Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
»Lo único que puedo perder es la vida -añadió, encogiéndose de hombros- y he jurado que nunca más me resignaré a la clase de existencia a que me obligaba Batiato. Un hombre, aunque sea esclavo, debe tener derecho a reunirse con sus congéneres, a andar libremente por el mundo. Las prisiones son peores que la muerte. ¡Jamás volveré a una prisión!
Se le saltaron las lágrimas, emocionado, y las contuvo enardecido.
– ¡Soy un hombre y dejaré huella! ¡Pero todos vosotros deberíais decir lo mismo! Si seguimos juntos y formamos el núcleo de un ejército, podremos defendernos y dejar honda huella. Si nos esparcimos en mil direcciones, todos nosotros, hasta el último, nos veremos obligados a huir, huir, huir… ¿Por qué correr como gamos si podemos caminar como hombres? ¿Por qué no buscarnos un lugar en la Roma de Quinto Sertorio preparándole el terreno en Italia y uniéndonos a él cuando llegue? Roma tiene pocas tropas en Italia, como bien sabemos. ¿No hemos oído que en Capua se quejan de que su economía va mal porque los campamentos de legionarios están vacíos? Yo fui tribuno militar. Crixus, Enomao y muchos de vosotros habéis sido legionarios de Roma. ¿Hay algo que los iguales de Lúculo o de Pompeyo Magnus, en cuanto a formar y conducir un ejército, no sepamos yo, Crixus, Enomao o cualquiera de vosotros? ¡No es difícil conducir un ejército! ¿Por qué no convertirnos en ejército? ¡Podemos ganar victorias! En Italia no hay legiones de veteranos que puedan detenernos; sólo cohortes de reclutas novatos. Los soldados veteranos se sentirán atraídos por nuestra causa… samnitas y lucanos que luchan por sacudirse el yugo de Roma. Y entre todos podemos entrenar a los que se unan a nosotros sin experiencia bélica. ¿Es que un esclavo es un hombre sin capacidad guerrera y sin valor? Los ejércitos de esclavos han estado a punto varias veces de llevar Roma a la ruina, y fracasaron únicamente porque los dirigían quienes no conocían las estrategias militares de Roma. ¡ No eran romanos quienes los dirigían!
Alzó los potentes brazos por encima de su cabeza y agitó los puños.
– ¡Yo conduciré nuestro ejército y lo llevaré a la victoria! ¡Y se lo entregaré a Quinto Sertorio cargado de laureles y con Roma e Italia a sus pies! -bajó los brazos-. Sólo os pido que lo penséis.
El grupo de gladiadores y mujeres no dijo nada cuando Espartaco bajó de un salto de la piedra, pero todos le miraban con ojos brillantes y Aluso le sonreía ufana.
– Mañana, todos votarán a favor de tu propuesta -dijo.
– Si, creo que sí.
– Ahora ven conmigo al manantial. Hay que purificarlo para que dé vida a tanta gente.
Espartaco no sabía lo que ella hacía, pero se quedó asombrado al ver que, después de musitar sus ensalmos y escarbar con la mano cortada de Batiato en las desmoronadas paredes de un lado del manantial de agua caliente y fétida que surgía de una grieta, brotó un nuevo chorro caudaloso de agua fresca y dulce.
– Buen presagio -comentó Espartaco.
Al cabo de veinte días se habían congregado mil voluntarios en la hondonada de lo alto del Vesubio, a pesar de que para Espartaco era un misterio cómo se había difundido la noticia, sin que él hubiese enviado mensajeros ni grupos de reclutamiento por la región. Quizás la décima parte de los recién llegados fuesen esclavos fugitivos, pero la mayoría eran libertos samnitas. Nola no estaba lejos y en Nola odiaban a Roma. Igual que en Pompeya, Neapolis y todos los pueblos que habían luchado hasta la muerte contra Sila, primero en la guerra itálica y luego con Poncio Telesino. Roma no podía hacerse ilusiones de haber aplastado al Samnio, pensó Espartaco mientras no dejaba de apuntar nombres samnitas en la lista de reclutamiento: para eso antes tendría que haber desaparecido el último samnita. Muchos de ellos llegaban con coraza y armas; eran veteranos canosos que escupían al oír el nombre de Sila o hacían el signo para ahuyentar el mal de ojo cuando se mencionaba a Cetego o a Verres, que habían arrasado las mejores tierras del Samnio.
