Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
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Con la misma eficiencia con que se había enriquecido con un negocio tan equívoco como el de convertir esclavos baratos en sirvientes especializados, Marco Craso se puso manos a la obra ante este nuevo reto.
Lo primero que hizo fue anunciar los nombres de sus legados:
Lucio Quintio, aquella peste de cincuenta y dos años para cónsules y tribunales; Marco Mummio, casi con edad de pretor; Quinto Marco Rufo, algo más joven, pero senador; Cayo Pomptino, un militar joven, y Quinto Arrio, el único veterano de la guerra contra Espartaco que decidió conservar.
Luego declaró que, como las cuatro legiones de los cónsules habían quedado reducidas a dos por las bajas y las deserciones, sólo utilizaría los doce primeros de los veinticuatro tribunos de los soldados, pero no los de aquel año, ya que su cargo estaba a punto de expirar, y consideraba que no habría nada peor para aquellas poco eficaces legiones que cambiar los mandos al mes escaso de haber iniciado la campaña. Por lo tanto, movilizaba un poco antes a los tribunos de los soldados elegidos para el año próximo. También incorporó a su estado mayor a uno de los cuestores para el año siguiente, el llamado Cneo Tremelio Scrofa, de familia de raigambre pretorial.
Entretanto, se trasladó a Capua y envió agentes a ver a sus ex-combatientes de la época en que había combatido contra Carbón y los samnitas, pues necesitaba reclutar rápidamente seis legiones. Sus críticos recordaron que a sus soldados no les había gustado su reticencia a compartir el botín de algunas ciudades, como en el caso de Tuder, y predijeron que no se alistarían muchos voluntarios. Pero quizás el tiempo hubiese entibiado los recuerdos y los corazones, porque los voluntarios acudieron a alistarse bajo las águilas de Craso. A principios de noviembre, cuando llegó la noticia de que las huestes de Espartaco habían dado media vuelta y bajaban de nuevo por la vía Emilia, Craso estaba casi listo para ponerse en marcha.
No obstante, antes tenía que ocuparse de los restos de las legiones de los cónsules, que no habían salido del campamento en Firmum Picenum después de la derrota compartida de Gelio y Clodiano. Quedaban veinte cohortes (el número equivalente a las de dos legiones), pero las formaban los supervivientes de cuatro legiones y pocos habían combatido juntos en la misma legión. Y no se había podido trasladarlas a Capua hasta que estuvieron formadas y organizadas las seis legiones nuevas, pues en los últimos años se habían constituido tan pocas legiones, que la mitad de los campamentos en torno a la ciudad se hallaban cerrados y desmantelados.
Cuando Craso envió a Marco Mummio y a los doce tribunos de los soldados a recoger aquellas veinte cohortes de Firmum Picenum, era consciente de que Espartaco y sus huestes se aproximaban a Ariminum, y dio órdenes estrictas a Mummio para que evitara cualquier enfrentamiento con los rebeldes, que estaban mu y al norte de Firmum Picenum. Para desgracia de Mummio, al llegar a Ariminum, Espartaco había avanzado con sus tropas, prescindiendo de las mujeres y el convoy de pertrechos, sabiendo que en su retaguardia no había peligro, y por ello, casi en el mismo instante en que Mummio llegaba al campamento construido por Gelio y Clodiano, también lo alcanzaban las avanzadillas del rebelde.
El enfrentamiento era inevitable. Mummio hizo lo imposible, pero eran pocas sus posibilidades con aquellos tribunos de los soldados (entre los que se encontraba César). Ninguno conocía a las tropas y éstas estaban poco entrenadas y temían a Espartaco como los niños al lobo. No se puede calificar de batalla a lo que allí se dirimió; las tropas de Espartaco pasaron sobre el campamento como si no existiera y las despavoridas tropas de las legiones de los cónsules se desperdigaron en todas direcciones, arrojando armas y despojándose de corazas y armaduras y de cuanto pudiera estorbar su huida. Los remolones perecieron y los rápidos se salvaron. Los rebeldes, sin preocuparse por perseguirles, siguieron cayendo sobre el lugar, deteniéndose únicamente a recoger armas y corazas y a despojar los cadáveres.
– Nada podías hacer para evitarlo -dijo César a Mummio-. La culpa ha sido de nuestro espionaje.
