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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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La alarma sonó cuando llegaron a las cocinas, pero ya era demasiado tarde. Estaban ya en su poder todos los instrumentos punzantes que había en ellas y, usando las tapaderas de los calderos a guisa de escudos contra las flechas, siguieron avanzando y matando a todos, Batiato incluido, pues, aunque pensaba haberse ido de vacaciones la víspera, se había quedado a repasar los libros de contabilidad. Los gladiadores le dejaron con vida hasta soltar a las mujeres, que le despedazaron siguiendo instrucciones anatómicas de Aluso, quien devoró con fruición su corazón.

Y al salir el sol, Espartaco y sus sesenta y nueve compañeros eran dueños de villa Batiato. Sacaron las armas del almacén y uncieron a los carros bueyes y mulas para cargar los víveres de las cocinas y el resto de las armas, abrieron las puertas y todos abandonaron la siniestra escuela.

Espartaco, que conocía bien Campania, no se había contentado con tomar villa Batiato. La escuela estaba en la carretera de Capua a Nola a unas siete millas de la ciudad, y hacia Nola se dirigió la pequeña expedición. Al poco rato encontraron un convoy de carros y lo asaltaron por el simple motivo de que no querían que nadie pudiese indicar qué camino habían tomado. Para su gran contento, los carros iban cargados de armas y corazas para otra escuela de gladiadores; ahora tenían más armas para la guerra que gente para empuñarlas.

No tardaron en abandonar la ruta principal y tomar por un camino poco frecuentado que se dirigía hacia el monte Vesubio.

Vestida con una loriga de arquero y esgrimiendo un sable tracio, Aluso se acercó a Espartaco, que iba a la cabeza de la columna. Se había limpiado la sangre de Batiato, pero aún se relamía de gusto, como un gato, cada vez que recordaba cómo se había comido su corazón.

– Pareces Minerva -dijo sonriente Espartaco, que no había censurado en absoluto el destino que Aluso había dado a Batiato.

– Por primera vez en diez años me siento tal cual soy -dijo, zangoloteando la bolsa de cuero que llevaba colgada de la cintura y en la que guardaba la cabeza de Batiato, que se proponía escarificar, convirtiendo la calavera en copa para beber como era costumbre en su tribu.

– Si te complace, serás mi mujer exclusiva.

– Me complace si me dejas participar en los consejos con tus guerreros.

Hablaban en griego, ya que Aluso no sabía latín, y se expresaban con la tranquilidad de quienes han poseido mutuamente su cuerpo sin obnubilación emocional o pasión, unidos por el placer de estar libres y caminar sin ir encadenados ni vigilados.

El Vesubio era una montaña impresionante muy distinta a cualquier otra. Se alzaba aislada en medio de las fértiles tierras de Campania no lejos de la bahía del Cráter, y en sus suaves cuestas, hasta los tres mil pies, abundaban viñas, huertos y campos de trigo, pues la tierra era profunda y fértil. Unos miles más de pies por encima de los terrenos de cultivo se alzaba una torre de roca cortada en la que algunos árboles hundían sus retorcidas raíces en las grietas, pero sin habitantes ni cultivos.

Espartaco conocía la montaña palmo a palmo; la finca de su padre se hallaba en la ladera Oeste y él había jugado muchos años con su hermano mayor entre los peñascos de la cumbre; por eso sabía lo que se hacía conduciendo a la columna monte arriba hasta alcanzar una hondonada en las alturas de la cara norte. Los bordes de la hondonada eran escarpados y costaba hacer entrar los carros, pero en el fondo había hierba en abundancia y sitio para mucha más gente y animales de los que iban con él. La piedra de los bordes rezumaba azufre y en el centro un túmulo exhalaba olores fétidos, por eso mismo la hierba estaba intacta, pues los pastores nunca llevaban allí a sus rebaños. Se decía que era un lugar maldito, detalle que Espartaco omitió a sus seguidores.

Dedicó varias horas a organizar el campamento, construyendo cobertizos con los tablones que desmontaron de los carros, mientras las mujeres hacían la comida y los hombres se repartían las tareas. Cuando el sol se ocultó por el extremo oeste del borde de la hondonada, convocó a todos los fugitivos.

– Crixus y Enomao, poneos uno a cada lado mío -dijo-, y tú, Aluso, como jefa de las mujeres, nuestra sacerdotisa y mi mujer, siéntate a mis pies. Los demás, poneos delante.

