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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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El joven se obligó a incorporarse y, apretando los dientes, partió el astil, tan grueso como su pulgar; aferró el hacha y salió a su encuentro. Aullando como un lobo, advirtió vagamente. Aullando con una rabia que ponía una película roja en sus ojos. Lo sobrepasaban con mucho en altura y sus armaduras tenían pinchos en codos y hombros, pero blandió el hacha en un remolino frenético, como si quisiera talar un árbol con cada golpe. Por Adora. Por Deselle.

—¡Por mi madre! —bramó—. ¡Así os abrase la Luz! ¡Por mi madre!

De repente se dio cuenta de que estaba descargando tajos en los cuerpos caídos en el suelo. Gruñendo, se obligó a parar, estremecido por el esfuerzo tanto como por el fuerte dolor en el costado. Ya no se oían tantos gritos. Y aun menos chillidos. ¿Quedaba alguien más aparte de él?

—¡Replegaos hacia mí! ¡Dos Ríos a mí!

—¡Dos Ríos! —gritó frenéticamente alguien, en algún punto del húmedo bosque.

—¡Dos Ríos! —llegó otra voz.

Dos. Sólo dos.

—¡Faile! —llamó desesperado—. ¡Oh, Luz! ¡Faile!

Un atisbo de negrura entre los árboles anunció la presencia de un Myrddraal antes de que Perrin lo viera claramente, con la armadura de negras escamas a semejanza de una serpiente y la negra capa colgando inmóvil a pesar de la carrera. Al acercarse, frenó a un paso seguro, sinuoso; sabía que Perrin estaba herido, sabía que era una presa fácil. En su lívido semblante, la mirada sin ojos se clavó en él transmitiendo el miedo como una ponzoña.

—¿Faile? —repitió con sorna. Su voz sonaba como cuero quemado al resquebrajarse—. Tu Faile tenía un sabor delicioso.

Bramando, Perrin se arrojó contra él. Una espada de hoja negra detuvo el primer hachazo. Y el segundo. Y un tercero. El rostro del ser, blanco como un gusano de tumba, tenía una expresión concentrada, pero se movía como una víbora, como un relámpago. De momento sólo estaba a la defensiva. De momento. Perrin sentía la sangre resbalándole por el costado, que le ardía como si tuviera clavado un hierro candente. No podía mantener este ritmo mucho tiempo y, cuando las fuerzas lo abandonaran, esa espada encontraría su corazón.

Un pie le resbaló en el barro pisoteado bajo sus botas, la espada del Fado se echó hacia atrás y… El borroso centelleo de un acero medio degolló al Myrddraal, de modo que la cabeza sin ojos cayó sobre un hombro al tiempo que brotaba un surtidor de sangre negra. Arremetiendo con la espada ciegamente, el Fado se tambaleó hacia adelante, trastabillando, rehusando morir por completo, procurando instintivamente seguir matando.

Perrin se apartó a trompicones de su camino, pero ahora tenía puesta toda la atención en el hombre que limpiaba su espada con un puñado de hojas, fríamente. La capa de colores cambiantes de Ihvon colgaba sobre su espalda.

—Alanna me envió a buscarte. Estuve a punto de no conseguirlo a costa del modo en que os habéis estado moviendo, pero setenta caballos siempre dejan huellas. —El moreno y delgado Guardián se mostraba tan sereno como si estuviera encendiendo la pipa delante de la chimenea—. Los trollocs no estaban vinculados con eso… —Señaló al Myrddraal con la espada; había caído, pero seguía asestando cuchilladas al tuntún—. Lástima. Pero si consigues reunir a tu gente puede que no se atrevan a atacaros sin que un Semihombre los azuce. Calculo que eran unos cien, pero ahora son unos cuantos menos, ya que habéis reducido su número un poco. —Empezó a escudriñar tranquilamente los árboles en derredor, y sólo la espada empuñada sugería una situación fuera de lo normal.

Durante un breve instante Perrin se quedó boquiabierto. ¿Que Alanna lo buscaba? Justo a tiempo de salvarle la vida. Se sacudió para salir de su estupor y volvió a vocear:

—¡Dos Ríos a mí! ¡Por amor de la Luz, reuníos conmigo! ¡Aquí! ¡Reuníos! ¡Aquí!

