de una maniobra táctica. No al estilo FBI sino de nuestra deslucida Grecia-. Por eso he venido a solicitar su ayuda. Por la mañana los teléfonos echarán chispas. Cada tres minutos, alguien llamará a la policía para decir que ha visto a Kolákoglu. No sabemos dónde podría conducirlo esta histeria colectiva, de modo que debemos encontrarlo pronto.
– Tampoco en esto estamos de acuerdo, señor Jaritos. -Me mira como a un deficiente mental a quien tiene que enseñar a leer y escribir-. Ojalá la gente se interesara tanto por el asesinato de Yanna Karayorgui que saliera mañana a las calles a buscar su asesino. No sólo sería un enorme éxito periodístico sino también un reconocimiento de la labor de Yanna.
– ¿Y si el asesino fuera otro? Hay indicios incriminatorios que apuntan a Kolákoglu, desde luego, pero aún no estamos seguros de que la matara él. Quizá sea inocente.
– ¿Qué le preocupa? -pregunta el presentador con ironía-. ¿Mancillar el honor de un pederasta condenado a seis años de cárcel?
– No. Me preocupa perder el tiempo buscando a la persona equivocada.
– Para empezar, no nos corresponde a nosotros demostrar la culpabilidad de Kolákoglu -interviene Petratos-. Nosotros se lo entregamos. El resto es cosa suya.
En otras palabras, ustedes cargan con Kolákoglu, se calientan los cascos para demostrar su culpabilidad, y entretanto nosotros hinchamos los informativos y aumentamos el índice de audiencia.
– Aunque se preocupa en vano -prosigue Petratos-. Hay un noventa por ciento de posibilidades de que sea el asesino. Si no fuera por Yanna, se habría librado de la cárcel. Es el único que tenía un móvil.