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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Sí, gracias. —Hablar le causaba dolorosos pinchazos en la cabeza. Thom se atusó el bigote con incertidumbre—. Vuestros relatos de anoche fueron maravillosos, Thom. Al menos, lo que recuerdo de ellos. —De algún modo logró soltar una risita timorata—. Me temo que no recuerdo mucho aparte de sentarme aquí para escucharos. Parece ser que el puré de manzanas que comí no estaba en buenas condiciones. —No estaba dispuesta a admitir que había tomado tanto vino como para ponerse enferma; todavía no tenía idea de cuánto había sido. Y tampoco de que hubiera hecho el ridículo en esta sala. Eso por encima de todo. El juglar pareció creerla, a juzgar por el gesto de alivio con que se sentó en una silla.

Nynaeve regresó y le tendió un paño húmedo al tiempo que tomaba asiento. También le acercó más la taza con el repugnante preparado. Elayne apretó, aliviada, el paño húmedo sobre la frente.

—¿Alguno de vosotros ha visto a maese Sandar esta mañana? —preguntó la antigua Zahorí.

—No durmió en nuestro cuarto —contestó Thom—, cosa por la que me siento agradecido habida cuenta del tamaño de la cama.

Como si sus palabras lo hubieran invocado, Juilin entró por la puerta principal; el cansancio se reflejaba en su rostro y llevaba la chaqueta arrugada. Debajo del ojo izquierdo había un moretón, y se notaba que se había peinado el corto cabello negro pasándose los dedos por él, pero sonrió al reunirse con ellos.

—En esta ciudad los ladrones son tan numerosos como las ranas en un cañaveral y hablan de lo que sea si se les ofrece una copa. He charlado con dos hombres que afirman haber visto a una mujer con un mechón blanco en la sien izquierda. A uno de ellos, le creo.

—Así que están aquí —dijo Elayne, pero Nynaeve sacudió la cabeza.

—Tal vez. Habrá más mujeres que tengan un mechón blanco en el cabello.

—El hombre no supo calcular la edad que tendría —añadió Juilin a la par que disimulaba un bostezo tapándose la boca con la mano—. Intemporal, según él. Incluso chanceó comentando si no sería una Aes Sedai.

—Vais demasiado deprisa —le recriminó Nynaeve con voz tirante—. No nos haréis ningún bien si nos las echáis encima.

—Tengo mucho cuidado. —Juilin había enrojecido y tenía un gesto sombrío—. No me apetece lo más mínimo que Liandrin vuelva a ponerme las manos encima. No hago preguntas, sólo charlo. A veces sobre mujeres que conocía. Dos hombres picaron con lo del mechón blanco, y ninguno de ellos sospechó que se tratara de algo más que un simple comentario en una conversación despreocupada para acompañar una cerveza barata. Puede que esta noche algún otro caiga en mi red, sólo que en esta ocasión a lo mejor el comentario es sobre una frágil mujer de Cairhien con unos enormes ojos azules. —Ésa tenía que ser Temaile Kinderode—. Poquito a poco iré reduciendo los lugares donde se las ha visto hasta que sepa dónde están. Las encontraré para vos.

—O lo haré yo. —Thom lo dijo como si estuviera convencido de que esto sería lo más probable—. En vez de relacionarse con ladrones, ¿no es más lógico que estén entremetiéndose en asuntos de nobles y políticos? Algún lord de esta ciudad empezará a hacer algo que hasta ahora no había hecho nunca, y me llevará hasta ellas.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada fijamente, y Elayne pensó que en cualquier momento uno de ellos retaría al otro a una lucha. Hombres. Primero, Juilin y Domon, y ahora Juilin y Thom. Probablemente Thom y Domon se enredarían en una pelea a puñetazos para acabar de completarlo. Hombres. Era el único comentario que se le ocurría.

—A lo mejor Elayne y yo tenemos éxito sin necesitaros al uno ni al otro —intervino, cortante, Nynaeve—. Empezaremos a buscar hoy mismo. —Una rápida mirada de reojo a la heredera del trono y añadió—: Al menos, lo haré yo. Es posible que Elayne necesite descansar un poco más de la… travesía.

La joven soltó lentamente el paño húmedo sobre la mesa, cogió la taza con las dos manos y se la llevó a la boca. El líquido gris verdoso sabía todavía peor de lo que olía. Estremecida de asco, se obligó a seguir tragando. Cuando le llegó al estómago la joven tuvo la sensación de ser una capa sacudida por un vendaval.

