Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
El oficio era escueto y terminaba diciendo que el 15 de diciembre recibiría en Gerona a su sucesor y que él debería tomar posesión del nuevo destino el día 20 del mismo mes.
El Gobernador sintió, al leer aquel texto, que no le penetraba aire en los pulmones y por unos momentos temió que sus habituales y expertos ejercicios respiratorios no le sirvieran para nada. ¡Inesperado golpe! No conseguía comprender, hacerse a la idea. Estaba en su despacho, solo. Lo miró, con calma musitada. Miró el techo, las paredes, la mesa, los sillones, las alfombras, los teléfonos… El teléfono amarillo no consiguió, en esta ocasión, hacerlo sonreír. Parecióle incluso que había allí objetos que no había visto nunca. ¿Desde cuándo aquella lámpara, de pie caracoleante, detrás de la puerta?
Su primer impulso fue llamar a Madrid para pedir que se anulase la orden. Pero se dio cuenta de que sería inútil… y ridículo. ¿A quién pedírselo? ¿Al Ministro, que era el firmante del documento? ¿Al Caudillo, al que había jurado fidelidad y obediencia, con la mano puesta sobre los Evangelios?
Inmediatamente después se dijo que aquello no podía ser sino el fruto de alguna maniobra maquiavélica. Pensó seguidamente en el coronel Triguero…, e incluso en su propia esposa, María del Mar. El coronel Triguero, la última vez que le habló, le sonrió de forma más enigmática que de costumbre. ¡Tenía, el muy canalla, tantas agarraderas! En cuanto a María del Mar, no había acabado de aclimatarse en Gerona y ahora cuando fue a buscarla a Santander, la encontró, como es sabido, rejuvenecida, sonrosadas las mejillas y sin la menor prisa por regresar.
El Gobernador acabó irritándose consigo mismo.¿Por qué pensar en "maniobras maquiavélicas"? Desde un punto de vista objetivo, el traslado significaba un ascenso. Santander era capital más importante que Gerona, y sin duda lo que el Ministro perseguía con su nombramiento era poner al frente de aquella provincia, que había recibido el azote del incendio y del huracán, a alguien que la conociera a fondo: que tuviera, como él tenía, raíces en el propio lugar.
¡Y a lo mejor ni siquiera eso! Los relevos eran frecuentes, formaban parte del juego político habitual. Él mismo había estado jugando al ajedrez con los alcaldes.
Acabó reprochándose el haber pensado mal de María del Mar. ¡Ésta se alegraría del traslado, por supuesto! Se alegraría enormemente, y a duras penas conseguiría disimularlo. Pero le era fiel y por nada del mundo hubiera sido capaz de intrigar a espaldas suyas.
El Gobernador, sin saber a ciencia cierta por qué, se reservó la noticia por espacio de veinticuatro horas. Hasta que comprendió que aquello era absurdo y decidió darla a conocer.
Primero se la comunicó, naturalmente, a la familia; luego, a las autoridades; por fin, a la población.
¡Ah, cuan cierto era el refrán: "De todo hay en la viña del Señor"! María del Mar se tapó la boca con la mano pero sus ojos, efectivamente, gritaron: "¡Viva!". Pablito retrocedió un paso. Hubiérase dicho que se mareaba. "Pero…", balbuceó. Era evidente que su pesar era enorme, tanto o más que el de su padre. "Papá, ¿por qué no llamas a Madrid y procuras arreglarlo?". Cristina miró a los suyos con semblante atónito. A ella lo mismo le daba. Por el momento, las cosas le parecían sustituibles; las cosas y las personas. También en Santander tendría amigas, y una habitación con animalillos de trapo, y graciosos pijamas. También allí sería "la hija del Gobernador".
En cuanto a las autoridades, manifestaron en bloque tal pesadumbre, que el Gobernador se sintió halagado. Lo mismo el general, que el obispo, que 'La Voz de Alerta', que el jefe de Policía. "Pero ¿es posible? Nunca tendremos aquí a nadie como usted". El general, que era quien más acostumbrado estaba a aceptar los hechos, le dijo por fin: "Lo que son las cosas. Yo querría irme y me tienen aquí; usted se siente a gusto y lo mandan a su tierra".
