Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Sí, esta vez se han pasado de la raya. Por lo visto, andan trapicheando con una Sociedad barcelonesa, Sarró y Compañía, o algo así. Pues bien, por indicación de esa Sociedad, los hermanos Costa han sobornado a un pobre brigada que estaba a cargo de los restos de las baterías artilleras de la costa. En el depósito se guardaban no sé cuántas toneladas de cobre, procedente de Transmisiones; y se han hecho con ellas, a un precio irrisorio. Operación importante, desde luego. Y que supongo cae de lleno en el Código Militar.
Don Eusebio Ferrándiz se quedó de una pieza.
– Pero ¿es posible? ¿Ha dicho usted cobre de Transmisiones? Se referirá usted a los cables, claro…
– Exacto.
– ¿Entonces… ese brigada?
– ¡Ah!
– Mándeme usted ese informe, por favor.
– Mañana lo tendrá usted en la mesa.
El Gobernador continuó atendiendo a los invitados. Charló un rato con el doctor Chaos, el cual le dijo: "¿Se convence usted, Gobernador, de que el hombre no es libre ni siquiera de elegir el lugar de su residencia?". Charló con el doctor Andújar y con su esposa. "Doctor Andújar, ¡echaré de menos sus píldoras para pensar!". Habló con don Óscar Pinel, Fiscal de Tasas, que por fin llegó: "¿Qué, recibió usted noticias de Sólita?". "Sí, ayer. Y por lo que me dice deduzco que se encuentra en Riga, en un hospital. ¿Por qué precisamente en Riga, digo yo?". Habló con Agustín Lago. "Amigo Lago, ¿le mando un par de estufas desde Santander, para sus escuelas?". Lago sonrió. Saludó un momento a Ignacio. "Ilustre abogado, a tus órdenes". Marta estaba al otro lado, lejos, hablando con el ex alférez Montero… "Marta, eres muy valiente… ¡Te felicito!". El Gobernador se acercó al grupo que formaban Jorge de Batlle, Chelo y Miguel Rosselló. ¡El hombre hizo de tripas corazón! Sí, entre los secretos que se llevaría a su tierra -para no hacer daño a nadie-, figuraba uno que afectaba de forma muy directa a los hermanos Rosselló: su padre, el doctor, no había muerto de "colapso cardíaco" en el Penal; se había suicidado. Pero ¿a qué darles semejante noticia? "¡Chelo, el matrimonio te sienta divinamente!". Jorge de Batlle bromeó… ¿Desde cuándo era Jorge capaz de ello? "No es el matrimonio el que le sienta bien. Es el campo, es la granja…" "¡Adelante, pues, con las gallinas!". Habló con Jesús Revilla, el nuevo Delegado Sindical, quien exclamó, en tono algo irónico: "Pero ¡esto es un despilfarro! ¡Ni que fuera una Primera Comunión!". El Gobernador miró al vasco sin darse por aludido. "Es la última, camarada…"
Ahorróse el enfrentarse con el capitán Sánchez Bravo, porque casualmente aquella noche éste tenía guardia en el cuartel. De modo que, a la postre, todo salió a pedir de boca. El general le repitió: "¡Y pensar que puede usted salir de aquí!". El Gobernador había tenido el detalle de invitar a su conserje. Pero éste se sentía cohibido, al lado de su mujer, que era bajita y que se había puesto un lazo rojo en el pelo. El conserje no se atrevió a mezclarse con los huéspedes y hubiera sido más feliz sustituyendo a Pablito con una bandeja.
A una hora muy avanzada, cuando el cansancio había empezado a hacer mella en los invitados, el Gobernador solicitó un momento de silencio, y en medio del respeto general, dedicó a todos unas palabras de gratitud por su asistencia y les rogó… que le desearan el mejor acierto en su nuevo cometido, "para el bien de España".
El Gobernador y María del Mar, que estaba a su lado, húmedos los ojos, escucharon una cerrada, una prolongadísima ovación. Y poco después el salón del hogar del Gobierno Civil quedó vacío, con sólo la familia y, en el suelo, restos de pastas, con algunas botellas en un rincón y copas en todos los muebles.
Fue, para el camarada Dávila y los suyos, un momento un tanto difícil, mezcla de estupor y de nostalgia. Se miraron unos a otros. Les invadió una inevitable tristeza, que cortó Pablito diciendo:
– Bueno, me siento cansado, me voy a dormir… ¡Buenas noches! -Besó a sus padres y se retiró.