—Dos pares de ojos ven más que uno —le dijo a Nynaeve mientras soltaba la taza vacía en la mesa con bastante energía para que sonara la loza.

—Y un centenar de pares pueden ver incluso más —se apresuró a añadir Juilin—. Y si es verdad que ese congrio illiano manda a sus hombres a investigar, contaremos con ese centenar como mínimo sumando a los ladrones y cortabolsas.

—Yo… Nosotros encontraremos a esas mujeres si tal cosa es posible —intervino Thom—. No es menester que os mováis de la posada. En esta ciudad se percibe un gran peligro aunque Liandrin no esté en ella.

—Además de que, si están aquí, os conocen a las dos —agregó Juilin—. Más vale que permanezcáis en la posada, donde no puedan veros.

Elayne los miró sin salir de su sorpresa. Un instante antes habían cruzado las miradas como si fueran cuchillos, y ahora estaban hombro con hombro. Nynaeve estaba en lo cierto al decir que les causarían problemas. Bueno, pues la heredera del trono de Andor no pensaba esconderse detrás de maese Juilin Sandar y maese Thom Merrilin. Abrió la boca para decírselo así, pero Nynaeve se le adelantó:

—Sí, tenéis razón —admitió, sosegada. Elayne la miró con absoluta incredulidad; Thom y Juilin parecían sorprendidos y, al mismo tiempo, asquerosamente satisfechos de sí mismos—. Nos conocen a las dos. Creo que me ocuparé de eso esta mañana. Ah, aquí viene la señora Rendra con nuestro desayuno.

Thom y Juilin intercambiaron una mirada desconcertada, pero no podían decir nada estando delante la posadera, que les sonreía a través del transparente velo.

—¿Qué hay de lo que os pedí? —inquirió Nynaeve mientras la mujer le servía un cuenco de gachas de avena.

—Ah, sí. No habrá problema para encontrar ropa que os esté bien a las dos. En cuanto al cabello, con lo hermoso y largo que lo tenéis, no costará mucho recogéroslo —dijo, tocándose sus trenzas rubias.

Las expresiones en los rostros de Juilin y Thom arrancaron una sonrisa a Elayne. Sin duda estaban preparados para enfrentarse a cualquier argumento en contra, pero no habían preparado una defensa para el caso de que no se les hiciese el menor caso. De hecho, el malestar y el dolor de cabeza ya se le estaban pasando; por lo visto, la repugnante medicina de Nynaeve empezaba a surtir efecto. Mientras la antigua Zahorí y Rendra hablaban sobre precios, cortes y tejidos —la posadera abogaba por unos duplicados de sus ajustados atuendos habituales, el de hoy de un tono verde pálido, a lo que Nynaeve se oponía pero sin demasiada convicción—, Elayne tomó una cucharada de gachas de avena para quitarse el mal gusto de boca. Entonces se dio cuenta de que estaba hambrienta.

Había un problema que ninguna de ellas había mencionado todavía y del que Thom y Juilin no sabían nada. Si el Ajah Negro se encontraba en Tanchico, entonces también existía lo que quiera que ponía en peligro a Rand. Algo capaz de someterlo con su propio Poder. Encontrar a Liandrin y a las demás no era suficiente: también tenían que dar con aquello. De repente, se volvió a quedar sin apetito.

40

Cazador de trollocs

El agua que quedaba del chaparrón caído a primera hora de la mañana goteaba de las hojas de los manzanos; un pinzón recorría a saltitos una rama donde maduraban los frutos que no se cosecharían este año. El sol estaba alto, pero lo ocultaban unos nubarrones grises. Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, Perrin probó la tensión de la cuerda del arco con gesto ausente; las cuerdas, prietamente retorcidas y untadas con cera, tenían tendencia a aflojarse con el tiempo húmedo. La tormenta provocada por Verin para ocultarlos de sus perseguidores la noche del rescate había sorprendido incluso a la Aes Sedai por su violencia; de hecho, en los seis días transcurridos desde entonces se habían descargado otros tres fuertes aguaceros. Creía que eran seis días. Desde aquella noche no había pensado realmente; sólo se había dejado llevar por los acontecimientos a medida que se presentaban, reaccionando de acuerdo con las circunstancias. La parte plana de la hoja del hacha se le estaba clavando en el costado, pero apenas si era consciente de ello.

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