Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
El rostro alargado de Lúculo y sus ojos grises fríos no se conmovieron.
– ¡Y creo que ya está bien! ¿Por qué no avisaste al gobernador? No podías conocer sus planes.
– El gobernador es un tonto incompetente y venal. He tenido ocasión de comprobarlo. Aunque hubiese tenido intención de dominar la situación, cosa que dudo, no habría actuado con suficiente rapidez. Eso lo sé seguro. Por eso no le comuniqué nada. No quería que entorpeciese lo que yo sabía que podía hacer mucho mejor que él.
– Te has excedido en tu autoridad, César. En realidad, no tenías ni autoridad para excederte.
– Cierto. Por lo tanto, no me he excedido en nada.
– ¡No estamos en un concurso de sofismas!
– Ojalá lo estuviésemos. ¿Qué quieres que diga? No tengo muchos años, Lúculo, pero ya estoy harto de ver a esos hombres que envía Roma a las provincias dotados de imperium, y no creo que Roma esté mejor servida obedeciendo ciegamente a los de la ralea de Junco, los Dolabela o los Verres, sino por hombres como yo, con imperium o sin él. Vilo que había que hacer y lo hice. Y debo añadir que lo hice a sabiendas de que no me lo agradecerían, a sabiendas de que recibiría una reprimenda o que se me instruiría proceso por traición menor.
– Según la legislación de Sila, no hay traición menor.
– Bien, pues alta traición.
– ¿Por qué has venido a verme? ¿Para pedir clemencia?
– ¡Antes preferiría morir!
– No cambias.
– A peor, no, desde luego.
– No puedo aprobar lo que has hecho.
– Ni lo esperaba.
– Pero has venido a verme. ¿Por qué?
– Para informar al magistrado que ostenta el mando, como es mi deber.
– Supongo que te refieres al deber como miembro del Senado -replicó Lúculo-, aunque lo tenías para con el gobernador, no conmigo. De todos modos, no soy injusto, y entiendo que Roma debe estarte agradecida por tu rápida intervención. Yo habría actuado igual en las mismas circunstancias, siempre que hubiese tenido la seguridad de no usurpar el imperium del gobernador. Para mí, el imperium de un hombre es más importante que su valía. A mí se me ha reprochado que el rey Mitrídates esté en libertad para iniciar esta tercera guerra contra Roma porque me negué a ayudar a Fimbria a capturarle en Pitane, y suele decirse que con ello permití que escapara. Tú habrías estado de acuerdo con Fimbria en que el fin justifica los medios, pero yo no vi nada claro el hecho de reconocer a un representante del gobierno ilegal de Roma y me negué a prestarle ayuda. Sigo apoyando a los romanos que tengan imperium. Y para concluir, veo que eres demasiado partidario de esas grandes ideas de los jóvenes como Cneo Pompeyo que se llama Magnus; pero tú, César, eres infinitamente más peligroso que cualquier Pompeyo. Has nacido para revestir la púrpura.
– Es curioso; eso mismo me digo yo -replicó César.
Lúculo le dirigió una mirada fulminante.
– No te instruiré proceso, César, pero tampoco elogiaré tu acción, y la batalla de Tralles ocupará breves párrafos en mi informe a Roma; diré que la libró una milicia asiática al mando de un jefe local. Ni voy a incorporarte a mi estado mayor, ni permitiré que otro gobernador te incorpore al suyo.
César le había escuchado con cara de palo y mirada distante, pero cuando Lúculo indicó con brusco ademán que la entrevista había concluido, su expresión cambió, dispuesto a no dar su brazo a torcer.
– No pretendo que me menciones en los informes como comandante de la milicia asiática, pero no puedo renunciar a que me nombres en los despachos diciendo que serví en toda la campaña del Meandro. Si no figura mi nombre no podré probar que ha sido mi cuarta campaña, y estoy decidido a servir en diez campañas para poder presentarme a las elecciones de cuestor.
– ¡No tienes por qué aspirar a ser cuestor! -replicó Lúculo, con fiera mirada-. Ya estás en el Senado.
– Según la legislación de Sila, tengo que ser cuestor para poder ser pretor o cónsul. Y para ser cuestor quiero tener diez campañas servidas.
– Muchos que han sido elegidos cuestores ni siquiera tenían las seis campañas obligatorias. ¡No estamos en tiempos de Escipión el Africano y Catón el Censor! Nadie se va a molestar en contar las campañas en que has servido cuando salga tu nombre entre los candidatos al cuestorado.
– En mi caso -replicó terco César-, si que habrá quien se ponga a contarlas. Tengo pensado mi plan de vida y no quiero obtener nada por favor, aunque sea en contra de fuerte oposición. Estoy por encima de los demás y haré las cosas mejor que ellos. Pero no de forma anticonstitucional; eso lo juro. Recorreré el cursus honorum estrictamente como prescribe la ley. Y si figuro habiendo servido en diez campañas, en la primera de las cuales gané la corona cívica, seré el que más votos obtenga. Y es el único cargo que me parece aceptable después de tantos años como senador.
Lúculo dirigió una mirada implacable a aquel rostro bien parecido con ojos de Sila y comprendió que ya no iba a decir más.
– ¡Por los dioses que tu arrogancia no tiene límites! Muy bien, te incluiré en los despachos haciendo constar tu presencia en la campaña y durante la batalla.
– Tengo derecho.
– César, algún día te excederás.
– ¡Imposible! -replicó César, riendo.
– Son esa clase de respuestas las que te hacen tan detestable.
– No sé por qué, si digo la verdad.
– Otra cosa.
– ¿Cuál? -inquirió César, que estaba a punto de marchar.
– Este invierno el procónsul Marco Antonio va a trasladar el escenario bélico de la lucha contra los piratas del extremo occidental del Mediterráneo al extremo oriental. Y creo que quiere concentrarse en Creta. Tendrá el cuartel general en Giteo, en donde ya hay legados suyos preparándolo todo. Marco Antonio quiere reunir una flota, y tú eres, desde luego, quien mejor sabe acopiar barcos, como bien sé por tu empresa en Bitinia y sabe Vatia Isaúrico por lo que hiciste en Chipre. Y Rodas te está doblemente agradecido. Si quieres añadir otra campaña a tu hoja de servicios, preséntate inmediatamente en Giteo. Informaré a Marco Antonio de que sirves con rango de tribuno militar y te alojarás en una posada de algún residente romano. Si me entero de que te alojas por tu cuenta o excedes de algún modo tu propio rango, te juro, Cayo Julio César, que haré que te juzgue el tribunal militar de Marco Antonio. ¡Y no pienses que no podré convencerle! Después de que tú, pariente suyo, acusaste a su hermano, no te tiene mucho afecto. Naturalmente, puedes rehusar este servicio en virtud de tu derech o como romano, pero será el único servicio militar que obtengas si escribo unas cuantas cartas. Soy el cónsul y eso significa que mi imperium está por encima de cualquier otro, incluido el del segundo cónsul. ¡Así que no busques influencias por ese lado, César!
– Olvidas -replicó César sin acalorarse- que el imperium marítimo de Marco Antonio es ilimitado y en los mares su poder está por encima del primer cónsul del año.
– Pues me aseguraré de no hallarme jamás en el mismo mar por el que deambule Marco Antonio -replicó Lúculo con hastío-. Ve a ver a tu tío Cotta antes de partir.
– ¿No me das lecho para pasar la noche?
– El único lecho que yo te daría es el Procusto, César.
Momentos después, César decía a su tío Marco Aurelio Cotta: