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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Elayne hubiera querido responderle con acritud, pero habían llegado al final del muelle y observó en silencio cómo contrataba palanquines, porteadores y una docena de hombres de rostros duros que iban armados con garrotes. También al final del muelle había guardias con espadas y lanzas que tenían aspecto de mercenarios, no de soldados. Al otro lado de la ancha calle que se extendía a lo largo de la hilera de muelles, cientos de rostros demacrados, frustrados, miraban fijamente a los guardias. A veces los ojos echaban un rápido vistazo a los barcos, pero principalmente se mantenían prendidos en aquellos hombres que les impedían llegar a las naves. Elayne se estremeció al recordar lo que Coine le había contado sobre montones de gente asaltando su velero, desesperados por comprar pasaje para cualquier lugar fuera de Tanchico. Cuando aquellos ojos anhelantes se volvían hacia los barcos, la necesidad ardía en ellos. Elayne se sentó muy tiesa, intentando no mirar a ninguna parte, mientras el palanquín avanzaba balanceándose entre la muchedumbre, a la que apartaban las puntas de los garrotes de los hombres contratados. No quería ver aquellos rostros. ¿Dónde estaba su rey? ¿Por qué no se ocupaba de ellos?

Domon los condujo a una posada encalada, debajo del Gran Anfiteatro; sobre el portón había un letrero en el que se leía el nombre del establecimiento: El Patio de los Tres Ciruelos. El único patio que Elayne vio era el que había a la entrada de la posada, rodeado de un alto muro y pavimentado con baldosas. El establecimiento tenía tres plantas, sin una sola ventana en el piso bajo, y las que había arriba lucían un caprichoso enrejado. Dentro, hombres y mujeres abarrotaban la sala, la mayoría vestidos con ropas tanchicenses, y el zumbido de las voces casi ahogaba la melodía que arrancaba un macillo de las cuerdas de un salterio.

Nynaeve dio un respingo nada más ver a la posadera, una hermosa mujer poco mayor que ella, con los ojos castaños, el dorado cabello tejido en trencillas y un velo sobre el rostro que no ocultaba una boca llena en forma de corazón. Elayne también se llevó un sobresalto, pero la mujer no era Liandrin. Se llamaba Rendra y saltaba a la vista que conocía bien a Domon. Sonrió dando la bienvenida a Elayne y a Nynaeve, concedió mucha importancia al hecho de que Thom fuera juglar y les ofreció las últimas dos habitaciones a un precio que Elayne sospechó inferior a lo establecido. La heredera se aseguró de que la que tenía la cama más amplia fuera para Nynaeve y para ella; ya había dormido con la antigua Zahorí anteriormente y sabía que su amiga no dejaba quietos los codos.

Rendra también les proporcionó comida en un reservado, que les sirvieron dos hombres jóvenes con el rostro cubierto por un velo. Elayne se quedó mirando fijamente su plato de cordero asado con puré de manzana sazonado con especias y una clase de judías largas y de color amarillo. Se sentía incapaz de probar bocado al recordar aquellos rostros hambrientos. Por su parte Domon daba buena cuenta de su ración; él y su contrabando y su oro. Tampoco Thom ni Juilin se mostraron renuentes a la hora de llenarse el estómago.

—Rendra —dijo en voz queda Nynaeve—, ¿hay alguien en esta ciudad que ayude a los pobres? Podría conseguir un buen puñado de oro si ello sirviera de ayuda.

—Podéis contribuir al comedor popular de Bayle —respondió la posadera al tiempo que sonreía a Domon—. Evade los impuestos, pero se ha marcado sus propios tributos. Por cada corona que da de soborno, destina dos para la sopa y el pan de los pobres. Incluso me ha convencido para que contribuya, y yo también pago mis tasas.

—Es menos costoso que los impuestos oficiales —murmuró Domon a la defensiva—. Saco buenos beneficios, así la Fortuna me clave su aguijón si no es cierto.

—Es encomiable que os guste auxiliar a la gente, maese Domon —dijo Nynaeve cuando Rendra y los sirvientes salieron. Thom y Juilin se levantaron para comprobar si realmente se habían marchado. Haciendo una reverencia a medias, Thom dejó que Juilin abriera la puerta; el pasillo estaba desierto. Nynaeve continuó—: También nosotras podríamos necesitar vuestra ayuda.

