Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
El problema era el hombre al que habían jurado seguir, el hombre cuyo nombre ni siquiera conocían: Rand al’Thor. ¿Quién era? Ahí fuera había cientos de bandas de seguidores del Dragón, entre las cuales al menos dos eran lo bastante numerosas para catalogarlas como ejército, y que luchaban contra el ejército del rey —con lo que quedaba que le fuera leal al monarca—, y contra los rebeldes, que a su vez se afanaban luchando entre sí tan a menudo como contra Andric o los seguidores del Dragón; sin embargo, Carridin no tenía la menor pista de en cuál de ellas se encontraba Rand al’Thor. Podría estar en el llano de Almoth o en Arad Doman, donde la situación era idéntica. Si ese hombre se encontraba allí, Jaichim Carridin podía considerarse hombre muerto.
En el palacio de Verana que había requisado para cuartel general de los Hijos, entregó las riendas de su montura a uno de los guardias de blanca capa y entró sin responder a sus saludos. El propietario de este abigarrado montón de pálidas cúpulas, pináculos perforados cual finos encajes y umbríos jardines era uno de los que reclamaban el Trono de la Luz, de modo que nadie había protestado por la ocupación. Y el que menos, su dueño; lo que quedaba de su cabeza todavía adornaba una pica en lo alto de la Escalera de los Traidores, en Maseta.
Por una vez, Carridin apenas dedicó una ojeada a las finas alfombras tarabonesas, a los muebles trabajados con oro y marfil ni a los patios con fuentes donde los cantarines chorros de agua recreaban un fresco sonido. Los amplios pasillos con doradas lámparas y altos techos cubiertos con delicadas volutas trazadas en pan de oro no le interesaban lo más mínimo. Este palacio no tenía nada que envidiar al más exquisito de Amadicia, aunque no era tan grande como otros; sin embargo, en este momento sólo pensaba en la botella de fuerte brandy que tenía en el cuarto que utilizaba como estudio.
Había recorrido la mitad de una lujosa alfombra realizada con motivos azules, escarlatas y dorados, con los ojos prendidos en un mueble tallado que guardaba una botella plateada con brandy, cuando de repente se dio cuenta de que no estaba solo. Cerca de los altos y estrechos ventanales que daban a uno de los jardines había una mujer ataviada con un ajustado vestido de color rojo pálido; llevaba el dorado cabello tejido en numerosas trenzas que le caían sobre los hombros. Un pequeño y tenue velo apenas si ocultaba sus rasgos. Era joven y bonita, con una boca llena y roja, y grandes ojos castaños. Por las ropas, saltaba a la vista que no era una sirvienta.
—¿Quién sois? —demandó, irritado—. ¿Cómo entrasteis aquí? Marchaos de inmediato o haré que os arrojen a la calle.
—¿Amenazas, Bors? Deberíais dar una acogida más amable a un huésped, ¿verdad?
El nombre pronunciado por la mujer le causó un gran sobresalto. Sin pensar lo que hacía, desenvainó la espada y asestó una estocada contra el cuello de la mujer.
Algo lo inmovilizó, como si el aire se hubiera tornado espeso como gelatina; algo que lo envolvía del cuello para abajo y que lo obligó a arrodillarse. Le oprimió la muñeca hasta que sonaron los huesos; su mano se abrió y la espada cayó al suelo. El Poder. La mujer estaba utilizado el Poder con él. Una bruja de Tar Valon. Y si conocía ese nombre…
—¿Recordáis una reunión en la que Ba’alzemon apareció y nos mostró los rostros de Matrim Cauthon, Perrin Aybara y Rand al’Thor? —preguntó ella mientras se acercaba. Pronunció los nombres como si los escupiera, en especial el último; sus ojos habrían podido perforar una lámina de acero—. ¿Veis? Sé quién sois. Entregasteis vuestra alma al Gran Señor de la Oscuridad, Bors. —Su repentina risa sonó como el tintineo de campanillas.
El sudor le corría por la cara. No era sólo una despreciable bruja de Tar Valon, sino que pertenecía al Ajah Negro. El Ajah Negro. Había pensado que sería un Myrddraal el que vendría por él. Había confiado en que aún quedaba tiempo. Un poco más. Todavía no.
