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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Thom y Juilin se mantenían a cierta distancia, con sus bultos; tenían cierto aire sombrío. Nynaeve había estado en lo cierto. Habían sacado una conclusión equivocada respecto a este viaje, y cuando dos días atrás se les reveló su verdadero propósito, o al menos en parte, sufrieron un sobresalto e intentaron hacerlas cambiar de opinión. Ninguno de los dos parecía pensar que dos jóvenes fueran lo bastante competentes — ¡competentes!— para buscar al Ajah Negro. La amenaza de Nynaeve de trasladarlos a otro barco de los Marinos que navegaba en dirección contraria había cortado de raíz sus objeciones. O, más bien, cuando Toram y una docena de tripulantes se mostraron dispuestos a meterlos en un bote que los cruzara hasta el otro barco. Elayne los estudió con detenimiento; la actitud hosca apuntaba una rebelión. Sus problemas con estos dos no habían acabado.

—¿Hacia dónde os dirigiréis ahora, Coine? —estaba preguntando Nynaeve cuando Elayne llegó a su lado.

—A Dantora y las Aile Jafar —contesto la Navegante—, y seguidamente a Cantorin y las Aile Somera para propagar la nueva sobre el Coramoor, si así lo quiere la Luz. Pero he de dejar a Toram que haga tratos aquí o si no, estallará.

Su esposo estaba en los muelles, sin sus extraños lentes, el torso desnudo y todos los aderezos de oro, hablando seriamente con unos hombres vestidos con pantalones fruncidos y chaquetas adornadas con bordados en los hombros. Los tanchicenses se cubrían con un gorro cilíndrico y un velo transparente sobre el rostro. Los velos resultaban ridículos, sobre todo en los hombres con espesos bigotes.

—Que la Luz os procure un viaje seguro —deseó Nynaeve al tiempo que se colocaba mejor el equipaje cargado a la espalda—. Si antes de que zarpéis descubrimos algún peligro que pudiera amenazaros, os mandaremos aviso.

Coine y su hermana se mostraban extraordinariamente tranquilas. Enterarse de la existencia del Ajah Negro no parecía haberlas amedrentado; era el Coramoor, Rand, quien importaba. Jorin se besó las puntas de los dedos y luego los posó sobre los labios de Elayne.

—Si la Luz lo quiere, volveremos a encontrarnos.

—Si la Luz lo quiere —respondió Elayne, que repitió el gesto de la Detectora de Vientos. Aún le resultaba extraño, pero esta forma de saludo era un honor porque sólo se utilizaba entre familiares próximos o amantes. Iba a echar de menos a la mujer de los Marinos. Había aprendido mucho y a su vez había enseñado un poco; ciertamente, ahora Jorin era capaz de tejer Fuego mucho mejor que antes.

Cuando llegaron al final de la pasarela, Nynaeve soltó un suspiro de alivio. Una poción aceitosa que Jorin le administró había conseguido calmarle el estómago tras dos días de navegación, pero a pesar de ello Nynaeve se había pasado toda la travesía con los ojos y la boca apretados, hasta que Tanchico estuvo a la vista.

Sin necesidad de instrucciones, sus dos escoltas tomaron posiciones, Juilin al frente, con el hatillo a la espalda, la fina vara sujeta en ambas manos y los oscuros ojos alertas. Por su parte, Thom ocupó la retaguardia, consiguiendo de algún modo ofrecer un aspecto peligroso a pesar de su cabello blanco, su leve cojera y su capa de juglar.

Nynaeve frunció los labios brevemente, pero no dijo nada, actitud que Elayne estimó juiciosa por su parte. Apenas habían recorrido cincuenta pasos a lo largo del muelle de piedra cuando ya había visto otros tantos hombres de mala catadura que los estudiaban con los ojos entrecerrados, así como tanchicenses y otros moviendo cajones y fardos. Sospechaba que cualquiera de ellos la habría degollado de buena gana con la esperanza de que su vestido de seda apuntara que su bolsa llevaba dinero. No la asustaban, pues era capaz de ocuparse de dos o tres, de eso estaba segura. Empero, Nynaeve y ella habían guardado en el bolsillo sus anillos de la Gran Serpiente y sería inútil fingir que no estaban relacionadas con la Torre Blanca si encauzaban delante de un centenar de hombres. Mejor sería que Juilin y Thom mostraran un aire tan feroz como les fuera posible. Para ser sincera, no le habría importado contar con otros diez hombres como ellos. De repente, sonó un vozarrón en la cubierta de uno de los barcos más pequeños:

