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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Egwene… —Su llamada levantó ecos entre las columnas—. ¡Egwene!

Nada. Al frotarse las manos en la falda reparó en que tenía aferrado un rugoso palo con un grueso nudo en un extremo. De mucho iba a servirle. En todo caso, una espada le sería más útil —por un instante el palo cobró parcialmente la forma de una espada—, pero tampoco sabía cómo manejarla. Se daba risa y pena. Aquí, un bastón era tan buen arma como una espada, es decir, prácticamente inútiles ambos. Encauzar era la única defensa real; o eso, o huir. Lo cual sólo le dejaba una alternativa por el momento.

La sensación de que había unos ojos observándola despertaba en ella el deseo de salir huyendo, pero no estaba dispuesta a darse por vencida tan rápidamente. Empero ¿qué podía hacer aquí? Egwene no estaba; se encontraba en alguna parte del Yermo. Elayne había hablado de Rhuidean, fuera lo que fuera ese lugar.

Entre un paso y el siguiente se halló de repente en la ladera de una montaña, con un sol abrasador saliendo por encima de mellados riscos, al otro lado de un valle que se extendía allá abajo, convirtiendo el seco aire en el aliento de un horno. El Yermo. Estaba en el Yermo. En un primer momento la sorprendió que el sol hubiera salido, pero después razonó que el Yermo se encontraba lo bastante distante en el este para que estuviera amaneciendo cuando todavía era de noche en Tanchico. De cualquier modo, esos detalles no tenían importancia en el Tel’aran’rhiod. Con sol y con oscuridad, no parecía guardar relación con lo que pasaba en el mundo real, por lo que había llegado a deducir.

Unas sombras pálidas y alargadas cubrían todavía la mitad del valle pero, cosa curiosa, un denso banco de niebla bullía allá abajo sin que aparentemente menguara al recibir los abrasadores rayos de sol. De la niebla sobresalían grandes torres, algunas de ellas incompletas, por lo que alcanzaba a ver. Una ciudad. ¿En el Yermo?

Estrechó los párpados y atisbó a una persona en el valle. Era un hombre, aunque todo lo que pudo distinguir en la distancia era alguien que llevaba calzones y una chaqueta de un color azul fuerte. Desde luego, no era un Aiel. Caminaba al borde del muro de niebla y de vez en cuando se paraba para dar golpecitos con el índice en las blancas volutas. No estaba segura, pero le pareció que la mano se frenaba en seco, como si chocara contra algo. A lo mejor no era niebla.

—Debes irte de aquí —instó urgentemente una voz de mujer—. Si ése te ve, puedes darte por muerta o algo peor.

Nynaeve dio un brinco de sobresalto y giró al tiempo que levantaba el garrote con tanta precipitación que estuvo a punto de perder pie.

La mujer que se encontraba un poco más arriba de la ladera vestía una chaqueta corta de color blanco y unos amplios pantalones, amarillo pálido, sujetos por unas botas cortas. Un golpe de viento agitó su chaqueta. Fue su largo cabello rubio, trenzado en un complicado estilo, y el arco plateado que llevaba en las manos lo que hizo que los labios de Nynaeve pronunciaran con incredulidad un nombre:

—¿Birgitte? —Birgitte, heroína de cien relatos y su arco de plata con el que jamás fallaba. Birgitte, una de los héroes muertos que la llamada del Cuerno de Valere haría volver de la tumba para combatir en la Última Batalla—. No es posible. ¿Quién sois?

—No hay tiempo, mujer. Tienes que irte antes de que te vea. —Con un movimiento fluido sacó una flecha de la aljaba que llevaba a la cintura, la encajó en el arco y tensó la cuerda, apoyándola contra la oreja. Apuntaba directamente al corazón de Nynaeve—. ¡Vete!

Nynaeve huyó.

No supo cómo lo hizo, pero de repente se encontraba en el Prado, en Campo de Emond, contemplando la Posada del Manantial, con sus chimeneas y sus tejas rojas. Los techados de bálago rodeaban el Prado, donde el manantial brotaba de un afloramiento rocoso. El sol estaba alto aquí, aunque Dos Ríos se encontraba bastante al oeste del Yermo. Empero, una profunda sombra se cernía sobre el pueblo a pesar del cielo despejado.

