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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Oh, sí —exclamó Eldrith, sonriendo con agrado—. Con una correa.

Liandrin confió en que fuera así. Estaba harta de esperar, de estar escondida. Que el mundo supiera quién era. Que hincara la rodilla en el suelo ante ella, como se le había prometido cuando había roto unos juramentos previos para prestar otros nuevos.

Egeanin supo que no se encontraba sola en el momento en que entró en su pequeña casa por la puerta de la cocina, pero soltó despreocupadamente la máscara y la bolsa de yute sobre la mesa y se dirigió hacia el cubo de agua que había junto a la chimenea de ladrillos. Al tiempo que se inclinaba para coger el cucharón de cobre, metió rápidamente la mano derecha en el hueco dejado al quitar dos ladrillos, detrás del cubo; se giró a la par que se erguía, sosteniendo una pequeña ballesta. Medía poco más de treinta centímetros, así que apenas tenía alcance ni fuerza de impacto, pero siempre estaba cargada y la afilada punta de la saeta de acero, impregnada con algo oscuro, causaba una muerte instantánea.

Si el hombre que estaba recostado despreocupadamente en el rincón vio la ballesta, no dio señales de ello. Era un tipo de cabello claro y ojos azules, de mediana edad y bien parecido, aunque demasiado delgado para su gusto. Era evidente que la había visto cruzar el estrecho patio a través de la ventana enrejada junto a la que estaba apostado.

—¿Creéis que soy una amenaza para vos? —dijo él, al cabo de un momento.

Egeanin reconoció el acento de su tierra, pero no bajó la ballesta.

—¿Quién sois?

Por toda respuesta, el hombre metió dos dedos con mucho cuidado en la bolsita del cinturón y sacó algo pequeño y plano. Egeanin le indicó con un gesto que lo dejara sobre la mesa y retrocediera.

Hasta que el hombre no estuvo de nuevo en el rincón, no se acercó a coger lo que había dejado. Sin quitarle ojo ni dejar de apuntarle con la ballesta, levantó el objeto para poder mirarlo. Era una pequeña placa de marfil bordeada de oro que llevaba grabado un cuervo y una torre. Los ojos del ave eran cuentas de obsidiana negra. Un cuervo, emblema de la familia imperial; la Torre de los Cuervos, símbolo de la justicia imperial.

—Normalmente esto sería suficiente —le dijo—, pero nos encontramos lejos de seanchan, en una tierra donde lo raro está a la orden del día. ¿Qué otra prueba podéis darme?

Con una sonrisa divertida, el hombre se quitó la chaqueta, desanudó la cinta de la camisa y se la sacó por la cabeza. En ambos hombros tenía el tatuaje de un cuervo y una torre.

Casi todos los Buscadores de la Verdad llevaban los cuervos además de la torre, pero ni siquiera alguien que hubiera osado robar la insignia de un Buscador tendría esa marca. Se suponía que el dibujo de los cuervos era exclusivo de la familia imperial. Existía una vieja historia referente a dos necios jóvenes nobles, un hombre y una mujer, que se hicieron tatuar estando ebrios, hacía unos trescientos años. Cuando la emperatriz se enteró, ordenó llevarlos ante la Corte de las Nueve Lunas y los puso a fregar suelos. Este hombre podría ser uno de sus descendientes, ya que la marca del cuervo era permanente.

—Os pido disculpas, Buscador —dijo al tiempo que bajaba la ballesta—. ¿Por qué estáis aquí?

No le preguntó cómo se llamaba; cualquier nombre que él le diera podría o no ser el suyo.

El hombre dejó que le sostuviera la insignia mientras volvía a ponerse la camisa y la chaqueta sin prisa. Un sutil recordatorio. Egeanin era una capitana de barco y él una propiedad, pero también un Buscador y, por ende, merced a la autoridad que le otorgaba la ley, podía interrogarla. También tenía la prerrogativa de mandarla a comprar la cuerda con la que atarla mientras la interrogaba y estar seguro de que volvería con ella. Huir de un Buscador era un delito. Rehusar cooperar con un Buscador, también. A Egeanin no se le había pasado por la cabeza en toda su vida cometer un acto delictivo, del mismo modo que jamás había pensado cometer traición contra el Trono de Cristal. Empero, si le hacía las preguntas equivocadas, si exigía las respuestas equivocadas… La ballesta continuaba sobre la mesa, a su alcance, y Cantorin estaba muy lejos. Unas ideas descabelladas. Peligrosas.

