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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Gelio no fue tan afortunado y corrió la misma suerte a manos de Espartaco que la que había corrido Crixus a manos de Arrio. Las tropas de su legión se dispersaron presas del pánico al ver la numerosa hueste que se les venía encima; algo acertado, en definitiva, pues los que no huyeron fueron destrozados. Y estas tropas, al menos, habían huido sin tirar armas y coraza y, cuando Arrio y Gelio reunieron sus fuerzas, estaban pertrechadas y podían (teóricamente) volver a combatir sin necesidad de regresar a Capua.

La estrategia que siguieron Arrio y Gelio después de aquella derrota fue la de no dar respiro a Espartaco, que se había dirigido sin dilación al norte para enfrentarse a Clodíano, de cuyas intenciones le había informado un tribuno romano capturado. En Hadna, a orillas del Adriático, se enfrentaron los dos ejércitos y Clodiano corrió la misma suerte que Gelio: sus tropas se dispersaron presas del pánico. Victorioso en sus dos combates, Espartaco siguió su ruta hacia el norte sin encontrar resistencia.

Sin amilanarse, Gelio, Clodiano y Arrio reagruparon sus fuerzas y volvieron a intentar una nueva ofensiva en Firmum Picenum, donde fueron de nuevo derrotados. Espartaco continuó hacia el Ager Gallicus, cruzó el Rubico y entró en la Galia Cisalpina a finales de sextilis, decidido a encaminarse por la vía Emilia hacia Placentia y los Alpes occidentales. ¡ Ya llegamos, Quinto Sertorio!

El valle del Padus era una tierra fértil y exuberante que producía gran cantidad de alimentos y con los graneros de sus ciudades a rebosar, y, como ahora ya saqueaba sistemáticamente las ciudades con posibilidades de buen botín, Espartaco no se ganó, precisamente, las simpatías de los habitantes de la Galia itálica.

En Mutina, a medio camino de los Alpes, el gran ejército se encontró con el gobernador de la provincia, Cayo Casio Longino, que intentaba valientemente cortarles el paso con una sola legión. Fue una acción heroica que necesariamente había de fracasar. El legado de Casio, Cneo Manlio, llegó dos días después con la otra legión de la Galia itálica y corrió la misma suerte que él. En ambas ocasiones, las tropas romanas entablaron combate, lo que se tradujo en un nuevo botín para Espartaco de más de diez mil corazas y armas.

El último romano con quien había hablado Espartaco -si él no hablaba con ninguno, igual hacían todos los componentes de la espantosa horda- era el tribuno capturado en la primera derrota de Gelio meses atrás. Ni en Hadria ni en Firmun Picenum hizo el menor esfuerzo por ver de cerca a Gelio, Clodiano o Arrio; pero en Mutina había hecho dos prisioneros de alto rango, Cayo Casio y Cneo Manlio, y sintió ganas de hablar con ellos. ¡ Había llegado el momento de que dos miembros del Senado viesen al hombre de quien se hacía lenguas toda Italia! Ya era hora de que el Senado supiera quién era. No tenía intención de matar ni guardar prisioneros a los dos romanos; quería que regresasen a Roma y hablasen de él.

De todos modos, los había encadenado y cuando los mandó traer a su presencia, se sentó en un estrado, ataviado con una toga blanca. Casio y Manlio se lo quedaron mirando asombrados, pero fue cuando Espartaco les interpeló en buen latín con acento de Campania, cuando comprendieron quién era.

– ¡Tú eres itálico! -exclamó Casio.

– Romano -le corrigió Espartaco.

Pero Casio no se intimidaba fácilmente; era de un clan belicoso y orgulloso, y si algún Casio cometía un error militar garrafal, él no era hombre que echase a correr. Y este Casio demostró ser digno miembro de su familia alzando el brazo encadenado y agitando el ·puño cerrado contra aquel atractivo gigante del estrado.

– ¡Libérame de la indignidad de estas cadenas y verás como eres romano muerto! -le espetó-. ¿Así que, desertor de las legiones, convertido en gladiador tracio?