Sólo dispuso de un instante para preguntarse cómo se las arreglarían sin ella antes de que captara un leve movimiento por el rabillo del ojo, un destello plateado y una mujer que se escabullía por una esquina de la casa de Ailys Candwin, detrás de la Posada del Manantial. Birgitte.

Nynaeve no vaciló. Echó a correr hacia uno de los puentes de transeúntes que cruzaban la estrecha e impetuosa corriente. Sus zapatos resonaron sobre las planchas de madera.

—Volved aquí —gritó—. ¡Volved y contestadme! ¿Quién era ése? ¡Volved u os vais a enterar lo que es ser una heroína! ¡Os voy a dar tantos porrazos que creeréis que habéis estado en una batalla legendaria!

Al girar en la esquina de la casa de Ailys, Nynaeve estaba convencida sólo a medias de que vería a Birgitte, pero lo que no esperaba encontrarse era un hombre con capa oscura trotando hacia ella a menos de cien pasos por la calle de tierra. Se quedó sin respiración. Lan. No, no era él, pero tenía el mismo corte de cara, los mismos ojos. El hombre se detuvo, levantó el arco y disparó. A ella. Gritando, Nynaeve se lanzó hacia un lado a la par que se esforzaba denodadamente por regresar del sueño.

Elayne se incorporó de un brinco y tiró la banqueta cuando Nynaeve chilló y se sentó en la cama con los ojos muy abiertos.

—¿Qué ocurre, Nynaeve? ¿Qué ha pasado?

La otra mujer se estremeció.

—Se parecía a Lan. Se parecía a Lan e intentó matarme. —Se llevó la temblorosa mano al brazo izquierdo, donde un corte superficial, unos dedos más abajo del hombro, sangraba—. Si no hubiera saltado a un lado, me habría traspasado el corazón.

Elayne se sentó al borde de la cama y examinó el corte.

—No es profundo. Lo lavaré y te lo vendaré. —Ojalá supiera Curar; intentarlo sin saber cómo podría ser incluso peor. Por fortuna, no era más que un arañazo largo. Eso por no mencionar que todavía sentía la cabeza como si fuera de gelatina. Una temblorosa gelatina—. No era Lan, tranquilízate. Quienquiera que fuera, no era Lan.

—Ya lo sé —replicó Nynaeve con acritud. Le contó lo que había pasado con el mismo tono de voz furioso. No sabía si el hombre que le había disparado en Campo de Emond y el que había visto en el Yermo eran la misma persona. Lo de Birgitte ya era de por sí bastante increíble.

—¿Estás segura? —preguntó Elayne—. ¿Birgitte?

—De lo único que estoy segura es de que no encontré a Egwene —suspiró—. Y que no pienso volver allí esta noche. —Se golpeó el muslo con el puño—. ¿Dónde se habrá metido? ¿Qué le habrá pasado? Si se topó con ese tipo del arco… ¡Oh, Luz!

Elayne tuvo que pensar un minuto; estaba muerta de sueño y las ideas le iban y le venían.

—Dijo que a lo mejor no acudía a la cita que teníamos. Tal vez por eso tuvo que marcharse tan deprisa. El motivo de que no pueda acudir… Quiero decir… —Lo que decía no parecía tener mucho sentido, pero era incapaz de expresarse con más claridad.

—Eso espero —dijo, cansada, Nynaeve. Miró a Elayne y añadió—: Será mejor que te vayas a la cama. Parece que estás a punto de desplomarte.

Elayne agradeció que la ayudara a desnudarse. Recordaba vagamente haber vendado el brazo a Nynaeve, pero la cama resultaba tan tentadora que casi no podía pensar en otra cosa. Con suerte, por la mañana la habitación habría dejado de dar vueltas. El sueño le llegó tan pronto como recostó la cabeza en la almohada.

Al despertar a la mañana siguiente deseó estar muerta.

El sol apenas había salido, de modo que Elayne se encontró sola en la sala de la posada mirando fijamente una taza que Nynaeve le había dejado en la mesa antes de ir a buscar a la posadera. Cada vez que respiraba olía el contenido y su nariz intentaba cerrarse. Sentía la cabeza como si… Imposible explicarlo. Si alguien le hubiera ofrecido cortársela se lo habría agradecido.

—¿Os encontráis bien?

Dio un brinco al oír la voz de Thom y contuvo a duras penas un gemido.

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