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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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Thorne la soltó y ella abrió la puerta. Tras sentarse, cerró la puerta y metió la llave en el contacto. Con un giro de muñeca, intentó arrancar el motor, pero el coche no reaccionó. Mientras seguía intentándolo, era consciente de que Thorne no se había movido y que estaba allí, con la cabeza empapada y su abrigo largo goteando.

Hizo tres intentos más…

Y se oyeron tres chirridos que no quedaron en nada.

– No -murmuró, pero sabía que no había solución. El maldito coche no iba a moverse a menos que se pusiera tras él y lo empujara-. Genial. Perfecto -y Thorne seguía allí, como un hombre sin una pizca de sensatez que no se refugiaba de la helada lluvia.

El abrió la puerta.

– ¿Necesitas que te lleve?

– Lo que necesito es un mecánico, ¡uno que sepa distinguir un pistón de un tubo de escape! -agarró su bolso y bajó-. Y si no puedo tenerlo, pues supongo que lo mejor sería que me llevaras -cerró la puerta del todoterreno, se abstuvo de darle una patada y se dio la vuelta. Thorne le dio la mano y entrelazó sus dedos fríos y mojados con los de ella cuando echaron a correr hacia su camioneta. Nicole se dijo que no debía darle ninguna importancia a ese detalle, era sólo la ayuda de un viejo amigo, pero en el fondo sabía muy bien que no era así.

Ya dentro del vehículo, se secó el agua de la cara y le fue indicando por la ciudad mientras él conducía despacio por las calles llenas de charcos y con la radio de fondo.

– Bueno, háblame sobre ti -los faros de los coches que se les cruzaban iluminaban los ángulos de su cara y Nicole se dijo que en el fondo no era tan guapo y que además era abogado de empresa, ¡por Dios! Justo la clase de hombre que quería evitar.

– ¿Qué quieres saber? -preguntó ella.

– ¿Cómo llegaste a ser médico?

– Yendo a la Facultad de Medicina.

Thorne enarcó una ceja y ella se rió.

– Vale, vale, ya sé qué quieres decir -admitió, contenta de haber roto el hielo-. Supongo que quería probarme a mí misma. Mi madre siempre me decía que apuntara alto, que podía conseguir todo lo que quisiera, y la creí. Insistió en que eligiera una profesión en la que no tuviera que depender de un hombre.

Y sabía por qué. Su padre se había ido cuando ella apenas tenía dos años y desde entonces no se había sabido nada de él. Ni pensión, ni tarjetas de cumpleaños, ni siquiera una llamada en Navidad. Si su madre sabía dónde estaba, nunca lo había dicho y su respuesta a todas las preguntas de Nicole siempre habían sido claras: «Se ha ido. Nos dejó cuando más lo necesitábamos. Bueno, ya no lo necesitamos y nunca lo haremos. Confía en mí, Nicole, no queremos saber qué ha sido de él. No importa si está vivo o muerto». En ese momento de la conversación, normalmente su madre se había agachado para mírala a los ojos y unos fuertes dedos maternales habían sujetado sus pequeños hombros. «Puedes hacer lo que quieras, cielo. No necesitas un padre vago para demostrártelo. No necesitas un marido. No, lo lograras todo tú sola. Sé que lo harás y puedes hacer lo que sea, ser lo que quieras. Todo es posible».

En los últimos años Nicole se había preguntado si su necesidad de triunfar, si su ambición, sus ansias de dejar una impronta era alguna clase de necesidad interior de demostrarse que podía lograr lo que quisiera sin ayuda y que la razón por la que su padre las abandonó no tuvo nada que ver con ella.

Por supuesto, a los diecisiete años, después de salir con Thorne McCafferty, se había enamorado de pies a cabeza y había estado dispuesta a renunciar a todos sus planes, a sus sueños y a las esperanzas de su madre, por un hombre… un hombre que no se había preocupado lo suficiente por ella ya que no se había dignado a explicarle por qué la había dejado.

Hasta ese momento.

Podía sentirlo. Como las nubes juntándose antes de una tormenta, las señales de que Thorne no había renunciado a su necesidad de explicarse eran evidentes en la tensión de su mandíbula y en la fina línea a la que había quedado reducida su boca.

Él esperó hasta llegar a un semáforo y bajó la radio.

– Te he dicho que quería explicarte lo que sucedió.

– Y yo te he dicho que podía esperar.

