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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Lo guardé todo; ya tenía suficiente. La cronología sobre los demás estantes retrocedía en los siglos: XIX, XVIII… Podría haberme sumergido en el horror hasta el alba. Grabados, pinturas, textos, siempre sobre lo mismo: guerras, torturas, ejecuciones, asesinatos… Una antología del mal, una taxonomía de la crueldad. Pero ¿qué significaba esa «D» escrita en el lomo de cada archivador?

De pronto comprendí.

«D» de «diablo» o «demonio».

Pensé en Dancing with Mister D. de los Rolling Stones.

Las obras completas del diablo, o casi…

El timbre del móvil me sobresaltó.

– Soy Foucault. Acabo de cenar con Doudou.

Eran casi las once. Las imágenes atroces palpitaban bajo mis párpados.

– ¿Cómo ha ido?

– Me ha costado una comilona pero tengo el dato. Últimamente, Luc estaba interesado en un caso en particular.

– ¿Qué caso?

– El asesinato de Massine Larfaoui.

– ¿El cervecero?

– El mismo.

Conocía al cabileño desde la época de la BRP, la Brigada de Represión del Proxenetismo. Era uno de los principales proveedores de bebidas para los bares, restaurantes y discotecas de París. Ni siquiera sabía que había sido asesinado.

– ¿Cuándo se lo han cargado?

– A principios de septiembre. Una bala en la cabeza y dos en el corazón, a bocajarro. Un trabajo de profesional.

– ¿Por qué no nos han dado el caso?

– Los estupas ya seguían de cerca a Larfaoui. El tío estaba metido en varios tráficos: marihuana, cocaína, heroína. Para conseguirlo, hicieron un apaño con los de la Judicial de la región afectada.

– ¿Por dónde anda la investigación?

– No anda. No hay indicios, no hay testigos, no hay móvil. Un expediente vacío. El juez quería archivar el caso pero Luc se negaba a soltar el hueso.

Este crimen no alejaba la sospecha de corrupción. Al contrario, Larfaoui siempre había mantenido relaciones oscuras con los comisarios y prefectos, gracias a las cuales sus clientes gozaban de favores policiales. Conseguir un permiso de apertura, no cerrar un garito, protección contra posibles extorsiones… Los mejores guardaespaldas seguían siendo los maderos. ¿Había encontrado Luc, a raíz de ese asesinato, algún hueso que roer en el seno de la policía? ¿O por el contrario, encubría alguna cosa?

– En cuanto a Larfaoui -proseguí-, ¿tienes los pormenores? ¿Dónde lo liquidaron?

– En su casa. Un chalet en Aulnay-sous-Bois. El 8 de septiembre a eso de las once de la noche.

– ¿La bala, el arma?

– Doudou no ha querido soltar prenda. Pero parece una ejecución. Un ajuste de cuentas o una venganza. De entrada, podría ser cualquier profesional. -Mantuvo el suspense y siguió-: Incluso un madero.

– ¿Y qué opinaba Luc?

– Nadie lo sabe.

– ¿Doudou no te ha hablado de los viajes que últimamente hacía Luc?

– No.

– ¿Quién es el juez del caso Larfaoui?

– Gaudier-Martigue.

Mala noticia. Un capullo mezquino, testarudo, de ideas fijas. Ninguna posibilidad de conseguir información bajo cuerda. Y mucho menos de consultar el expediente.

– Vete a dormir -concluí-. Ya te daré mañana otras cosas que hacer.

Foucault se echó a reír. Completamente borracho. Colgué el teléfono. La información no era la que esperaba. Era imposible que la ejecución de un cervecero traficante hundiera a Luc en la desesperación.

Volví al mueble. En el estante inferior los expedientes llevaban letras minúsculas en orden alfabético bajo la D genérica. Abrí la primera carpeta y comprendí: asesinos en serie. Ahí estaban todos, a través de los siglos y de los continentes. Desde Gilles de Rais hasta Ted Bundy, desde Joseph Vacher hasta Fritz Haarmann, desde Jack el Destripador hasta Jeffrey Dahmer. Renuncié a leer esos documentos; conocía la mayoría de los casos y no me apetecía revolcarme en este nuevo fangal, del mismo modo que no quería consultar el último estante de abajo, visiblemente dedicado a la pornografía y a todas las bajezas que puede concebir la carne.

