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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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Alec la taladró con la mirada, pero ella se mantuvo firme. No estaba dispuesta a ser parte de sus maquinaciones.

– Muy bien -dijo él finalmente-. Yo también voy.

Charlotte se llevó una gran sorpresa y, a juzgar por las expresiones de sus rostros, Kiefer y Raine también.

– Eso es una tonte… -la mirada de Alec no dejó que Kiefer terminara la frase-. Una idea buenísima -dijo el vicepresidente, en cambio-. Los cuatro, de compras en Roma. ¿Qué podría ser más divertido?

Charlotte no lo tenía tan claro, pero ya no había quién echara atrás los planes.

Decidió no darle ni un respiro a Alec y, mientras Kiefer y Raine se entrevistaban con el distribuidor de la revista en Roma, se lo llevó de compras a la zona comercial. Juntos recorrieron las boutiques más exclusivas y compraron todo lo que ella necesitaba: vaqueros, chaquetas, vestidos de cóctel, un traje formal para sus compromisos como asistente en la embajada y también un nuevo bolso de mano y algunas piezas de joyería.

– ¿Lencería? -le preguntó Alec, mirando con ojos escépticos el discreto cartel situado sobre la puerta de cristal de la entrada de un comercio.

Había tenido mucha paciencia hasta ese momento, pero ella no parecía dispuesta a dar su brazo a torcer; ni siquiera le había dejado pagar las compras.

– Una chica necesita prendas íntimas, ¿no? -le dijo ella.

– ¿Crees que tiene gracia?

En realidad Charlotte creía que sí.

– ¿Te sientes intimidado? -le preguntó en un tono provocador.

– ¿Por la ropa interior de mujer? Vamos… -empujó la puerta y se apartó para dejarla entrar primero.

Mientras Charlotte escogía las prendas, Alec encontró un asiento en una pequeña zona de descanso y se sentó a leer una revista. Uno de los dependientes le ofreció un café y él lo aceptó con gusto, dispuesto a levantar la taza en honor de Charlotte.

Primero eligió una elegante bata de satén hasta los pies, pero a él no pareció convencerle demasiado, así que Charlotte señaló un horroroso sostén rosa con ribetes de piel blanca y, como era de esperar ante una prenda tan vulgar, él levantó la vista al cielo.

Y entonces encontró un camisón corto de seda morada con encaje por delante y tirantes muy finos; una prenda distinguida y discreta a la que Alec le dio su aprobación levantando el dedo pulgar.

Sin embargo, él quería tomarse la revancha por lo del sostén rosa, así que le señaló un camisón de encaje negro con un escote escandaloso y un tanga a juego.

Charlotte fue hacia el conjunto con gesto desafiante, quitó la percha de un tirón y se fue a buscar otras prendas más prácticas para el día a día, dejándolo con una sabrosa sonrisa en los labios.

– Ni hablar -le dijo al volver. El la esperaba junto a la caja registradora con la tarjeta de crédito en la mano.

– Me toca.

– No me vas a comprar la ropa.

El dependiente los miraba con perplejidad.

– Yo la voy a disfrutar tanto como tú.

– No si sigues con esto -dijo ella. El empleado apenas pudo esconder la sonrisa.

Alec titubeó y Charlotte aprovechó para poner su propia tarjeta en la palma del dependiente.

– He ganado -le dijo.

Pero entonces él reparó en el camisón negro con el tanga a juego, que estaba sobre el mostrador.

– No necesariamente -dijo.

Tal y como habían hecho con las otras compras, pidieron que se las enviaran al hotel.

– ¿Hemos terminado? -le preguntó él al salir de la tienda.

Charlotte fingió considerarlo un momento.

– Creo que tendré bastante para unos días.

– Todavía nos quedan Londres y París -le recordó él.

– Entonces, he terminado por ahora -dijo ella con decisión.

– Gracias a Dios -respondió Alec, llevándola hacia el lado sur de la calle.

– Si no te gusta ir de compras, ¿por qué has venido?

– Porque tú no quisiste quedarte en casa conmigo -le dijo él.

