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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Mientras Marco Craso diezmaba las filas de los que eran incapaces de mostrar el coraje para enfrentarse a las huestes de Espartaco, éste celebraba juegos funerarios por Crixus en las afueras de Venusia, y, aunque no tenía costumbre de hacer prisioneros, había elegido trescientos soldados de las legiones de los cónsules (y otros que pensaba mantener con vida, de momento) del campamento de Firmum Picenum, y durante todo el trayecto hasta Venusia los había entrenado para el combate de gladiadores: la mitad galos y la otra mitad tracios. Los proveyó de sus mejores atavíos y los puso a luchar en memoria de su compañero muerto. Al vencedor absoluto le reservó la suerte romana tradicional, flagelándole y decapitándole. Con la sangre de trescientos enemigos el espectro de Crixus quedó sobradamente satisfecho.

Los juegos funerarios de Crixus habían cumplido otro propósito, pues, mientras la ingente horda se entregaba a la fiesta y al descanso, Espartaco fue recorriendo sus filas de un modo más personal que en Mutina para irlos convenciendo a todos de que la patria, su destino final, había de ser la fértil Sicilia. Previamente, habían saqueado todos los graneros y silos en su marcha y contaban con grandes provisiones de queso, legumbres, tubérculos y frutos secos, y llevaban consigo millares de ovejas, cerdos, gallinas y patos, pues impedir que su gente pasase hambre le obsesionaba más que el espectro de un ejército romano. Se acercaba el invierno y decidió que debían llegar a Sicilia antes de que comenzasen los grandes fríos.

Así, en diciembre reanudaron la marcha hacia el sur para llegar al golfo de Tarentum, en donde las desventuradas poblaciones de aquella fértil llanura, regada por varios ríos, sufrían la pérdida de las cosechas de Otoño y las verduras primerizas de invierno. En Thurii -ciudad que ya había saqueado la primera vez a su paso por la región- dirigió a sus huestes hacia el interior, subió por el valle del Crathis y llegó a la vía Popilia. No había tropas romanas esperándoles y utilizó aquella carretera para cruzar las montañas de Bruttium y llegar sin incidentes al pequeño puerto pesquero de Scyllaeum.

Sicilia se divisaba al otro lado del estrecho. Un breve viaje por mar y habría concluido su periplo. Pero era un viaje temible, pues Escila y Caribdis moraban en aquellas peligrosas aguas. Justo en la salida de la bahía de Scyllaeum, el primero asestaba dentelladas con las tres filas de dientes de sus seis cabezas al tiempo que las cabezas de perro que protegían sus costados babeaban entre aullidos. Si un barco lograba deslizarse junto al monstruo mientras dormía, tenía que vérselas con Caribdis de Sicilia, que giraba furiosamente formando un enorme remolino que se tragaba los navíos.

Naturalmente, no es que Espartaco creyese semejantes historias, pero, sin darse cuenta, estaba perdiendo conceptos de su romanización y le iba quedando un núcleo más primitivo y pueril; no había vivido como un verdadero romano desde su expulsión de las legiones de Cosconio y de eso hacia ya casi cinco años. La mujer con quien se había unido sí que creía en Escila y Caribdis, e igual sucedía con muchos de sus seguidores, y a veces -sólo a veces- veía en sueños aquellos horrendos monstruos.

Además de una gran flota de pesca que perseguía a los atunes durante la época de migración dos veces al año, Scyllaeum daba refugio a piratas. La proximidad de la vía Popilia y el paso de las legiones entre Sicilia y la península no permitía que hubiese grandes flotas piratas en el puerto, pero si que había algunos corsarios autónomos de los que durante el invierno atracaban sus pequeñas embarcaciones sin cubierta en Scyllaeum, cuando apareció aquella imponente horda.

Dejando que el ejército se atracase de pescado, Espartaco buscó inmediatamente al jefe de los piratas y le preguntó si conocía almirantes piratas que mandasen grandes flotas. ¡Sí, claro, varios!, contestó el hombre.

