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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Carridin sorbió un poco de vino. Ninguno de los taraboneses había catado el suyo.

—Bien —empezó con tono ligero—, así que el rey Andric desea que los Hijos de la Luz restablezcan el orden en la ciudad. Nosotros no solemos involucrarnos en los asuntos internos de las naciones. —No lo hacían abiertamente—. En realidad, no recuerdo que se nos haya hecho una petición así nunca e ignoro lo que dirá el capitán general. —Pedron Niall diría que se hiciera lo que fuera necesario, que los taraboneses tuvieran muy claro que tenían una deuda con los Hijos y que se asegurara de que pagaran esa deuda con creces.

—No disponemos de tiempo para que pidáis instrucciones a Amador —intervino un hombre que llevaba la máscara moteada de un leopardo. Nadie había dicho su nombre, pero a Carridin no le hacía falta.

—Lo que pedimos es necesario —intervino otro, cuyo grueso bigote debajo de la máscara de un halcón le otorgaba la apariencia de un raro búho—. Debéis entender que no haríamos una petición semejante si no fuera una necesidad extrema. Debemos estar unidos, sin más divisiones, ¿verdad? Existen muchos elementos sediciosos, incluso dentro de Tanchico. Hay que suprimirlos para albergar la esperanza de imponer el orden en el campo.

—La muerte de la Panarch ha empeorado las cosas —añadió el primer individuo.

Carridin enarcó una ceja con gesto interrogante.

—¿Habéis descubierto ya quién la asesinó?

Su suposición era que el propio Andric había sido el responsable de ello porque sospechaba que la Panarch apoyaba a uno de los rebeldes que reclamaban el trono. Puede que el rey estuviera en lo cierto, pero, después de convocar a cuantos miembros le fue posible de la Asamblea de los Lores —muchos de los cuales habían salido al campo con uno u otro de los grupos rebeldes—, descubrió que se mostraban extremadamente reacios a ratificar su elección de la nueva Panarch. Incluso en el caso de que lady Amathera no hubiera estado compartiendo la cama de Andric, la elección del rey y de la Panarch era el único poder real que tenía la Asamblea, cosa a la que no parecían muy dispuestos a renunciar. Se suponía que las disensiones respecto al nombramiento de lady Amathera no debían hacerse públicas. Hasta la Asamblea se daba cuenta de que esa noticia podría provocar tumultos.

—Sin duda, alguno de esos locos seguidores del Dragón —apuntó el hombre con aspecto de búho al tiempo que se daba un fuerte tirón del bigote—. Ningún tarabonés de verdad haría daño a la Panarch, ¿verdad? —Lo dijo casi como si realmente lo creyera.

—Por supuesto —convino suavemente Carridin. Dio otro sorbo de vino—. Si he de ocuparme de la seguridad del Palacio de la Panarch para la ascensión de lady Amathera, tendrá que confirmármelo el monarca en persona. De otro modo, podría dar la impresión de que los Hijos de la Luz buscamos una posición de poder en Tarabon cuando nuestra única intención es, como habéis dicho, poner fin a una división y alcanzar la paz bajo la Luz.

Un tipo mayor, de mandíbula cuadrada bajo la máscara de un leopardo, y mechones canosos veteando su cabello rubio, dio su opinión con voz fría:

—Me han contado que Pedron Niall busca la unidad contra los seguidores del Dragón. Una unidad bajo su mando, ¿no es así?

—El capitán general no va tras el dominio —replicó Carridin con idéntico timbre gélido—. Los Hijos servimos a la Luz, como cualquier hombre de buena voluntad.

—No debe plantearse siquiera el que Tarabon quede supeditado a Amador de uno u otro modo —intervino el primer leopardo—. ¡Ni la más remota posibilidad!

Las muestras de conformidad iracundas se extendieron por casi todas las sillas.

—Por supuesto que no —exclamó Carridin como si en ningún momento se le hubiera pasado por la cabeza semejante idea—. Si deseáis mi ayuda, la tendréis con las condiciones que os expuse al principio. Si no las aceptáis, siempre hay trabajo para los Hijos. El servicio a la Luz jamás termina, ya que la Sombra acecha en cualquier parte.