El cuchillo y el tenedor del illiano se pararon a medio cortar un trozo de cordero.

—¿De qué modo? —preguntó el hombre, desconfiado.

—No lo sé exactamente, maese Domon. Tenéis barcos. Debéis tener hombres. Es posible que necesitemos contar con ojos y oídos. Algunas hermanas del Ajah Negro podrían encontrarse en Tanchico, y hemos de descubrir si es así. —Nynaeve se llevó a la boca el tenedor lleno de judías como si lo que acababa de decir fuera el comentario más corriente. Últimamente hablaba a cualquiera del Ajah Negro.

Domon la miró boquiabierto y después su mirada incrédula fue hacia Thom y Juilin, que volvían a tomar asiento en ese momento. Cuando los dos hombres asintieron, apartó su plato a un lado y hundió la cabeza en los brazos cruzados. Estuvo a punto de ganarse un porrazo de Nynaeve a juzgar por el modo en que la antigua Zahorí apretó los labios, y Elayne no la habría culpado por ello. ¿Por qué necesitaba que los dos hombres le confirmaran algo que había dicho ella? Finalmente, Domon volvió a ponerse erguido.

—Va a ocurrir otra vez. Lo mismo que en Falme. A lo mejor ha llegado el momento de que líe el petate y me largue de aquí. Si llevo los barcos que tengo a Illian, también allí seré un hombre acomodado.

—Dudo que encontréis agradable Illian —replicó Nynaeve con voz firme—. Tengo entendido que ahora es Sammael quien gobierna, aunque no de manera oficial. No disfrutaríais de vuestra riqueza bajo la sombra de uno de los Renegados. —A Domon casi se le salieron los ojos de las órbitas, pero ella prosiguió—. Ya no hay ningún sitio que sea seguro. Podéis huir como un conejo, pero no encontraréis dónde esconderos. ¿No sería mejor que hagáis cuanto esté en vuestras manos para defenderos como un hombre?

Nynaeve estaba siendo muy dura; siempre forzaba la mano con la gente. Elayne sonrió y apretó el brazo de Domon para animarlo.

—No queremos obligaros a hacer nada, maese Domon, pero vuestra ayuda podría sernos realmente necesaria. Os tengo por un hombre valeroso o, de otro modo, no nos habríais esperado tanto tiempo en Falme. Os estaríamos muy agradecidas.

—Sois muy buenas en estas lides —rezongó el capitán—. Una maneja la vara de un carretero y la otra, la dulzura engatusadora de una reina. Oh, está bien. Ayudaré en lo que pueda, pero no os prometo que me quedaré esperando a que ocurra otra Falme.

Thom y Juilin se pusieron a interrogarlo sobre Tanchico mientras comían. Juilin lo hizo de una manera más indirecta, sugiriendo preguntas a Thom respecto a qué barrios frecuentaban ladrones, rateros y cortabolsas y quién compraba las mercancías robadas. El rastreador sostenía que este tipo de gente sabía más de lo que pasaba en una ciudad que las propias autoridades. Por lo visto, no quería hablar directamente con el illiano, y Domon resoplaba con desdén cada vez que respondía una de las preguntas del teariano que le planteaba Thom. De hecho, no las respondía hasta que Thom se las hacía. Las del propio Thom no tenían sentido, considerando que venían de un juglar. Preguntaba sobre nobles y facciones, sobre quién estaba aliado con quién y a quién se oponía, qué intenciones declaradas tenía quién, qué consecuencias habían tenido sus acciones y si los resultados habían sido diferentes de los que supuestamente buscaban. No era la clase de preguntas que Elayne habría esperado de él en absoluto, ni siquiera después de las conversaciones que habían sostenido en el Tajador de olas. Thom se había mostrado bien dispuesto a hablar con ella e incluso parecía disfrutar con ello, pero, de algún modo, cada vez que la joven creía que estaba a punto de descubrir algo sobre su pasado, era justo en ese momento cuando él se buscaba las mañas para salirse por la tangente o dejarla con la palabra en la boca. Domon respondió a Thom con más presteza que a Juilin. En cualquier caso, sin embargo, daba la impresión de que conocía Tanchico muy bien, tanto a sus nobles y sus oficiales como sus bajos fondos; por la forma que hablaba habríase dicho que apenas había diferencia entre unos y otros.

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