Esta vez siguió llamando hasta que los rostros familiares empezaron a aparecer entre los árboles. Unos rostros llenos de sangre las más de las veces. Unos rostros conmocionados, con la mirada fija en el vacío. Unos hombres sostenían a otros, y algunos habían perdido sus arcos. Los Aiel estaban entre ellos, aparentemente ilesos salvo porque Gaul cojeaba ligeramente.

—No vinieron como esperábamos —fue cuanto dijo el Aiel, y lo hizo con la actitud tranquila de quien comenta que la noche había sido más fría o que había llovido más de lo esperado.

Faile apareció de improviso con los caballos. O, más bien, con la mitad de los caballos, incluidos Brioso y Golondrina, así como diez o doce hombres de los que había dejado con ella. Tenía un corte en la cara, pero estaba viva. Intentó abrazarla, mas la joven le apartó los brazos murmurando, encorajinada, algo sobre el astil roto de la flecha mientras le retiraba la capa para ver dónde la tenía clavada.

Perrin observó a los hombres que lo rodeaban. Ya habían dejado de llegar, pero faltaban otras caras. Kenley Ahan. Bili al’Dai. Teven Marwin. Se obligó a pronunciar para sus adentros los nombres de los ausentes; se obligó a contarlos. Veintisiete. No habían aparecido veintisiete.

—¿Habéis traído a todos los heridos? —preguntó con voz apagada—. ¿Queda alguien ahí fuera?

La mano de Faile tembló ligeramente en su costado; su expresión, al mirar la herida con el entrecejo fruncido, era una mezcla de preocupación y cólera. Tenía todo el derecho a estar furiosa. Jamás debió meterla en esto.

—Sólo los muertos —respondió Ban al’Seen con una voz tan sombría como su rostro.

Wil parecía estar mirando, ceñudo, algo que quedaba fuera del alcance de la vista.

—Vi a Kenley —manifestó—. Su cabeza estaba en el codo de una rama de roble, pero el resto del cuerpo se encontraba tirado al pie del árbol. Lo vi. Ahora ya no le molestará el resfriado. —Estornudó y pareció sobresaltarse.

Perrin suspiró profundamente y enseguida deseó no haberlo hecho; tuvo que apretar los dientes para aguantar el dolor del costado. Faile, con un pañuelo de seda envuelto en la mano, intentaba sacarle la camisa de los calzones. Le retiró las manos a despecho del gesto ceñudo de ella; ahora no había tiempo para ocuparse de heridas.

—Que los heridos monten a caballo —ordenó cuando pudo hablar—. Ihvon, ¿nos seguirán el rastro? —El bosque estaba demasiado silencioso—. ¡Ihvon! —El Guardián apareció llevando por las riendas a un castrado gris oscuro de ojos fieros. Perrin repitió la pregunta.

—Tal vez. O tal vez no. Sin nadie que los dirija, los trollocs matan a quien es presa fácil. Sin un Semihombre, probablemente buscarán una granja en lugar de enfrentarse a alguien que puede responder con flechas. Asegúrate de que todo aquel que puede sostenerse en pie lleve un arco con una flecha encajada incluso si no tiene fuerza para disparar. De ese modo es posible que decidan que no merece la pena pagar un precio tan alto para divertirse.

Perrin se estremeció. Si los trollocs atacaban, tendrían más diversión que en un baile del Día Solar. Ihvon y los Aiel eran los únicos que estaban en condiciones de luchar. Y Faile; los oscuros ojos de la muchacha brillaban de rabia. Tenía que ponerla a salvo.

El Guardián no ofreció su caballo para los heridos, cosa que tenía sentido. Seguramente el animal no permitiría que nadie más lo montara, además de que un caballo de guerra con su amo en la silla resultaría un arma formidable en caso de que los trollocs volvieran. Perrin intentó que Faile montara en Golondrina, pero ella se lo impidió.

—Los heridos, dijiste —argumentó suavemente—. ¿Recuerdas?

Con gran disgusto de Perrin, insistió en que subiera a lomos de Brioso. El joven esperaba que los demás protestaran, después de haberlos arrastrado a este desastre, pero nadie dijo una palabra. Había suficientes caballos para los que no podían andar y los que no podrían caminar un largo trecho —a regañadientes, tuvo que admitir que él se encontraba entre estos últimos— así que terminó subiendo a su montura. La mitad de los otros jinetes tuvieron que aferrarse, encogidos, a sus caballos. Él se mantuvo erguido, aunque para ello tuvo que apretar los dientes.

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