Me froté los ojos y me levanté. Era hora de atacar el armario grande. Abrí los dos batientes y descubrí nuevos archivos, también señalados con la inicial D. Pero esta vez, había un cambio de registro: se trataba de una extensa iconografía del diablo, de su representación a través de los siglos.

Cogí los expedientes de la izquierda y los abrí sobre el escritorio. La Antigüedad, con los primeros demonios de la historia, surgidos de las tradiciones sumerias y babilónicas. Me detuve en una de las principales criaturas de esa mitología: Pazuzu, de origen asirio, Señor de las Fiebres y de las Plagas.

Cuando estudiaba en la facultad, había hecho unos créditos de demonología. Conocía a ese monstruo de cuatro alas, cabeza de murciélago y cola de escorpión. Personificaba a los malos vientos, los que acarrean las enfermedades, la invalidez. Observé su morro respingón, sus dientes caóticos. Él solo había inspirado siglos de tradición diabólica. Y cuando se filmaba una película importante sobre el diablo, como El exorcista de William Friedkin, seguía siendo Pazuzu, el ángel negro de los cuatro vientos, el que desenterraban de las arenas de Irak.

Seguí hojeando. Seth, el demonio egipcio; Pan, dios griego del deseo sexual con su cara de macho cabrío y su cuerpo peludo; Lotan, «el que se retuerce», que más tarde inspiraría el Leviatán…

Continué con los demás ficheros. El arte paleocristiano, donde el mal, según el Génesis, tiene forma de serpiente. Luego la Edad Media, edad de oro de Satán. Unas veces, era un monstruo tricéfalo devorando a los condenados en el momento del juicio final. Otras, un ángel negro con las alas quebradas, y otras veces, gárgolas, esculturas y bajorrelieves que mostraban semblantes abyectos, hocicos roídos, dientes puntiagudos.

Llamaron suavemente a la puerta. Laure entró sin hacer ruido. Era medianoche. Echó una ojeada a los expedientes que estaban a mis pies.

– Lo dejaré todo tal como estaba -me apresuré a decir.

Hizo un gesto de hastío; no tenía importancia. Había llorado. Su maquillaje se había corrido, por lo que parecía que tuviera un morado en cada ojo. Pensé algo absurdo y crueclass="underline" mi madre nunca habría cometido semejante error. Podía verla en el coche que nos llevaba al entierro de mi padre, aplicándose en las pestañas maquillaje water proof, por si aparecían lágrimas intempestivas.

– Me voy a dormir -dijo Laure-. ¿Necesitas algo?

Tenía el gaznate seco pero dije que no con la cabeza. A una hora tan avanzada, esa repentina intimidad con Laure… No me sentía cómodo.

– ¿Te molesta si me quedo toda la noche trabajando aquí?

Posó de nuevo los ojos sobre las fotografías que estaban en el suelo. Su mirada consternada se detuvo sobre la máscara de un demonio tibetano que salía de una caja.

– Pasaba los fines de semana en su despacho, coleccionando estos horrores.

Su voz contenía una sorda reprobación. Se volvió y cogió el pomo de la puerta, pero luego cambió de parecer.

– Quería decirte algo. He recordado un detalle.

– ¿Qué?

Yo estaba cubierto de polvo. Automáticamente, me levanté y me limpié las manos en el pantalón.

– Un día, le pregunté qué coño hacía en esta leonera. Solo me dijo: «He encontrado la garganta».

– ¿La garganta? ¿No dijo nada más?

– No. Parecía un loco. Alucinado. -Se calló, atrapada de repente por sus recuerdos-. Cierra la puerta de golpe si decides irte durante la noche. Y no olvides la misa de pasado mañana.

«He encontrado la garganta.» ¿Qué había querido decir? ¿Era una garganta en el sentido fisiológico del término o en el mineral? ¿Se refería a la anatomía de una persona o de un cañón, de un pozo de piedra?

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