La elegancia del erizo
- Автор: Барбери Мюриель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:
Entonces, el Japón antiguo viene a inmiscuirse. De uno de los pisos desciende una melodía, clara y alegremente perceptible. Alguien toca al piano una pieza clásica. Ah, dulce hora que de improviso desgarra el velo de la melancolía… En una fracción de eternidad, todo cambia y se transfigura. Un fragmento de música desprendido de una pieza desconocida, un poco de perfección en el flujo de las cosas humanas -inclino despacio la cabeza, pienso en la camelia sobre el musgo del templo, en una taza de té mientras el viento, fuera, acaricia las hojas de los árboles, la vida que se escapa se inmoviliza en una joya sin mañana ni proyectos, el destino de los hombres, salvado del pálido sucederse de los días, se nimba por fin de luz y, más allá del tiempo, exalta mi corazón tranquilo.
15
Deber de los ricos
La Civilización es la violencia domeñada, la victoria siempre inconclusa sobre la agresividad del primate. Pues primates fuimos y primates somos, por mucha camelia sobre musgo de la que aprendamos a gozar. He ahí la función de la educación. ¿Qué es educar? Proponer sin tregua camelias sobre musgo como derivativos de la pulsión de la especie, porque ésta no cesa jamás y amenaza sin tregua el frágil equilibrio de la supervivencia.
Yo soy muy camelia sobre musgo. Sólo eso, pensándolo bien, podría explicar mi reclusión en esta lúgubre portería. Convencida desde los albores de mi existencia de la inanidad de ésta, podría haber elegido rebelarme y, poniendo al cielo por testigo de la iniquidad de mi suerte, nutrirme de los recursos de violencia que nuestra condición alberga. Pero la escuela hizo de mí un alma a la que la vacuidad de su destino no condujo más que a la renuncia y al enclaustramiento. La maravilla de mi segundo nacimiento había abonado en mí el terreno del dominio de toda pulsión; puesto que la escuela me había hecho nacer, le debía lealtad y me avine pues a las intenciones de mis educadores convirtiéndome dócilmente en un ser civilizado. De hecho, cuando la victoria sobre la agresividad del primate se apodera de esas armas prodigiosas que son los libros y las palabras, la empresa es sencilla, y así es como me convertí en un alma educada que extraía de los signos escritos la fuerza de resistir a su propia naturaleza.
Por ello me ha sorprendido tanto mi reacción cuando, tras llamar Antoine Pallières tres veces imperiosamente al timbre y, sin mediar saludo, ponerse a contarme con facunda vindicta la desaparición de su patinete cromado, le he cerrado la puerta en las narices y a punto he estado con ese mismo movimiento de amputar de su cola a mi gato, que justo en ese momento se escabullía por el marco.
No tan camelia sobre musgo, después de todo, me he dicho.
Y como tenía que permitir que León volviese a sus dominios, he vuelto a abrir la puerta nada más cerrarla.
– Disculpa, es que hay corriente.
Antoine Pallières me ha mirado con la expresión de alguien que se pregunta si de verdad ha visto lo que ha visto. Pero como está entrenado para considerar que sólo ocurre lo que tiene que ocurrir, de la misma manera que los ricos se convencen de que su vida sigue un surco celestial que el poder del dinero cava naturalmente para ellos, ha tomado la decisión de creerme. La facultad que tenemos de manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante.
– Sí, bueno, de todas maneras venía sobre todo para darle esto de parte de mi madre. Y me ha tendido un sobre de color blanco.
– Gracias -le he dicho, dándole una vez más con la puerta en las narices.
Y heme aquí en la cocina, con el sobre en la mano.
– Pero ¿qué me pasa esta mañana? -le pregunto a León.
La muerte de Pierre Arthens marchita mis camelias.
Abro el sobre y leo esta notita escrita en el reverso de una tarjeta de visita tan gélida que la tinta, triunfando sobre cualquier pedazo consternado de papel secante, se ha corrido ligeramente debajo de cada letra.
Señora Michel,
¿podría usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde?
Esta noche pasaré por la portería para recogerla.
Gracias de antemano
Firma garabateada.
No me esperaba tanta hipocresía en el ataque. De estupefacción me dejo caer sobre la silla más próxima.
