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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Todo esto lo fue sabiendo Espartaco a partir del momento en que había regresado a Campania. Como sus fuerzas seguían aumentando, había aprendido a organizarlas sobre la marcha, formando y entrenando nuevas cohortes. Había sufrido un golpe al perder a Enomao en el afortunado ataque al campamento de Varinio y Valerio, pero Crixus seguía con vida y no cesaban de surgir nuevos legados capaces. El caballo público que había pertenecido a Varinio era una montura sin par para el comandante supremo. Muy vistoso! Espartaco le besaba los belfos cada mañana y acariciaba su argéntea crin antes de montarlo. Le había puesto por nombre Batiato.

Convencido de que ciudades como Nola y Nuceria se unirían a su causa, se apresuró a enviar embajadores para que se entrevistaran con los magistrados, les dijeran que pretendía secundar a Quinto Sertorio para refundar una nueva república en Italia y requiriesen su contribución en hombres, pertrechos y dinero. Pero le contestaron con firmeza que ni las ciudades de Campania ni de ninguna región de Italia apoyarían la causa de Quinto Sertorio… ni del gladiador-general Espartaco.

– No queremos a los romanos -dijeron los magistrados de Nola- y nos enorgullecemos de haberles resistido más que ninguna otra ciudad de Italia. Pero eso se acabó. No volveremos a hacerlo. Nuestra economía está arruinada y no quedan hombres jóvenes. No nos uniremos a vosotros contra Roma.

Al dar Nuceria igual respuesta, Espartaco celebró consejo con Crixus y Aluso.

– Saquéalas -dijo la sacerdotisa tracia-. Enséñales que es mejor que se unan a nosotros.

– Yo estoy de acuerdo -dijo Crixus-, pero por distinto motivo. Tenemos cuarenta mil hombres, suficientes pertrechos para todos y gran cantidad de provisiones. Pero no tenemos nada más, Espartaco. Es muy bonito prometer a las tropas vidas dignas y riqueza bajo el gobierno de Quinto Sertorio, pero mejor sería entregarles ahora mismo algo de esa riqueza. Si saqueamos una ciudad que se niegue a unirse a nosotros, atemorizaremos a las que se encuentren en nuestro camino y complaceremos a nuestros legionarios. Mujeres, botín… ¡A cualquier soldado le encanta el saqueo!

Malhumorado por lo que consideraba un ingrato rechazo, Espartaco adoptó una decisión más rápida de lo que lo habría hecho en la época en que no era gladiador.

– Muy bien. Asaltaremos Nuceria y Nola. Di a los hombres que no se anden con miramientos.

Los hombres no se anduvieron con miramientos. Considerando los resultados, Espartaco pensó que era muy interesante saquear ciudades. En Nuceria y Nola obtuvieron tesoros, además de dinero, comida y mujeres; si continuaba saqueando, podría entregar a Quinto Sertorio una gran fortuna, aparte de un ejército. Y con ello era muy probable que Quinto Sertorio, dictador de Roma, nombrase a Espartaco, gladiador tracio, su Mestre Ecuestre.

Por consiguiente, había que reunir aquella gran fortuna antes de salir de Italia. Seguían llegando, ansiosos de unirse a su causa, reclutas de todas las regiones, que le hablaban de ricos botines en lugares de Lucania, Bruttium y Calabria que no habían padecido las secuelas de la guerra itálica. Así, desde Campania, los rebeldes se dirigieron al sur para saquear Consentia en Bruttium y Thurii y Metapontum en el golfo de Tarentum. Para gran satisfacción de Espartaco, las tres ciudades poseían grandes riquezas.

Una vez que Aluso hubo concluido la escarificación del cráneo de Batiato, él le dio una hoja de plata para que lo forrase; pero después del saqueo de Consentia, Thurii y Metapontum, le dijo que tirase aquella hoja a la basura y que gastase una de oro. Había en todo aquello cierto atractivo, aparte de la permanente seducción de Aluso, que pensaba como los bárbaros pero poseía recursos mágicos y era para él como el talismán de su buena suerte. Mientras tuviese a Aluso a su lado sería un favorito de la Fortuna.