¿Y la población? En cuanto la noticia circuló por la ciudad y la provincia, produjese una situación de perplejidad. Muchas personas lamentaron, ¡cómo no!, la marcha del Gobernador. En términos generales, éste había conseguido ganarse las simpatías de la gente. Se reconocía unánimemente que su labor estuvo presidida siempre por el deseo de ser justo. A veces tuvo que mostrarse duro. ¡Natural! ¡Los tunantes, los bribones abundaban como la mala hierba! Pero, cuando el apogeo de los juicios sumarísimos, de la represión, si alguna gestión hizo fue para salvar a los acusados y en ocasiones lo consiguió. Y aparte esto, era preciso reconocer que cuando él llegó a Gerona, en abril de 1939, recién terminada la guerra, Gerona era un solar. No había puentes, ni electricidad, ni agua, ni gas. Montañas de basura y de chatarra y la gente merodeando desnuda por los caminos. ¿Alguien podía negar que, en su gestión de dos años y pico, había levantado aquello, en la medida de lo posible? ¡Los gerundenses, trabajadores de suyo, lo ayudaron! De acuerdo. Pero él fue su conductor y su amparo, preocupándose por todo, desde la pensión asignada a las viudas hasta solicitar para los bomberos la escalera metálica que ahora poseían.
El Gobernador, que era el primer convencido de haber cumplido con su deber, por un momento soñó con que la población sería consecuente y le demostraría masivamente su gratitud. ¡Sí, esperaba que de un momento a otro vería congregarse ante el Gobierno Civil una muchedumbre pidiendo que se asomara al balcón!
Y lo cierto es que eso no ocurrió. Y que no faltó quien supuso que habría sido él mismo quien habría pedido el traslado. "Natural. En Santander tiene sus fincas…" Y otros que se encogieron de hombros diciendo: "¡Qué le vamos a hacer!", y volviendo en seguida a sus ocupaciones.
El Gobernador pulsó muy en breve este punto de aceptación fatalista entre quienes habían sido sus súbditos. Entonces, por un momento, mostró la cara aniñada de su personalidad y pronunció la palabra 'desagradecidos'. María del Mar le dijo: "No escarmentarás nunca. Eres un ingenuo. También se encoge de hombros la gente cuando lee que en un bombardeo han perecido mil ingleses o mil alemanes".
Tales palabras, preñadas de lógica, lo hicieron reaccionar. Por otra parte, ¿qué le ocurría? ¿Era posible que anduviese 'mendigando' por dentro ovaciones, el delirio? Si llevaba gafas negras era para no ver la molicie. Si vestía uniforme de Falange era para no caer en la tentación de pasar factura. Si mascaba caramelos de eucalipto era para no saborear el placer del halago.
"¡De acuerdo!", dijo. E hizo lo que debía hacer, que no otra cosa podía esperarse de un Dávila. Ordenó a 'La Voz de Alerta' que Amanecer fuera parco en los elogios de despedida. Enteróse de que algunos organismos oficiales -la Sección Femenina, las alcaldías- querían organizar una manifestación y acompañarlo en caravana, el día de la marcha, hasta el límite de la provincia, y se opuso rotundamente. ¡Ni hablar! Se marcharía silenciosamente… Con su mujer y sus hijos, y con un chófer que le prestara el general. El comisario Diéguez le pidió audiencia. Quería agradecerle no sé qué… "Agradézcaselo usted al clavel blanco que lleva en la solapa". El doctor Chaos solicitó una entrevista. "Venga, venga usted. Pero nada de lamentaciones. Hablaremos de las necesidades del Hospital, si es que cree usted que ahora, a mi paso por Madrid, puedo conseguir algo". Lo llamó el profesor Civil…
¡Ah, ése fue otro cantar! Lo recibió. Lo recibió con efusión extraordinaria. Tuvo para él frases en verdad emotivas. Pese a las apariencias, nunca había olvidado el diálogo que sostuvieron en el coche, camino de Barcelona, cuando fueron a esperar al conde Ciano. Y, sobre todo, la conducta del profesor, su extraña mezcla de energía intelectual y de mansedumbre, habían sido para él un ejemplo constante que imitar.