La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
¿Cuántas veces llegó a confiar Fátima en la muerte para encontrar la esperanza?, pensaba Hernando tras volver a escuchar aquella frase. ¿Por qué una vez más ahora?
– Vuestra esposa está cautiva en su propia casa -anunció Efraín como si adivinase lo que pasaba por su cabeza-. Varios guerreros nubios la vigilan día y noche.
– ¿Por mi causa? -preguntó Hernando con un hilo de voz.
– Sí. Si os acercáis a Fátima, os matarán y a ella…
– ¿Francisco la mataría?
– ¿Abdul? No creo que fuera capaz… pero no lo sé a ciencia cierta -rectifico el judío recordando las amenazas del corsario-. Pero no podemos olvidarnos de Shamir… La verdad es que ignoro qué podría hacer. En cualquier caso la desgracia caería sobre ella, con toda seguridad.
Efraín le habló de Fátima, y Hernando supo por fin por qué su madre había actuado como lo hizo: la misma Fátima se lo había pedido. Ambas quisieron protegerle de una muerte segura. Se enteró del asesinato de Brahim así como del viaje que hizo Efraín, muchos años atrás, y de la carta de Fátima que éste leyó a Aisha al no encontrarle; de las amargas palabras de Aisha y también de los insultos que profirieron contra él Abbas y los demás moriscos. El judío perdió la mirada en el momento de ensalzar a Fátima, de alabar su belleza y elogiar su coraje y determinación; Hernando percibió en Efraín unos sentimientos que iban más allá de la simple admiración y sintió una punzada de celos de aquel hombre que vivía tan cerca de ella. También le habló de Abdul y Shamir; Inés, ahora Maryam, estaba bien; se había casado y tenía varios hijos. Elogió la astucia de su señora en los negocios y volvió a insistir en la admiración y el deseo que producía en todo Tetuán. Se explayó en descripciones y explicaciones ante un Hernando que dejaba vagar los recuerdos asintiendo y sonriendo.
– Mi señora confía en que cumpláis el juramento que un día le hicisteis: que pongáis a los cristianos a sus pies, a los pies del único Dios. Que continuéis trabajando por la causa de nuestra fe en España, como hacíais mientras estabais casados -terminó diciendo-. Su felicidad depende de ello. Sólo en esa comunión de ideas puede encontrar la tranquilidad; es cuanto desea y a cuanto puede aspirar. Dice que Dios volverá a uniros… tras la muerte.
– ¿Y hasta entonces? -musitó Hernando.
Efraín negó con la cabeza.
– Ella nunca pondrá en riesgo vuestra vida. -Hernando hizo ademán de replicar, pero el judío se lo impidió con un gesto de la mano-: No pongáis en riesgo vos la suya.
El silencio se hizo entre los dos hombres.
– Tenía preparada una carta para ella -dijo por fin Hernando-, que intenté hacerle llegar sin éxito.
– Lo siento -rechazó Efraín-, no puedo llevarla… ni vuestra esposa tenerla. He excusado mi viaje en tratos comerciales. Si vuestro hijo o Shamir, o los vigilantes nubios descubrieran a cualquiera de nosotros con una carta…
– ¡Pero necesito explicarle! -exclamó Hernando, casi implorante-. Tengo tantas cosas que decirle…
– Y así será: a través de mí. Conocéis a la señora Fátima. -El judío negó con la cabeza, corrigiéndose-. ¿Cómo no vais a conocerla? Mejor que yo. Ella tenía dudas y yo le procuraré la alegría que sé que desea; ¿acaso creéis que entonces no me hará repetir hasta la última palabra de las que me habéis dicho? -Hernando no pudo evitar una triste sonrisa al recordar el fuerte carácter de Fátima; el judío se percató de ello-. ¡Mil veces me obligará a hacerlo!
– Y hacedlo, más de mil si fuese necesario. Decidle…, decidle también que la sigo queriendo, que nunca he dejado de hacerlo. Pero la vida… El destino fue cruel con ambos. He pasado media vida llorando su muerte. Pedidle perdón en mi nombre.
– ¿Por qué debería hacerlo?
– Me he vuelto a casar… Tengo otros hijos.
El judío asintió.
– Ella lo sabe y lo comprende. La vida no ha sido fácil para ninguno de los dos. Recordad: Muerte es esperanza larga. Eso es lo primero que me ha pedido que os dijera.