– ¡Marco Craso se pondrá furioso! -exclamó Mummio, desesperado.
– Y dices poco -comentó César, inexorable-. De todos modos las fuerzas de Espartaco son una horda indisciplinada.
– ¡Pero superan los cien mil hombres!
Estaban acampados en una colina, no lejos de aquel río de rebeldes que continuaba en dirección sur. César, que tenía muy buena vista, señaló hacia ellos y dijo:
– Soldados no tendrá más de ochenta mil; quizás menos. Lo que vemos ahora son sus seguidores, mujeres, niños y hombres que no van armados. Y serán cincuenta mil por lo menos. Espartaco avanza con una rueda de molino al cuello, teniendo que arrastrar consigo las familias y los efectos personales de sus soldados. Eso que ves, Mummio, es una horda de fugitivos, no un ejército.
– Bueno, no hay por qué detenerse aquí -dijo Mummio, dándose la vuelta-. Hay que informar a Marco Craso, y cuanto antes mejor.
– Dentro de un par de días se habrán alejado las huestes de Espartaco. ¿Puedo sugerirte que nos quedemos aquí hasta que se vayan, para luego intentar reagrupar los hombres de las legiones de los cónsules? Si los dejamos, desaparecerán para siempre. Yo creo que a Marco Craso le complacerá más verlos, estén como estén.
Mummio se quedó mirando fijamente a su primer tribuno de los soldados.
– Te piensas bien las cosas, César, ¿no es cierto? Tienes razón. Tenemos que reagrupar a esos desgraciados y llevarlos con nosotros; si no, la cólera del general será de temer.
Cinco cohortes yacían muertas entre los restos del campamento así como la mayoría de los centuriones. Se habían salvado quince cohortes, y Mummio tardó once días en reagruparlas; una tarea no tan ardua como había creído, pues estaban más destrozados psíquica que físicamente.
Con túnica y sandalias por toda vestimenta, las quince cohortes fueron conducidas hasta las afueras de Bovianum, al campamento de Craso, que había sorprendido a un destacamento de los rebeldes, separado del grueso de las tropas, matando a seis mil; pero Espartaco, en cualquier caso, iba ya camino de Venusia y Craso no había considerado conveniente seguirlo por un terreno desfavorable para una fuerza numéricamente inferior. Era ya primeros de diciembre, pero como el calendario iba adelantado cuarenta días a las estaciones, aún no había comenzado el invierno.
El general escuchó a Mummio con un mutismo que nada bueno presagiaba. Y, de pronto, dijo:
– No tengo nada que reprocharte, Marco Mummio, pero ¿qué puedo hacer con quince cohortes en las que no se puede confiar ni tienen agallas para luchar?
Nadie contestaba, pero Craso sabía lo que iba a hacer a pesar de su pregunta. Todos se daban cuenta, pero el único que lo sabía era él.
La blanda mirada fue deteniéndose en un rostro y otro, se clavó en el de César y continuó.
– ¿Cuántos son? -inquirió.
– Siete mil quinientos, Marco Craso. Quinientos soldados por cohorte -contestó Mummio.
– Voy a diezmarlos -dijo Craso.
Se hizo un profundo silencio, en el que nadie movía un músculo.
– Mañana al salir el sol ten el ejército formado y disponlo todo. César, tú eres pontífice y oficiarás. Elige la víctima para el sacrificio. ¿Ha de ser a Júpiter Optimus Maximus o a otro dios?
– Marco Craso, creo que debemos ofrecérsela a Júpiter Stator que es quien detiene a los soldados que huyen. Y a Sol Indiges y Bellona. La víctima ha de ser una ternera negra.
– Mummio, tus tribunos de los soldados lo echarán a suertes; menos César.
Tras lo cual, el general levantó la sesión y sus oficiales abandonaron la tienda de mando sin saber qué decirse. ¡Diezmar a la tropa!
Al amanecer, las seis legiones de Craso estaban formadas, y frente a ellas, en diez columnas de setecientos cincuenta hombres, se hallaban los soldados que iban a ser diezmados. Mummio había trabajado denodadamente para hacerlo de la manera más rápida y simple, ya que la división numérica más importante era la decuria de diez hombres; ni que decir tiene que el propio Craso había ayudado mucho en los cálculos.