—¡Diantre, pero si sois vos! —Un hombre robusto, de rostro redondo, vestido con una chaqueta de seda verde, saltó al muelle haciendo caso omiso de la vara levantada de Juilin y miró de hito en hito a Nynaeve y a ella. La barba sin bigote lo señalaba como un illiano, así como su acento. A Elayne le resultaba vagamente familiar.

—¿Maese Domon? —dijo al cabo de un momento Nynaeve, que propinó un fuerte tirón a su trenza—. ¿Bayle Domon?

—Ajá —asintió el hombre—. Jamás pensé que volvería a veros. Yo… esperé todo lo posible en Falme, pero llegó un momento en que o largaba velas o mi barco habría ardido.

Ahora lo reconoció Elayne. Había aceptado sacarlas de Falme, pero el caos se desató en aquella ciudad antes de que pudieran llegar al barco. A juzgar por su chaqueta, las cosas le habían ido bien desde entonces.

—Es un placer volver a veros —dijo fríamente Nynaeve—, pero, si nos disculpáis, tenemos que ocuparnos de encontrar alojamiento en la ciudad.

—Eso no será fácil. Tanchico está a reventar, hasta la línea de flotación. Pero conozco un sitio donde mi intervención podría procuraros algo. Me era imposible esperar más en Falme, pero de algún modo me siento en deuda con vos. —Domon hizo una pausa y frunció el entrecejo con inquietud—. ¿El que estéis aquí quiere decir que ocurrirá igual que en Falme?

—No, maese Domon —contestó Elayne al ver que Nynaeve vacilaba—. Por supuesto que no. Y aceptaremos gustosas vuestra ayuda.

Casi esperaba que Nynaeve protestara, pero la otra mujer se limitó a asentir pensativamente y presentó a los hombres. La capa de Thom hizo que Domon enarcara las cejas, pero el atuendo teariano de Juilin originó un gesto ceñudo que fue correspondido con otro igual. Aun así, ninguno de los dos hombres hizo ningún comentario; a lo mejor eran capaces de olvidar la enemistad entre Illian y Tear al encontrarse en Tanchico. En caso contrario, tendría que hablar seriamente con ellos.

Domon les contó lo que le había ocurrido desde el suceso de Falme mientras los acompañaba muelle abajo; efectivamente, las cosas le habían ido realmente bien.

—Dirijo una docena de buenos barcos costeros de los que tienen noticia los recaudadores de impuestos de la Panarch —comentó riéndose—. Y otros cuatro de navegación por alta mar de los que no saben nada.

Difícilmente podía haber obtenido tantos beneficios en tan corto tiempo por medios honrados, y a Elayne la escandalizó oírle hablar del tema abiertamente, en un muelle lleno de hombres.

—Sí, hago contrabando y obtengo unas ganancias que jamás habría imaginado. Un décimo de la sisa en los bolsillos de los hombres de aduana consigue cerrarles la boca y que miren a otro lado.

Dos tanchicenses, con los habituales gorros redondos y los velos, pasaron junto al grupo con las manos a la espalda. Los dos llevaban al cuello una pesada llave de bronce colgando de una cadena gruesa; tenía aspecto de una insignia de funcionarios. Saludaron a Domon con un cabeceo, con familiaridad. Thom parecía divertido, pero Juilin asestó una mirada furibunda tanto a Domon como a los dos tanchicenses. Como buen rastreador de ladrones, sentía la lógica antipatía por quienes burlaban la ley.

—Sin embargo, no creo que dure mucho —comentó Domon cuando los funcionarios se hubieron alejado—. Las cosas están aun peor en Arad Doman, y eso que aquí andan muy mal. Puede que el lord Dragón no despedace todavía el mundo, pero sí ha destruido Arad Doman y Tarabon.

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