Esa noche, Efraín fue agasajado en casa de Hernando, donde pernoctó antes de partir de vuelta a Tetuán. Advertido por su anfitrión de que Rafaela no debía saber en ningún momento el motivo que le había traído a aquella casa, el judío se mostró sumamente discreto e hizo gala de unos modales exquisitos, pero tras su cortesía se escondía el interés por poder proporcionar a su señora la información que ésta le había solicitado sobre la esposa cristiana. ¿Cómo es la mujer con la que se ha casado? ¿La quiere?
Durante la noche, Hernando, absorto en el recuerdo de Fátima, se mostró extremadamente frío y distante con Rafaela.
Poco tiempo después, con Hernando entregado a la escritura del Corán y a la oración en la mezquita, creyendo encontrar en ello la comunión en la distancia que Fátima le había rogado, Rafaela dio a luz a su tercer hijo. Lázaro, como bautizaron al niño en presencia de unos padrinos cristianos elegidos por el párroco y a los que no conocían, rompió con la tradición y nació con inmensos y claros ojos azules. ¡En aquel recién nacido resurgía el estigma con el que un sacerdote cristiano emponzoñó a una inocente niña morisca!, determinó Hernando en cuanto los vio. No podía ser más que una señal divina.
– Su nombre será Muqla, en honor del gran calígrafo -anunció el mismo día del bautizo ante Rafaela y Miguel, después de limpiar con agua caliente los óleos ungidos sobre el niño-. En esta casa deberéis llamarle así.
Rafaela bajó la vista y asintió con un murmullo imperceptible.
– ¿No será peligroso? -se alarmó Miguel.
– Lo único peligroso es vivir de espaldas a Dios.
A partir de ese día decidió que había llegado el momento de explicar a sus hijos algo más que leyendas musulmanas, así que despidió al preceptor y asumió la tarea de la educación de Juan y Rosa, a quienes rebautizó como Amin y Laila. El Corán, la Suna, la poesía y la lengua árabe, la caligrafía, la historia de su pueblo y las matemáticas se convirtieron de repente en las asignaturas que impartió a sus hijos, siempre con Muqla a su lado, en la cuna, al que dormía canturreándole las suras. Amin, con ocho años, ya tenía ciertos conocimientos, pero la niña, que sólo tenía seis, se resintió del cambio.
– ¿No crees que deberías esperar a que Rosa creciera algo más, darle tiempo? -trató de aconsejarle Rafaela.
– Se llama Laila -la corrigió Hernando-. Rafaela, en estas tierras, las mujeres son las llamadas a enseñar y divulgar la verdadera fe. Debe aprender. Es mucho lo que deben conocer. ¿Cuándo si no van a hacerlo? Es ésta la edad en la que deben aprender nuestras leyes. Creo…, creo que he cometido demasiados errores.
Rafaela no se dio por satisfecha con la contestación.
– Es una situación muy complicada -afirmó-. Pones en peligro a nuestra familia. Si alguien llegara a enterarse… No quiero ni pensarlo.
Hernando dejó transcurrir unos instantes, mirando fijamente a su esposa.
– Lo sabías, ¿verdad? -dijo al cabo-. Miguel te lo dijo antes de que contrajésemos matrimonio. Él te confesó que yo practicaba la fe verdadera -Rafaela asintió-. Y en consecuencia, cuando te casaste conmigo, aceptaste que nuestros hijos se educarían en las dos culturas, en las dos religiones. No pretendo que compartas mi fe, pero mis hijos…
– También son míos -replicó ella.
Rafaela no insistió, ni tampoco intervino de nuevo en la educación de los niños. Sin embargo, por las noches rezaba con ellos, como siempre había hecho, y Hernando lo consentía. Diariamente, al finalizar las clases, se lavaba y purificaba, y acudía a la mezquita para rezar frente al mihrab, a veces quieto, parado delante de allí donde debían estar aquellos grafismos sagrados cincelados en mármol, otras escondido, algo alejado, si consideraba que su permanencia podía originar sospechas. «¡Aquí estoy, Fátima! -susurraba para sí-, suceda lo que suceda.» La mezquita se lo recordaba una y otra vez: los cristianos ya se habían apropiado de ella definitivamente. La capilla mayor, el crucero y el coro acababan de ser terminados, y el cimborrio ya se elevaba por encima de los contrafuertes para mostrar al mundo entero la magnificencia del tan deseado templo. Hasta el antiguo huerto en el que se retraían los delincuentes acogidos a asilo, había sido renovado. Los sambenitos de los penados por la Inquisición seguían colgando macabramente de las paredes de las galerías, pero el huerto aparecía ahora ajardinado, con calles empedradas y fuentes entre naranjos; el Patio de los Naranjos lo llamaban ahora las gentes.