– Pues tráelos a mi presencia -dijo Espartaco-. Necesito trasladar sin tardanza a Sicilia varios miles de mis mejores soldados y estoy dispuesto a pagar mil talentos de plata a quien nos garantice el pasaje en el plazo de un mes.

Aunque habían muerto Crixus y Enomao, contaba con sus respectivos sustitutos, salidos de la heterogénea colección de legados y tribunos. Casto y Ganico eran samnitas y habían luchado con Mutilo durante la guerra itálica y con Poncio Telesino en la guerra contra Sila; eran marciales por naturaleza y tenían cierta experiencia del mando. El tiempo le había enseñado a Espartaco que sus huestes se negaban a marchar como debe hacerlo un ejército de no ser que amenazase el enemigo, y en ellas había gran número de mujeres y hombres, bastantes niños y hasta personas mayores. Por consiguiente, era imposible que un solo hombre controlase directamente semejantes masas. Por ello, las había dividido en tres columnas con sus correspondientes convoyes de pertrechos; él mandaba la mayor, que abría la marcha, y había encomendado el mando de las otras dos a Casto y a Ganico.

Cuando se supo que dos almirantes piratas venían a verle, Espartaco llamó a Aluso, Casto y Ganico.

– Parece ser que pronto dispondremos de suficientes barcos para trasladar veinte mil hombres a Pelorus -dijo-, pero lo que me preocupa es que tendré que dejar detrás a la mayor parte de mi gente. Y pueden transcurrir varios meses hasta que pueda trasladarla a Sicilia. ¿Qué os parece si los dejamos aquí en Scyllaeum? ¿Hay suficiente comida? ¿O es preferible enviar a los que queden a las tierras de Bradanus? Labriegos y pescadores dicen que va a ser un invierno frío.

Casto, que era el mayor y más experimentado que Ganico, meditó un instante antes de contestar.

– En realidad, Espartaco, no estaría mal quedarnos por aquí. Al oeste del puerto hay una especie de planicie fértil en la que POdríamos acampar sin mermar demasiado las provisiones durante… un mes o dos. Y si veinte mil de los que más comen van a Sicilia, unos tres meses.

Espartaco adoptó una decisión.

– Pues que todos se queden aquí. Traslada el campamento al oeste del pueblo y que las mujeres y los niños empiecen a hacer los cultivos. Incluso nabos y coles.

Una vez que hubieron salido los dos samnitas, Aluso volvió sus ojos de loba hacia su esposo y lanzó un gruñido gutural. A él siempre se le erizaban los pelos de la nuca al oír aquel sonido animal que profería siempre que el espíritu profético la poseía.

– ¡Cuidado, Espartaco! -dijo.

– ¿De qué he de tener cuidado? -inquirió él, frunciendo el ceño.

Ella meneó la cabeza y volvió a emitir aquel gruñido.

– No lo sé. De algo. De alguien. Viene a través de la nieve.

– No nevará hasta dentro de un mes, por lo menos, si no más -replicó él con voz tranquila-. Para entonces estaré ya en Sicilia con mis mejores hombres y no creo que la campaña de la isla nos lleve mucho tiempo. ¿Son los que quedan aquí los que deben tener cuidado?

– No -contestó ella sin dudarlo-. Eres tú.

– Sicilia es presa fácil y no está bien defendida. No correré peligro ante la milicia y los oligarcas del trigo.

– No llegarás allí -replicó ella, hierática y, luego, estremeciéndose-. Nunca llegarás a Sicilia.

Pero al día siguiente su afirmación quedó desmentida al llegar a Scyllaeum dos almirantes piratas tan famosos, que hasta Espartaco conocía su nombre: Farnaces y Megadates. Habían iniciado su carrera de piratas al este, lejos de Sicilia, en las aguas del mar Euxino. Sin embargo, durante los diez últimos años dominaban los mares entre Sicilia y Africa y asaltaban todo lo que fuera menos potente que una flota triguera romana bien protegida. Y cuando les parecía acudían al puerto de Siracusa -¡ante las narices del gobernador!- a aprovisionarse y cargar vino.

Los dos, pensó el asombrado Espartaco, parecían mercaderes elegantes y ricos, pálidos, gordos y delicados.

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