—Estoy al servicio de la Augusta Señora Suroth y del Corenne, por encargo de la emperatriz —dijo el hombre—. Compruebo los progresos de los espías que la Augusta Señora ha situado en estas tierras.

¿Comprobando? ¿Qué era lo que había que comprobar, y precisamente por un Buscador?

—No me ha llegado información respecto a esto con los botes mensajeros.

La sonrisa del hombre se hizo más amplia. Los tripulantes de esas embarcaciones no hablarían con un Buscador, por supuesto. Sin embargo, el hombre respondió mientras anudaba la cinta de la camisa.

—No hay que poner en riesgo a los botes mensajeros con mis idas y venidas. He cogido pasaje en los barcos de un contrabandista local, un tipo llamado Bayle Domon. Su flota hace escala en todos los puertos de Tarabon y de Arad Doman.

—He oído hablar de él —respondió sosegadamente—. ¿Va todo bien?

—Ahora sí. Me alegro de que vos, al menos, comprendieseis las instrucciones correctamente. Entre los demás, sólo lo hicieron los Buscadores. Es lamentable que no haya más Buscadores con los Hailene. —Se echó la chaqueta sobre los hombros y cogió la insignia que sostenía Egeanin—. El hecho deplorable de que algunas sul’dam hayan desertado ha ocasionado una situación embarazosa. Esas deserciones no deben hacerse del dominio público. Es mucho mejor que se crea que han desaparecido, simplemente.

Egeanin mantuvo el gesto impasible sólo porque apenas dispuso de tiempo para pensar. Por lo que le habían contado, en el desastre de Falme habían dejado abandonadas a muchas sul’dam, así que era posible que algunas hubieran desertado. Las instrucciones que tenía de la propia Augusta Señora Suroth eran que mandara de vuelta a cualquiera que encontrara, lo quisiera o no; y, si tal cosa no era posible, entonces había que deshacerse de esa persona. Esta última le había parecido la alternativa en caso extremo. Hasta ahora.

—Lamento que en estas tierras no conozcan el cultivo del kaf —dijo el hombre—. Incluso en Cantorin sólo la Sangre tiene todavía kaf . O así era al menos cuando me marché. A lo mejor han llegado barcos de aprovisionamiento desde seanchan tras mi partida. En fin, habrá que conformarse con el té. Preparadme uno —ordenó mientras tomaba asiento a la mesa.

Egeanin tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no tirarlo de la silla. Este hombre era propiedad. Pero también un Buscador, no debía olvidarlo. Preparó té, se lo sirvió y se quedó de pie junto a su silla, con la tetera en la mano para mantener llena la taza. La sorprendió que no le pidiera ponerse un velo y danzar encima de la mesa.

Finalmente tuvo permiso para sentarse después de traer pluma, tinta y papel, aunque tuvo que ponerse a dibujar mapas de Tanchico y sus defensas, así como de cualquier otra ciudad y villa sobre la que supiera el menor detalle. Enumeró las diferentes fuerzas enfrentadas en el campo, todo cuanto sabía acerca de su número y a quién apoyaban, y lo que había deducido acerca de sus tendencias.

Cuando hubo terminado, el Buscador lo guardó todo en un bolsillo, le indicó que enviara el contenido de la bolsa de yute con el próximo barco mensajero, y se marchó, sonriendo divertido de nuevo, tras anunciarle que a lo mejor regresaba dentro de unas semanas para comprobar sus progresos otra vez.

Egeanin se quedó sentada largo rato después de que el hombre se hubo ido. Todos los mapas que había dibujado, hasta la última lista que había hecho, eran duplicados de papeles enviados ya con los botes mensajeros hacía mucho tiempo. Hacer que lo repitiera todo mientras la miraba podría haber sido un castigo por obligarlo a que le enseñara sus tatuajes. Los Guardias de la Muerte hacían ostentación de sus cuervos; por el contrario, los Buscadores rara vez los mostraban. Tenía que haber sido por eso. Al menos no había bajado al sótano antes de que ella llegara. ¿O sí?

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