—Tendréis la confirmación que pedís firmada y sellada por el rey —dijo un hombre canoso con máscara de león; eran las primeras palabras que pronunciaba. Naturalmente, era el propio Andric, aunque se suponía que Carridin no debía darse cuenta. El rey no podía reunirse con el Inquisidor de la Mano de la Luz sin levantar tantos comentarios como el hecho de que visitara una vinatería, aunque fuera de la categoría del Jardín de las Brisas Plateadas.

—Cuando la tenga en mis manos, me ocuparé de la seguridad del Palacio de la Panarch y los Hijos suprimirán cualquier… elemento sedicioso que intente interferir en la investidura. Lo juro por la Luz —prometió Carridin.

La tensión entre los taraboneses bajó de manera notable; todos, incluido Andric, vaciaron de un trago las copas.

Así pues, en lo referente al pueblo de Tarabon serían los Hijos los responsables de las inevitables muertes, no el rey ni el ejército. Una vez que Amathera hubiera sido investida con la Corona y el Bastón del Árbol, varios miembros más de la Asamblea se unirían con los rebeldes, pero si el resto hacía público que no la habían elegido, la noticia desataría tumultos en Tanchico. En cuanto a los cuentos que propagaran los que huyeran… Bah, los rebeldes eran capaces de inventar cualquier embuste propio de unos traidores. Y el rey y la Panarch de Tarabon estarían sujetos como marionetas a unas cuerdas que él entregaría a Pedron Niall para que las moviera como le placiera.

No era un trofeo tan importante como si el rey de Tarabon hubiera controlado todavía varios miles de hectáreas alrededor de Tanchico, pero quedaban abiertas otras posibilidades. Con la ayuda de los Hijos —harían falta una o dos legiones por lo menos, no sólo los pocos centenares de hombres que Carridin tenía ahora a su mando— aún se podía aplastar a los seguidores del Dragón, derrotar a las diversas facciones rebeldes e incluso llevar adelante con éxito la guerra con Arad Doman. Si uno y otro país todavía comprendían que luchaban entre sí. Por lo que Carridin había oído, Arad Doman estaba en peores condiciones que Tarabon.

A decir verdad, le importaba poco si Tarabon o Tanchico o el resto caían bajo el dominio de los Hijos. Había que guardar las apariencias, mantener el tipo, pero le resultaba difícil pensar en nada salvo en cuándo le llegaría el turno de que le cortaran el cuello. Ojalá fuera sólo eso. Dos meses, desde el último informe.

No se quedó a beber con los taraboneses, sino que se despidió todo lo brevemente que permitía la cortesía. Si se ofendieron, su ayuda les era demasiado necesaria para demostrar enojo. Selindra lo vio bajar la escalera, y un mozo de cuadra llegó a la puerta principal llevando su caballo al trote cuando Carridin salió a la calle. Lanzó al muchacho una moneda de cobre y espoleó el negro corcel para ponerlo a un trote vivo.

La harapienta muchedumbre que abarrotaba los sinuosos callejones se apartó precipitadamente para dejarle paso; mejor para esa chusma, ya que no estaba seguro de que se hubiera dado cuenta si arrollaba a alguien. Tampoco se perdería mucho. La ciudad estaba saturada de mendigos; apenas se podía respirar con el hedor a sudor rancio y suciedad. Tamrin tendría que expulsarlos y que así los rebeldes del campo se las entendieran con ellos.

Lo que le interesaba era el campo, no los rebeldes. De ellos era fácil ocuparse; sólo hacía falta correr la voz de que éste o aquél era un Amigo Siniestro. Y, una vez que consiguiera que algunos fueran denunciados y entregados a la Mano de la Luz, admitirían cualquier cosa y confesarían que adoraban al Oscuro, que devoraban niños, o cualquier cosa que les dijeran. Los rebeldes no durarían mucho tiempo después de eso; los pretendientes que siguieran en el campo despertarían y se encontrarían solos. Pero a los seguidores del Dragón, los hombres y mujeres que se llamaban vasallos del Dragón Renacido, no se los reprimiría con el cargo de ser Amigos Oscuros. La mayoría de la gente ya los consideraba como tal por seguir a un hombre capaz de encauzar.

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