El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– Confía en mí, Thorne, el bebé está en buenas manos.
Él se giró y vio una cara exenta de maquillaje excepto por un poco de pintalabios. El pelo le caía libre sobre los hombros y sus ojos dorados resultaban reconfortantes. Parecía más joven, se parecía más a la chica que recordaba, a la que había creído amar, a la que había dejado atrás cruelmente.
– Siento haber tardado en llegar, he tenido que encontrar una canguro.
– ¿Tienes un hijo? -preguntó Matt.
– Dos. Gemelas. De cuatro años -su rostro serio se iluminó ante la mención de las niñas y Thorne intentó ignorar la ridícula sensación de celos que lo recorrió por el hecho de que otro hombre fuera el padre de sus hijas. Reaccionó inmediatamente. ¿En qué estaba pensando?-. Yo estaría tranquila si estuvieran en manos de Geoff… eh… del doctor Arnold.
– Eso me tranquiliza -dijo Matt aún con el rostro tenso.
– No tenemos otra opción que confiar en este tipo -dijo Slade.
– Siempre hay otras opciones… -señaló Thorne.
– No hay ninguna mejor -la voz de Nicole no admitía discusión. Su expresión de seguridad lo decía todo y, una vez más, ridículamente, Thorne se sintió celoso por el hecho de que tuviera esa confianza constante en otro hombre-. Dejad que hable con Geoff y vea cómo está la situación -marcó un código en la puerta-. Tardaré un minuto -las puertas electrónicas se abrieron y Nicole entró.
Slade se movía inquieto. Mirando con el ceño fruncido por el cristal, vio a los dos médicos y finalmente dijo:
– Creo que iré a ver a Randi y luego me voy a casa. Ya me contaréis cuando lleguéis.
Matt asintió.
– Voy contigo -miró a Thorne-. Volveré al rancho con Slade.
– Vale -respondió Thorne-. Vuelve a llamar a Striker. Dile que quiero hablar con él. Cuanto antes mejor.
– ¿Sobre qué? -preguntó Slade.
– Para empezar, sobre el padre del niño.
– Vale, intentaré localizar a Kurt.
– No lo intentes. Hazlo.
Los ojos de Slade se encendieron y le dirigió a Thorne una sonrisa con la que en el fondo quería decirle que no lo presionara.
– No te preocupes, hermano. Me ocuparé de ello -y con eso se dio la vuelta y se marchó.
– ¡Maldita sea! Puedes llegar a ser insoportable -gruñó Matt-. A lo mejor en tu oficina estás acostumbrado a gritarle órdenes a la gente y todo el mundo corre a hacer lo que quieres, pero cálmate un poco, ¿vale? Estamos juntos en esto. Slade llamará a Striker.
– ¿Lo hará? Me parece que ha hecho muchas promesas en su vida que, por alguna razón, luego ha olvidado cumplir.
– Está cambiando.
– Bien, porque está claro que ha arruinado su vida.
– No todos tenemos la suerte de convertir en oro todo lo que tocamos -le recordó Matt-. Y, por lo que puedo ver, no estás en posición de empezar a lanzar flechas -Matt miró a Nicole a través del espejo-. ¿Hay algo con la doctora que te tiene nervioso?
Thorne no respondió.
– Eso creía -la sonrisa de Matt resultó verdaderamente irritante-. Bueno, buena suerte. No parece una potra fácil de domar.
– Esto no tiene nada que ver con ella.
– Es verdad, se me olvidaba. Tú nunca te involucras demasiado con una mujer, ¿verdad? -guiñó un ojo de forma exagerada, señaló al pecho de Thorne con su dedo y después marchó por el pasillo tras Slade.
Terriblemente irritado, Thorne esperó mientras veía a Nicole y al doctor Arnold por el cristal. Detestaba la sensación de verse impotente, de no poder hacer nada por la vida del bebé, de que su hermano hubiera visto tras su fachada de indiferencia en lo que respectaba a Nicole Sanders Stevenson. Lo cierto era que ya le había llegado al corazón. La había besado la noche anterior sin estar seguro de su estado civil, sin importarle lo más mínimo, y después le había llevado una flor a su casa como un jovencito enamoradizo. Luego, la había llamado y había manipulado la situación para conseguir una cita con ella. Nunca había actuado de ese modo. Nunca. No lo comprendía. Sí, ella era una belleza y además inteligente, atrevida y lista, una mujer como nunca había conocido. Y ya la había perdido una vez.
