Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
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Lo más importante de la carta de su madre era un mensaje de Mamerco señalándole que si quería asegurarse el sacerdocio más valía que regresase a Roma para la consagración y la asunción del cargo lo antes posible, si no quería que Catulo lograse que el colegio cambiase de idea.
Como ya existía constancia de su quinta campaña, César empaquetó sus pertenencias sin lamentarlo. Sólo echaría de menos a Apronio y Canuleyo y al legado Marco Manio.
– Aunque debo confesarte -dijo a éste- que me habría gustado ver esa monstruosa construcción a orillas del mar en todo su esplendor.
– Es mucho más importante ser pontífice -replicó Manio, que no se había percatado de la importancia de César y siempre le había parecido un hombre práctico y poco divertido que destacaba en todo y trabajaba sin descanso-. ¿Qué harás una vez que pertenezcas al colegio?
– Trataré de encontrar algún humilde propretor que se vea obligado a hacer una guerra y no tenga capacidad -contestó César-. Lúculo es ahora procónsul, y eso significa que no puede mandar en los gobernadores.
– ¿Hispania?
– Demasiado llamativo. No, veré si Marco Fonteo necesita un buen tribuno militar joven en la Galia Transalpina. Él es un vir militaris y éstos siempre son razonables, por lo que le dará igual lo que Lúculo diga de mí con tal que cumpla. Pero lo primero es lo primero -añadió con gesto entristecido-, y antes acusaré a Marco Junio Junco ante el tribunal de extorsiones.
– ¿Es que no te has enterado? -inquirió Marco Manio.
– ¿De qué?
– Junco ha muerto. Pereció en un naufragio cuando regresaba a Roma.
Era un tracio que no era tracio. En el año en que César partió de Giteo para asumir el pontificado, aquel tracio que no era tracio cumplió veintiséis años y entró en los anales de la Historia.
Su cuna era respetable pero no ilustre y su padre, un campanio de la parte del Vesubio, había sido uno de los que apelaron en un plazo de sesenta días al pretor de Roma en virtud de la lex Plautia Papiria aprobada durante la guerra itálica, y por ello le había sido concedida la ciudadanía por no ser de los itálicos que se habían alzado en armas contra Roma.
Nada de los antecedentes rurales del muchacho explicaba su pasión por la guerra y todo lo militar, pero el padre sabía sin ningún género de dudas que cuando el muchacho cumpliera diecisiete años se alistaría en las legiones. No obstante, el padre tenía algo de influencia y pudo conseguir que se incorporase como cadete a la legión que Marco Craso había reclutado para Sila después del desembarco de éste en Italia y el comienzo de la guerra contra Carbón.
El muchacho prosperó en los medios castrenses y se distinguió en combate antes de cumplir los dieciocho años, fue trasladado a una legión de veteranos de Sila y en su momento fue ascendido a tribuno militar; cuando le ofrecieron la licencia al final de la última campaña en Etruria, él optó por incorporarse al ejército de Cayo Cosconio, enviado a Iliria para sojuzgar a las tribus que constituían la etnia de los dálmatas.
Al principio, se había entusiasmado con el lugar y estilo de guerra, y añadió armillae y phalerae a su colección de condecoraciones militares; pero, luego, Cosconio se había quedado empantanado en un asedio que duró más de dos años ante la ciudad portuaria de Salona, que se negaba a rendirse y a luchar. Para el muchacho, que ya se estaba haciendo hombre, el sitio de Salona fue un episodio aburrido insoportable. Él tenía decidido lo que iba a hacer: haría carrera en el ejército y se convertiría en vir militaris. ¡Cayo Mario había comenzado como militar y había alcanzado los más altos honores! Pero allí, en aquel asedio, se pasaba los días fuera de aquella masa inerte de ladrillo y tejas sin hacer nada, sin ir a ningún sitio.
Pidió el traslado a Hispania porque (como muchos compañeros suyos) le fascinaban las hazañas de Sertorio, pero el legado al mando de su legión no le tenía simpatía y se lo negó; el aburrimiento se estaba haciendo insoportable y volvió a pedir el traslado a Hispania. Segunda negativa. Después de aquello su conducta se deterioró y comenzó a adquirir fama por indisciplina, ebriedad y ausencia del campamento sin permiso, todo lo cual desapareció al rendirse Salona y comenzar el general Cosconio a colaborar con Cayo Escribonio Curio, gobernador de Macedonia, en una amplia campaña destinada a someter a los dárdanos. ¡Ahora si que valía la pena!