– Ven, quiero enseñarte una cosa -dijo Crixus a Espartaco, en la mañana del último día de septiembre.
Espartaco, que estaba entrenando a una centuria de esclavos, los dejó al mando de otro gladiador y siguió a Crixus, que le llevaba aprisa del brazo.
– ¿De qué se trata?
– Tú mismo lo verás -contestó Crixus, llevándole hacia una grieta del cráter por la que se veían las estribaciones norte del Vesubio.
Había dos samnitas de centinelas, que se volvieron excitados hacia Espartaco.
– ¡Mira! -exclamaron.
Los primeros mil pies eran peñascos y hoyos inhabitables, más abajo se veían los campos de cultivo y por entre los rastrojos de trigo avanzaba una columna de soldados romanos encabezados por cuatro jinetes con cascos áticos y coraza de oficiales de alta graduación; el que cabalgaba detrás de los tres primeros ceñía al reluciente metal de la coraza el fajín con lazo y nudos rituales, símbolo de poderoso imperium.
– ¡Vaya, vaya! ¡ Envían nada menos que a un pretor contra nosotros! -exclamó Espartaco, conteniendo la risa.
– ¿Cuántas legiones? -preguntó Crixus con gesto de preocupación.
Espartaco se le quedó mirando, atónito.
– ¿Legiones? ¡Crixus, tú estuviste en ellas y deberías saberlo!
– ¡Precisamente, cuando estás en ellas no puedes saber el aspecto que tienen!
Espartaco sonrió y le revolvió el pelo.
– Tranquilo, no habrá ni media legión en esa columna… cinco cohortes de las tropas más noveles que he visto en mi vida. Fíjate con qué dificultad avanzan y sin mantener la línea recta ni la distancia. Pero lo mejor es que los manda alguien tan novato como ellos. ¿No ves cómo cabalga detrás de los legados? ¡No falla! Un general seguro de sí mismo va siempre a la cabeza de sus tropas.
– ¿Cinco cohortes? Eso son dos mil quinientos hombres.
– Cinco cohortes que nunca han pertenecido a una legión, Crixus.
– Tocaré zafarrancho de combate.
– No, quédate aquí. Que crean que no les hemos visto. Si oyen clarines y gritos, se detendrán y acamparán ahí en la ladera; mientras que si piensan que van a sorprendernos, ese idiota que los manda no parará de subir hasta que esté entre rocas y vea que no puede acampar, y entonces será demasiado tarde para maniobrar y descender en formación y tendrán que tumbarse a dormir en grupos donde puedan. ¡Idiotas! Si hubiesen dado la vuelta hasta el sur habrían podido llegar por la senda hasta nuestra hondonada.
Cuando ya oscurecía, Espartaco había comprendido sin ningún género de duda que la expedición de castigo estaba formada por reclutas noveles y que el general era un pretor llamado Cayo Clodio Glaber; el Senado le había ordenado tomar cinco cohortes en Capua, a su paso por la ciudad, e ir en busca de los rebeldes para aplastarlos en su agujero del Vesubio.
Al amanecer, la expedición de castigo ya no existía. Espartaco había enviado durante la noche a sus grupos, que, descendiendo por las hendiduras, algunos hasta descolgándose con cuerdas, aniquilaron a las tropas romanas con rapidez y sigilosamente. Tan noveles eran los reclutas que se habían quitado la coraza, dejando apiladas las armas antes de acurrucarse en torno a los fuegos de campamento que delataban el lugar en que dormían; y tan novel era Cayo Clodio Glaber que pensó que la orografía era mejor que un campamento como es debido. Ya próximo el amanecer, los primeros que se despertaron comenzaron a percatarse de lo que sucedía y dieron la alarma. Y comenzó la estampida.