Aún seguía torturándose mentalmente cuando Nicole apareció. Tenía gesto serio y una mirada ensombrecida de preocupación.
– ¿Es muy grave?
Unas pequeñas arruguitas aparecieron entre las cejas de Nicole y él se preparó para lo peor.
– No está bien, Thorne, pero el doctor Arnold está haciendo todo lo que puede. Además, está conectado por el ordenador con otros neonatólogos del país.
– ¿Qué puedo hacer? -preguntó Thorne apretando la mandíbula tanto que le dolía.
– Ser paciente y esperar.
– Ese no es mi fuerte.
– Lo sé -el fantasma de una sonrisa cruzó los labios de Nicole cuando comenzaron a bajar las escaleras para salir fuera juntos. Se puso la capucha y la abrochó alrededor de la barbilla. Corrieron esquivando charcos hasta su todoterreno mientras el aguanieve caía desde el cielo como agujas de hielo.
– Gracias por llamarme e informarme sobre J.R. -dijo al llegar al coche.
– ¿J.R.? ¿Es el nombre del bebé?
– La verdad es que no tiene ninguno, pero he estado pensando que deberíamos llamarlo como mi padre ya que Randi sigue en coma y bueno… ¿quién sabe cómo va a llamarlo cuando despierte? -«si es que despierta. Si es que el bebé sobrevive»-. Bueno, quería decirte que agradezco tu llamada.
– De nada. Te dije que lo haría -buscó en su bolso, sacó las llaves y abrió la puerta.
– Sí, pero no tenías que haberte molestado en buscar una niñera y venir hasta aquí -eso le había llegado muy hondo.
– Pensé que sería lo mejor -le dirigió una pequeña sonrisa-. Lo creas o no, Thorne, algunos de los médicos que hay aquí, entre los que incluyo al doctor Arnold, nos preocupamos mucho de nuestros pacientes. No sólo se trata de venir y marcharnos a nuestra hora, sino de asegurarnos de que el paciente sobrevive y recibe los mejores cuidados.
– Lo sé.
– Bien -parpadeó por las gotas que le caían por la cara y un centelleo iluminó sus ojos dorados-. Bueno, pues ahora me debes una.
– Lo que quieras -dijo con una voz tan suave que ella apenas oyó las palabras. Pero cuando lo miró a los ojos y vio un mensaje en ellos, se le hizo un nudo en la garganta y la parte más delicada de su corazón quedó resentida.
Nicole recordó su beso del día anterior en ese mismo aparcamiento, y no pudo olvidar la pasión que esos labios dejaron marcada sobre los suyos. Y ése fue el comienzo. Supo que en un día y medio su vida había cambiado irrevocablemente, que Thorne y ella se habían redescubierto el uno al otro y eso le daba pánico, tanto que temía pensar en ello.
– Ten cuidado, McCafferty -dijo tras aclararse la voz-. Darme carta blanca podría ser peligroso.
– Yo nunca he evitado los problemas.
– Lo sé -suspiró al recordar cuántas de sus amigas habían intentado advertirle sobre Thorne. Se sabía que los chicos McCafferty eran unos granujas que siempre acababan metiéndose en líos-. Mira, tengo que…
Él la agarró por el codo.
– Lo decía en serio cuando te he dado las gracias, Nicole. Y lo siento de verdad.
– ¿Qué sientes?
– Siento haberte dejado así.
El corazón le dio un vuelco al darse cuenta de que habían estado pensando en lo mismo. Justo en el momento en que el viento le quitó la capucha de la cabeza, se advirtió que no debía confiar en él.
– Eso pasó hace mucho tiempo, mucho tiempo, Thorne. Eramos… bueno, yo era una cría. No sabía lo que quería. Olvidémoslo.
– A lo mejor yo no puedo olvidarlo.
– Pues lo has hecho muy bien todos estos años.
– No tan bien como había esperado -dijo-. Mira, me gustaría aclarártelo todo.
– ¿Ahora? -Nicole desvió la mirada y sintió su pulso acelerarse a medida que el aguanieve le caía por el cuello-. ¿Qué tal en otro momento? Cuando no corramos peligro de congelarnos.