El incidente que produjo la ruina del joven fue calificado de insurrección, pues el legado, que le tenía poca simpatía, resultó ser un enemigo oculto. Al joven -junto con otros- le juzgaron por el delito de amotinamiento ante el tribunal militar de Cosconio, que falló en contra suya. De haber sido un simple auxiliar o soldado no romano, la sentencia habría sido automáticamente flagelación y ejecución, pero como era romano y oficial con categoría de tribuno -además de sus numerosas condecoraciones por valor-, le ofrecieron dos alternativas: perdería, naturalmente, la ciudadanía, pero podía elegir entre ser azotado y quedar desterrado para siempre de Italia o hacerse gladiador. Por supuesto que optó por hacerse gladiador. Así, al menos, estaría en Italia. Y, como era de Campania, conocía bien el oficio de gladiador, ya que todas las escuelas estaban en los alrededores de Capua.
Le enviaron a Aquilea con otros siete jóvenes también culpables de amotinamiento que habían elegido el mismo destino, y fue comprado por un tratante que lo envió a Capua para venderlo en subasta; en cuanto a él, no formaba parte de sus intenciones mencionar su anterior ciudadanía romana. A su padre y a su hermano mayor no les gustaba el deporte del combate de gladiadores y nunca asistían a los juegos funerarios, por lo que, aunque no viviera lejos de ellos, podría pasar desapercibido. Y eligió un nombre para su nueva profesión, un buen nombre breve, que sonara marcial con connotaciones de espléndido luchador: Espartaco. Sí, sonaba bien. Y se prometió que Espartaco sería un gladiador famoso a quien requerirían para el espectáculo en toda Italia, se haría famoso en Capua, traería a las mujeres de calle y le invitarían a más fiestas de las que podría asistir.
Lo compró en el mercado de Capua el lanista de una escuela famosa, propiedad del consular y ex censor Lucio Marcio Filipo, por su aspecto imponente: era alto y tenía pantorrillas, muslos, pecho, hombros y brazos de extraordinario desarrollo, cuello de toro y piel tostada salvo unas interesantes cicatrices; y era guapo y rubio, tenía ojos grisáceos y andares principescos. El lanista que pagó cien mil sestercios por él por cuenta de Filipo (quien, naturalmente, no asistió a la operación, pues él nunca había visto a los quinientos gladiadores que poseía y alquilaba con tan pingües ganancias) pensó que, con aquel aspecto, Espartaco era un gladiador nato. Filipo hacía una buena compra.
Había dos estilos de gladiador: tracio y galo. Mirando a Espartaco, el lanista se vio en un brete para decidir en qué estilo le entrenaría; generalmente el aspecto físico orientaba en este sentido, pero Espartaco era tan impresionante que podía ser uno u otro. Sin embargo, los galos tenían más cicatrices y corrían algo más riesgo de quedar mutilados para siempre, y el precio había sido alto. El lanista decidió que Espartaco sería tracio. Cuanto mejor aspecto tuviese en la arena, por más dinero podrían alquilarle cuando comenzase a hacerse famoso. Tenía una noble cabeza, que luciría mejor desnuda, pues los tracios no llevaban casco.
Y comenzó el entrenamiento. El lanista, que era cauto, se aseguró de que la destreza atlética de Espartaco fuese equiparable a su aspecto físico antes de encargarle una armadura plateada con incrustaciones de oro. Le vistió con taparrabos escarlata sujeto a la cintura por una tira ancha de cuero negro, de la que pendía el sable curvo de la caballería tracia. Iba protegido por espinilleras altas que le llegaban más arriba de la rodilla, lo que le hacía moverse con mayor torpeza y lentitud que el adversario galo, y requería más inteligencia y coordinación para compensar el inconveniente; en el brazo derecho llevaba una manga de cuero con escamas metálicas y sujeta por correas al cuello y al tronco que le cubría la mano hasta los nudillos. Completaba su atavío un escudo pequeño redondo.