– Han pasado casi veinte años, Nikki.

Nicole cerró los ojos y su corazón se agitó estúpidamente al oír el apodo que había utilizado en el instituto, el único nombre que él había empleado para llamarla.

– Entonces, ¿por qué acelerar las cosas? -«no te dejes engañar, Nicole. Ya te utilizó una vez y está claro que puede hacerlo de nuevo».

Él ignoró su comentario sarcástico.

– Me equivoqué.

– ¿En qué? -preguntó ella con una voz tan baja que supuso que tal vez no la habría oído.

– En todo. En ti. En mí. En lo que importa en la vida. Pensaba que tenía que marcharme y probarme a mí mismo. Creía que no podía involucrarme con nadie ni con nada, tenía que ser libre. Pensé que tenía que terminar la carrera de Derecho, ganar un millón de dólares y después de eso seguir subiendo.

– ¿Y ahora no lo piensas? -no lo creía.

– Ahora no estoy seguro -admitió, tamborileando con los dedos sobre el volante mientras el interior del coche comenzaba a llenarse de vaho.

– Me suena a la crisis de la mediana edad.

Thorne dobló una esquina demasiado deprisa.

– Una respuesta fácil.

– Casi siempre acierto.

– ¿De verdad lo crees?

Nicole se recostó sobre el asiento y miró por la ventana las luces de neón del viejo cine. Se preguntó por qué se había metido en esa conversación.

– Digamos que lo he vivido de primera mano -continuó él.

– Oh.

– Y me juré que la próxima crisis de la mediana edad que sufriera sería la mía.

Él aparcó delante de la pequeña casa y Nicole agarró el tirador de la puerta.

– Supongo que podría invitarte a pasar y a tomar un café, un chocolate, un té o algo.

– Podrías.

Ella vaciló, con una mano en el tirador.

– Aunque a lo mejor no es tan buena idea.

– ¿Y eso por qué?

Nicole alzó un poco la barbilla.

– Porque creo que esta relación está adquiriendo un tono demasiado personal.

– Y preferirías que no saliera de lo profesional.

– Sería mejor para todos. Para Randi… el bebé…

Para sorpresa de Nicole, un lado de la boca de Thorne se alzó en un gesto sexy y arrogante.

– ¿Es ésa la razón, doctora, o es que te doy miedo?

«No, Thorne, no me das miedo. Me doy miedo a mí misma».

– No te lo creas tanto.

– ¿Por qué iba a tener que parar ahora? -la atrajo hacia sí y comenzó a besarla. Se detuvo y dejó la boca a escasos centímetros de la suya, dejando que su respiración le acariciara el rostro-. Buenas noches, Nikki -y entonces la soltó. Ella abrió la puerta y casi se cayó de la camioneta. La vergüenza invadió sus mejillas según caminaba hacia su casa y lo sentía observándola, esperando a que entrara. Después, él arrancó el motor y desapareció a través de la cortina de plateada aguanieve.

Seis

– ¿Maldita sea! -Thorne colgó el teléfono y miró por la ventana el frío día donde la evidencia de la tormenta de la noche anterior aún brillaba sobre la hierba y colgaba de los aleros en relucientes carámbanos. Sintió un palpitante dolor de cabeza. Se había pasado toda la mañana al teléfono y engullendo tazas de café tan amargo como el corazón de una solterona.

Había dormido en su vieja habitación, la que lindaba con el dormitorio de sus padres, y del mismo modo sus hermanos habían elegido las habitaciones en las que habían crecido. Pero cuando había despertado esa mañana, se había encontrado solo en la casa.

Durante las horas que habían transcurrido había llamado al hospital, esperando que Randi y el bebé hubieran mejorado. Pero nada había cambiado. Su hermana seguía en coma y el bebé, aunque se encontraba estable, aún corría peligro. Había conectado su portátil a la anticuada línea telefónica y buscó todo lo que pudo sobre la enfermedad del niño. Por lo que pudo encontrar, todo lo que podía hacerse para atacar la meningitis ya se estaba haciendo en St. James. También había llamado a la oficina, había hablado con Eloise y le había dicho que esperaba que al final del día ya tuviera instalada una oficina en el estudio de su padre. Se preguntó qué habría hecho John Randall en una situación así y, al pensar en su padre, sacó del bolsillo el regalo que le había hecho. El anillo resplandeció con la luz del sol y Thorne cerró la mano alrededor de la alianza de plata y oro.

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