Me pregunto de hecho si no estaré un poco loca. ¿Les produce a ustedes el mismo efecto cuando les ocurre?
Consideren lo siguiente:
El gato duerme.
¿La lectura de esta frasecita anodina no ha despertado en ustedes ningún sentimiento de dolor, ningún arranque de sufrimiento? Es legítimo.
Consideren ahora en cambio:
El gato, duerme.
Repito, para despejar toda sombra de ambigüedad:
El gato coma duerme. El gato, duerme.
Podría usted, recibir y firmar en mi nombre. Por un lado tenemos ese prodigioso empleo de la coma que, tomándose libertades con la lengua porque no suele ocurrir que se separe el complemento de objeto directo del verbo que lo rige, magnifica la forma de la oración:
Me hicieron, por la guerra y por la paz, tantos reproches…
Y, por otro, estos borrones sobre papel vitela de Sabine Pallières que clavan en la frase una coma convertida en puñal.
¿Podría usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde?
Si hubiese sido Sabine Pallières una honrada portuguesa nacida en Faro bajo una higuera, una portera recién venida de un pueblito de Puteaux o una deficiente mental tolerada por su caritativa familia, habría podido yo perdonar de buena gana esta ligereza culpable. Pero Sabine Pallières es una rica. Sabine Pallières es la esposa de un pez gordo de la industria armamentística; Sabine Pallières es la madre de un cretino con trenca verde pino que, tras sus varias carreras en las mejores universidades del país, probablemente irá a difundir la mediocridad de sus ideas de chicha y nabo en un gabinete ministerial de derechas; y, otrosí, Sabine Pallières es la hija de un pendón con abrigo de visón que forma parte del comité de lectura de una importantísima editorial y que está tan enjaezada de joyas que, a veces, temo que pueda desplomarse por el peso.
Por todos estos motivos, Sabine Pallières es imperdonable. Los favores del destino tienen un precio. Para quien se beneficia de las indulgencias de la vida, la obligación de rigor en la consideración de la belleza no es negociable. La lengua, esta riqueza del hombre, y sus usos, esta elaboración de la comunidad social, son obras sagradas. Que evolucionen con el tiempo, se transformen, se olviden y renazcan mientras, a veces, su trasgresión se convierte en fuente de una mayor fecundidad, no altera en nada el hecho de que, para tomarse con ellas el derecho al juego y al cambio, antes hay que haberles declarado pleno sometimiento. Los elegidos de la sociedad, aquellos a los que el hado exceptúa de esas servidumbres que son el sino del hombre pobre, tienen por ello la doble misión de venerar y respetar el esplendor de la lengua. Por último, que una Sabine Pallières haga mal uso de la puntuación es una blasfemia tanto más grave cuanto que, al mismo tiempo, poetas soberbios nacidos en hediondos carromatos o en chabolas nauseabundas tienen por la Belleza la santa reverencia que le es debida.
A los ricos, el deber de lo Bello. Si no, merecen morir.
Entonces, en este punto preciso de mis reflexiones indignadas, alguien llama a mi puerta.
Idea profunda n°7
Construir
vives
mueres
son
consecuencias
Cuanto más pasa el tiempo, más decidida estoy a prenderle fuego a la casa. Por no hablar de suicidarme. Tengo motivos: papá me ha echado la bronca porque le he llevado la contraria a uno de sus invitados que decía una cosa que no era verdad. En realidad, era el padre de Tibère. Tibère es el novio de mi hermana. Estudia en la École Nórmale Supérieure, como ella, pero en la rama de matemáticas. Cuando pienso que eso se considera la élite… La única diferencia que veo entre Colombe, Tibère, sus amigos y una panda de jóvenes «del pueblo llano» es que mi hermana y sus amigos son más tontos. Beben, fuman, hablan como en los barrios humildes de los suburbios de las grandes ciudades e intercambian frases de este estilo: «Hollande se ha cargado a Fabius con su referéndum, ¿lo habéis visto?, este tío es la leche» (verídico) o bien: «Todos los DI (directores de investigación) que han nombrado en los últimos dos años son fachas de cuidado, la derecha se está atrincherando, no hay que cagarla con el director de tesis» (recientito, de ayer).