·-No soy desertor -replicó Espartaco muy seco, enrojeciendo-. Soy un tribuno militar a quien se condenó injustamente en Iliria por amotinamiento. ¿Encuentras indignas las cadenas? Bien, ¿y cómo crees que encontraba yo mis cadenas cuando me enviaron a aquella escuela dirigida por un gusano como Batiato? Unas cadenas por las otras, procónsul Casio.

– Mátanos y acaba de una vez -replicó Casio.

– ¿Mataros? Oh, no, no tengo la menor intención -contestó Espartaco sonriente-. Voy a liberaros, ahora que habéis sentido la indignidad de las cadenas. Regresaréis a Roma y diréis al Senado ·quién soy, a dónde voy y lo que quiero hacer cuando regrese y lo que seré cuando lo haga.

Manlio se dispuso a replicar, pero Casio le dirigió una mirada que le hizo enmudecer.

– Eres un amotinado, vas camino de tu perdición y cuando regreses serás un espectro sin sustancia ni sombra -replicó despreciativo Casio-. ¡ Eso es lo que diré complacido al Senado!

– ¡Pues ya que estás, dile esto al Senado! -espetó Espartaco, poniéndose en pie y desgarrando la toga inmaculada y pisoteándola con la fruición con que un perro rasca con las patas traseras después de defecar, y arrojándola del estrado de una patada-. Tengo a mis órdenes ochenta mil hombres, todos perfectamente armados y entrenados para combatir como romanos. La mayoría son samnitas y lucanos, pero también los esclavos en mis filas son valientes. Tengo miles de talentos de botín y voy a unirme a Quinto Sertorio en la Hispania Citerior. Los dos derrotaremos a los ejércitos romanos y a sus generales de las dos Hispanias y luego volveremos a Italia. ¡Tu Roma está acabada, procónsul! Antes de que concluya el año próximo, Quinto Sertorio será dictador de Roma y yo, su mestre ecuestre.

Casio y Manlio le habían escuchado con rostro de expresión cambiante: furia, asombro, ira, perplejidad y estupefacción; y, una vez que Espartaco hubo concluido, de ironía. Los dos echaron la cabeza hacia atrás y soltaron una carcajada nada fingida, mientras Espartaco permanecía callado, notando el rubor que invadía sus mejillas. ¿Qué había dicho que les hacía tanta gracia? ¿Se reían de su temeridad? ¿Le tomaban por loco?

– ¡Ah, qué necio! -exclamó Casio, cuando pudo, con los ojos aún llenos de lágrimas-. ¡Eres un patán! Bobo, ¿es que no tienes una red de espionaje? ¡No, claro que no! ¡Tú no le llegas a la altura de la suela del zapato a un comandante romano! ¿Qué diferencia hay entre esta horda tuya y una de bárbaros? ¡Sencillamente, ninguna! No puedo creer que no lo sepas, pero ya veo que no lo sabes.

– ¿El qué? -inquirió Espartaco, pálido. La voz de Casio no había dejado traslucir rabia ni desdén en aquellos epítetos, y ahora comenzaba a sentir miedo.

– ¡Sertorio ha muerto el invierno pasado, asesinado por su primer legado Perpena. ¡No hay ejército rebelde en Hispania! Tan sólo las legiones victoriosas de Metelo Pío y Pompeyo Magnus, que pronto regresarán a Italia para dar su merecido a ti y a tu horda de bárbaros! -replicó Casio, echándose a reír de nuevo.

Espartaco no quiso escuchar más y salió del cuarto, tapándose los oídos con las manos, en busca de Aluso.

Madre ya de su hijo, Aluso no halló qué decirle para consolarle; Espartaco se cubrió la cabeza con la capa roja de general que había cogido de la cama y lloró amargamente.

– ¿Qué puedo hacer? -le preguntó-. Tengo un ejército sin objetivo, un pueblo sin tierra.

Con el pelo cayéndole sobre el rostro, agachada con las rodillas abiertas sobre la sanguinaria copa, sus tabas y la horripilante mano reseca de Batiato, Aluso lanzó las tabas, las miró fijamente y musitó extrañas palabras.

– El mayor enemigo de Roma en el oeste ha muerto -dijo finalmente-, pero el mayor enemigo de Roma en el este sigue con vida. Las tabas dicen que debemos ir a unirnos a Mitrídates.

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