Ella parpadeó, sorprendida.

– ¿Se supone que tenía que quedarme en casa?

– ¿Tienes idea de lo difícil que me resultó convencer a Kiefer para que quitara a Raine de en medio?

– No creo que haya sido tan difícil. Está loco por ella.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

Charlotte reprimió una risotada.

– Es evidente. Bueno, para todo el mundo excepto para Raine. A ella también le gusta él, ¿sabes?

– Eso he oído.

– Vaya. ¿Estás haciendo de casamentero? -preguntó ella.

– Quiero estar contigo a solas. Lo que ellos hagan me trae sin cuidado.

– Y, aquí estamos, solos.

– Me lo has puesto muy difícil.

– Te está bien empleado. ¿Cómo has podido deshacerte de tu propia hermana de esa manera?

– Es evidente que pierdo todos los escrúpulos cuando se trata de ti.

– Espero que te merezca la pena.

El bajó el tono de voz a un mero susurro.

– Oh, sé que sí.

Mientras Charlotte trataba de restarle importancia a sus palabras, avanzaron en silencio por la estrecha calle adoquinada entre otras parejas y familias que disfrutaban de un apacible día de compras bajo el sol. Al doblar una esquina se encontraron con el Tíber.

Alec señaló un puerto deportivo donde estaban atracados unos enormes y lujosos yates.

– Deberíamos alquilar un barco.

– Estás de broma.

– Tienes que ver el río, sobre todo al atardecer. Los puentes, las estatuas, la Basílica de San Pedro y el Castillo de San Angelo. Son magníficos.

– Mira -dijo ella-. Hay un café con terraza. Podemos contemplar el río por el precio de una taza de café.

Alec se volvió hacia ella y la miró con ojos confusos.

– ¿No quieres navegar?

– ¡No quiero alquilar un yate!

– Es sólo dinero.

Ella le agarró de la mano.

– Vamos a por una laza de café y después seguiremos andando.

– ¿Café? -repitió él, obviamente decepcionado.

Ella asintió y señaló hacia la pequeña cafetería.

Encontraron una pequeña mesita de metal con sillas a juego y las mejores vistas al río. La brisa proveniente del agua era fresca y agradable, y una barcaza navegaba a lo largo de la corriente mientras los coches atravesaban un enorme puente elevado.

Antes de sentarse, Alec se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de Charlotte.

– Gracias -dijo ella, sonriendo. El le pidió las bebidas al camarero y tomó asiento.

– Estás distinta -le dijo de repente, mirándola fijamente.

– ¿En qué sentido? -preguntó ella. El calor corporal de Alec aún persistía en su abrigo, acogedor y envolvente.

– Distinta a todas las mujeres.

Ella empezó a juguetear con los cubiertos.

– ¿Y eso es bueno o malo?

Alec se recostó en el respaldo del asiento.

– Desde que me incluyeron en la lista de Fortes de los hombres más ricos del mundo, me he convertido en un jugoso premio para todas las cazafortunas de este planeta, mujeres que creen que el dinero les dará la felicidad.

– ¿Y tienen razón?

Alec arrugó el ceño.

– ¿Las mujeres?

Un barco de turistas hizo sonar la bocina y unos jóvenes que estaban de fiesta empezaron a saludar y a gritar.

Charlotte les devolvió el saludo.

– Fortes.

– ¿Sueles leerla?

– No. Pero tu casa y tu jet privado me han convencido de que eres un buen partido.

El sacudió la cabeza.

– ¿Tienes idea del tiempo que hace desde que una de mis citas se pagó su propia ropa?

Charlotte no pudo evitar sonreír.

– ¿Les compras la ropa a tus citas?

– Les compro muchas cosas.

– ¿Y no se te ha ocurrido pensar que esto te lo estás buscando tú solo?

– ¿Y a ti no se te ha ocurrido pensar que muchas mujeres son unas aprovechadas?

Charlotte no supo qué contestar a eso.

Probablemente tuviera razón, por lo menos en lo referente a las mujeres con las que había estado.

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