Si, aquella mujer era maravillosa: sabía encontrar agua, predecir el desastre y siempre le daba buenos consejos. Ya en avanzado estado de gravidez, con sus gruesos labios grana, contraste perfecto a sus rubísimos cabellos, a sus claros ojos de loba y a sus muñecas y tobillos cargados del oro con que la obsequiaba, él la encontraba ideal, y más aún por el hecho de que era tracia y él se había convertido en tracio. Estaban unidos por el destino y ella era la personificación de aquella nueva vida.

A principios de abril se dirigió al este de Samnio, convencido de que sus ciudades sí que se unirían a su causa. Pero Ausernia, Bovianum, Beneventum y Saepinum no aceptaron sus propuestas y no quisieron saber nada. Y no merecía la pena saquearlas. Verres y Cetego no habían dejado nada. No obstante, muchos samnitas continuaban alistándose en sus filas, que ya habían alcanzado la cifra de noventa mil hombres.

Espartaco comenzaba a darse cuenta de la dificultad de dirigir a tanta gente. Aunque las tropas estaban organizadas en legiones romanas y armadas al estilo romano, nunca disponía de suficientes legados y tribunos para mantener la disciplina de hierro necesaria para contener los excesos a que se entregaba la soldadesca inducida por el vino y las rivalidades que provocaban las mujeres que seguían al ejército. Decidió que había llegado el momento de dirigirse a la Galia itálica, para cruzar la Galia Transalpina y unirse a Sertorio en la Hispania Citerior. No por el Oeste de los Apeninos, pues no quería aventurarse en las inmediaciones de Roma; subiría por el litoral del Adriático, cruzando regiones que se habían enfrentado denodadamente a Roma, las tierras de los marrucinos, los vestini, los frentanos y los picentinos del sur. ¡ Reclutaría muchos guerreros!

Pero Crixus no quería ir a la Hispania Citerior. Y lo mismo sucedía con los treinta mil hombres de su división.

– ¿A qué ir tan lejos? -replicó-. Si lo que dices de Quinto Sertorio es cierto, ya llegará él a Italia. Es mejor que nos encuentre aquí, con el pie en el cuello de Roma. La distancia de aquí a Hispania es de mil quinientas millas y tendremos que cruzar por tierras de tribus bárbaras que nos tomarán por tropas romanas. Mis hombres no quieren salir de Italia.

– ¡Si tú y tus hombres no queréis salir de Italia -dijo Espartaco, airado- haced lo que queráis! ¿Y a mi qué? Tengo cerca de cien mil hombres que cuidar y ya me dan bastante preocupación. ¡Vete, pues, Crixus, y cuanto más lejos mejor! ¡Quédate con tus treinta mil idiotas en Italia!

Así, cuando Espartaco y setenta mil hombres, con un enorme convoy logístico y cuarenta mil mujeres, sin contar los niños pequeños y de pecho, se dirigieron al norte para cruzar el río Tifernus, Crixus y sus treinta mil hombres se dirigieron al sur en dirección de Brundissium. Era finales de abril.

Casi al mismo tiempo, los cónsules Gelio y Clodiano salían de Roma para recoger sus tropas en Capua, pues el ex pretor Quinto Arrio había comunicado al Senado que a las cuatro legiones recién reclutadas ya no se las podía preparar más; no podía garantizar su buena actuación en combate, pero esperaba que respondieran bien.

Cuando los cónsules llegaron a Capua les informaron de la escisión en las tropas de Espartaco y de la dirección norte que había tomado éste, y establecieron un plan según el cual Quinto Arrio iría al sur con una legión para atacar inmediatamente a Crixus, Gelio iría con la segunda legión en persecución de Espartaco hasta que Arrio pudiera unírsele, y Clodiano conduciría a las dos legiones restantes en rápida marcha hasta más allá de Roma para tomar por la vía Valeria y llegar a la costa adriática, bloqueando la progreSión de Espartaco. Así, los dos cónsules le tendrían entre una tenaza que cerrarían sobre él.

Días después llegaba una espléndida noticia de Quinto Arrio. Aunque el enemigo tenía una superioridad numérica de cinco a uno, le había tendido una emboscada en el monte Garganus en Apulia, cayendo sobre las indisciplinadas huestes de Crixus y aniquilándolas. Habían perecido los treinta mil hombres con su jefe, pues los supervivientes habían sido ejecutados. Quinto Arrio no pensaba dejar enemigos a su espalda.

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