Aguardó a que el grupo se situara como había dicho y luego saltó sobre una roca para estar más alto que Crixus y Enomao.

– De momento, somos libres, pero no debemos olvidar que seguimos siendo esclavos según la ley. Hemos matado a nuestros guardianes y al propietario y cuando las autoridades lo descubran nos perseguirán. Nunca habíamos podido reunirnos como personas para hablar de lo que queremos hacer y de nuestro porvenir -lanzó un profundo suspiro-. Antes que nada, quiero decir que no voy a retener a ningún hombre ni mujer contra su voluntad. Los que prefieran seguir por su cuenta pueden marcharse cuando deseen. No os pido promesas, juramentos ni ceremonias de lealtad a mi persona. Hemos sido prisioneros, sabemos lo que son las cadenas, no hemos gozado de los privilegios de las personas libres y a las mujeres las han obligado a prostituirse. Yo no quiero obligaros a nada.

»Esto -añadió con un amplio ademán que cubría el campamento- es un refugio provisional. Más tarde o más temprano tendremos que dejarlo. Nos han visto subir y la noticia no tardará en difundirse.

Un gladiador que estaba en cuclillas en primera fila, cuyo nombre no conocía Espartaco, alzó la mano para pedir la palabra.

– Ya que nos van a perseguir y acosar -dijo, con el ceño fruncido-, ¿no sería mejor dispersarnos ya? Si nos dispersamos en varias direcciones algunos, al menos, podrán escapar, mientras que si seguimos juntos, nos capturarán a todos.

– Es cierto lo que dices -replicó Espartaco, asintiendo con la cabeza-. Pero yo no soy partidario de hacerlo. Y te diré por qué: principalmente, porque no tenemos dinero, ni más ropa que la que nos daba Batiato y se nos nota lo que somos; tampoco tenemos nada que nos sirva, salvo las armas, y éstas de poco nos valdrían si nos separamos. Batiato no tenía dinero en casa; ni un sestercio. Pero el dinero es de imperiosa necesidad, y yo creo que debemos mantenernos unidos hasta que lo encontremos.

– ¿Y cómo podemos encontrarlo? -inquirió el mismo.

Espartaco le dirigió una sonrisa triste pero encantadora.

– ¡No tengo ni idea! -respondió con toda franqueza-. Si estuviésemos en Roma podríamos robar a alguien. Pero estamos en Campania y la región está llena de prevenidos agricultores que lo guardan en un banco o escondido donde nadie es capaz de encontrarlo. Voy a deciros -añadió, alzando las manos para llamar la atención- lo que a mí me gustaría que hiciésemos para que lo penséis, y mañana a esta misma hora nos reunimos y votamos.

Crixus y Enomao asintieron enérgicamente con la cabeza, aunque no sabían nada.

– Dínoslo, Espartaco -dijo Crixus.

Ya iba desapareciendo la luz, pero él, subido en la peña, parecía concentrar en su persona los últimos rayos de sol y tenía aspecto de caudillo, decidido, seguro, fuerte y digno de confianza.

– Todos habéis oído hablar de Quinto Sertorio -dijo-. Es un romano que se ha sublevado contra el sistema que produce hombres como Batiato. Ha logrado el apoyo de Hispania entera y pronto se pondrá en camino hacia Roma para proclamarse dictador y establecer un nuevo tipo de república. Lo sabemos porque la gente hablaba de ello en los lugares en que nos enviaban a combatir. Y nos hemos enterado de que en Italia muchos desean a Sertorio en Roma; sobre todo los samnitas.

Hizo una pausa y se pasó la lengua por los labios.

– ¡Yo sé lo que voy a hacer! Voy a ir a Hispania a unirme a Quinto Sertorio. Y si fuera posible, le llevaría otro ejército, un ejército que ya haya asestado golpes a la Roma de Sila y a sus continuadores. Voy a reclutar hombres en Samnio, Lucania y todas las regiones de Italia que deseen ver una Roma nueva en lugar de resignarse a un miserable destino. Voy a reclutar esclavos de Campania ofreciéndoles el derecho de ciudadanía en la Roma de Quinto Sertorio. Tenemos armas de sobra y podemos reclutar más hombres. ¡Y si Roma envía tropas contra nosotros, las derrotaremos y nos apoderaremos de las armas!

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