También Cristina los besó y tomó el camino de su cuarto. Pero apenas hubo andado unos pasos se volvió y dijo:
– ¡Has estado estupenda, mamá!
Entonces, al quedarse solos el Gobernador y María del Mar, se miraron… y se abrazaron. Y para evitar que aquello se convirtiera definitivamente en un "serial", el camarada Dávila le propuso a su mujer salir a dar una vuelta antes de acostarse.
– ¿Te apetece? Vamos a estirar un poco las piernas… A esta hora no habrá nadie por ahí.
María del Mar estaba agotada, pero aceptó. "Espera, que me arregle un poco". Se fue a la alcoba y regresó al instante. "El rímel se me había corrido, ¿sabes?".
Minutos después el Gobernador y María del Mar se encontraban en la calle de Ciudadanos. El Gobernador bromeó: "Bien, aprovechando que el señor obispo no nos ve, si me permites te cogeré del brazo…"
Efectivamente, la calle estaba desierta. Los impresionó oír sus propias pisadas en la noche gerundense. El sereno los reconoció y los saludó quitándose la gorra. En un establecimiento de ortopedia, iluminado, había un maniquí, un torso varonil, que arrancó de María del Mar un comentario sorprendente: "¿Por qué Agustín Lago no se coloca un brazo ortopédico articulado?".
– Habrá hecho una promesa… -comentó el Gobernador.
Al llegar a la plaza Municipal contemplaron el balcón del Ayuntamiento, el escudo de la ciudad, el reloj. Oyeron sonar la campana de la Catedral, que tanto emocionaba al profesor Civil. Los soportales de la plaza estaban oscuros y cerrados con tablones de madera los puestos de los limpiabotas. Llegaron al Puente de Piedra y se acodaron en el pretil, para ver el Oñar. De un vertedero a la izquierda salía un poderoso chorro de agua sucia. "Son los residuos de la fábrica Soler". Las casas sobre el río parecían sostenerse de milagro.
Calle de José Antonio Primo de Rivera… ¡En la Perfumería Diana había un espejo, también iluminado! El Gobernador se acercó a él, se quitó las gafas y se miró. Y le ocurrió lo que en su despacho: parecióle descubrir, esta vez en su rostro, algo que no había visto nunca: varias profundas arrugas a ambos lados de la nariz. "¿Estaban ahí -se preguntó- antes de recibir la orden de traslado?".
– Tengo frío -dijo María del Mar-. ¿Regresamos?
– Sí, querida. Ha sido un día duro para ti.
CAPÍTULO LXVII
De pronto, el rayo caído del cielo. El mundo entero cerró por unos instantes los ojos para volver a abrirlos luego con estupor. El día 7 de diciembre, víspera de la Inmaculada, la aviación japonesa atacó por sorpresa las más importantes bases navales y militares norteamericanas e inglesas en el Pacífico y en el Asia Oriental. El bombardeo más intenso se concentró sobre Pearl Harbour, en Hawai. Parte de la flota de los Estados Unidos fue hundida, mientras tropas japonesas desembarcaban en la península de Malaca. Asimismo fueron bombardeados Singapur, Hong-Kong y diversos puntos de las Islas Filipinas. Entretanto, en Tokio, se declaraba oficialmente que el Japón se encontraba en estado de guerra con los Estados Unidos e Inglaterra. La declaración la firmaba el mismísimo Emperador.
El día 12, Alemania e Italia, solidarizándose con el Japón, declararon también la guerra a los Estados Unidos, los cuales la declararon a su vez a las dos potencias europeas.
¿Qué ocurría en la tierra? ¿Qué ocurría, Señor? ¿Y el mensaje de paz que Pío XII preparaba para la Navidad, ya presentida en los hogares?
¿Tales acontecimientos modificarían las opiniones del Gobernador? ¿Mateo Santos tardaría mucho en enterarse, en su isba, de que había caído del cielo aquel rayo?
Gerona se encogió. Desde Montjuich, las mujeres andaluzas, si hubiesen ido a la escuela y hubiesen tenido una idea aproximada del tamaño de los océanos, hubieran visto efectivamente que la ciudad tendida a sus pies se encogía, lo mismo que se encogía el cuerpo de Eloy cuando, alguna noche, soñaba con Guernica.