—He intentado matarlo —barbotó—. A Rand al’Thor. ¡Lo he intentado! Pero no consigo encontrarlo. ¡No hay manera! Me advirtieron que matarían a mi familia, uno a uno, si fracasaba, y se me prometió que sería el último. Todavía tengo primos, sobrinos, sobrinas. ¡Y me queda otra hermana! ¡Debéis darme más tiempo!
La mujer permaneció en silencio, observándolo con aquellos penetrantes ojos castaños, sonriendo con aquella boquita de rosa, escuchándole dónde podían encontrar a Vanora, dónde estaba su dormitorio, cómo le gustaba cabalgar sola por el bosque que había detrás de Carmera.
A lo mejor si gritaba acudirían algunos guardias. Quizá pudiera matarla. Abrió más la boca, y entonces aquella espesa gelatina le entró y lo obligó a separar las mandíbulas hasta que las oyó crujir. Dilató las aletas de la nariz, y el aire entró en sus pulmones; todavía podía respirar, pero no gritar. Lo único que conseguía articular eran gruñidos apagados, como cuando se oye el llanto de una mujer detrás de una pared. Cómo deseaba chillar.
—Qué divertido sois —dijo por último la mujer rubia—. Jaichim. Es un buen nombre para un perro, creo. ¿Os gustaría ser mi perro, Jaichim? Si sois un perrito bueno a lo mejor os dejo que veáis morir a Rand al’Thor un día, ¿vale?
Le costó un instante comprender el sentido de lo que acababa de decir. Si le permitía ver morir a Rand al’Thor, entonces ella no iba a… No iba a matarlo, a desollarlo vivo, a hacer las cosas horribles que había imaginado y que hacían parecer el degüello un consuelo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras los sollozos de alivio le sacudían el cuerpo, hasta donde se lo permitía aquello que lo tenía inmovilizado. De repente la trampa desapareció y cayó a gatas, todavía sollozando. No podía parar.
La mujer se arrodilló a su lado, lo agarró por el pelo y lo obligó a levantar la cabeza.
—Ahora me prestaréis atención, ¿verdad? La muerte de Rand al’Thor es para el futuro y sólo lo veréis si sois un perrito bueno. Vais a trasladar a vuestros Capas Blancas al Palacio de la Panarch.
—¿C… cómo lo s… sabéis?
La mujer le sacudió la cabeza de lado a lado y no con delicadeza.
—Un perrito bueno no hace preguntas a su ama. Yo tiro el palo y vos vais a recogerlo. Yo digo que matéis, y vos matáis, ¿sí? Sí. —Su sonrisa fue un simple destello de dientes—. ¿Será difícil tomar el Palacio de la Panarch? La Legión de la Panarch está allí, un millar de hombres que duermen en los pasillos, en las salas de exposición, en los patios. Vos no contáis con tantos Capas Blancas.
—Ellos no… —Tuvo que hacer un alto para tragar saliva—. No crearán problemas. Creerán que Amathera ha sido elegida por la Asamblea. Es la Asamblea la que…
—No me aburráis con vuestras historias, Jaichim. Me importa poco si matáis a toda la Asamblea mientras que el Palacio de la Panarch esté en vuestro poder. ¿Cuándo actuaréis?
—H… harán falta tres o cuatro días para que Andric despache el compromiso por escrito.
—Tres o cuatro días —musitó para sí misma—. Muy bien. Un poco más de retraso no importa. —Carridin se estaba preguntando a qué retraso se referiría cuando sus siguientes palabras lo desestabilizaron por completo—. Mantendréis el control del palacio y despacharéis a los buenos soldados de la Panarch.
—Eso es imposible —jadeó, y la mujer le tiró de la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que no supo qué ocurriría antes, si el cuello se le rompería o si le arrancaría el cuero cabelludo. No osó presentar resistencia. Un millar de agujas se clavaban en su rostro, su tórax, su espalda, sus brazos, sus piernas. Por todas partes. Serían invisibles, pero ello no implicaba que no fueran reales.