Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Fantasma —llamó—. Ven conmigo. —Siempre dormía mejor con el gran lobo blanco a su lado. Le reconfortaba su olor, y agradecía la calidez de su abundante pelaje claro. Pero, en aquella ocasión, Fantasma se limitó a mirarlo. Luego se dio media vuelta, cruzó entre los caballos y desapareció. «Quiere cazar», pensó Jon. Tal vez hubiera cabras por aquellas montañas. De algo tenían que alimentarse los gatosombras—. Espero que no te dé por cazar un gato —murmuró. Sería peligroso hasta para un lobo huargo. Se arrebujó en la capa y se tendió bajo el saliente de roca.
Cuando cerró los ojos, soñó con lobos huargos.
Había cinco, aunque deberían haber sido seis, y estaban dispersos, separados los unos de los otros. Se sintió incompleto, dolorosamente vacío. El bosque era vasto y frío, y ellos eran muy pequeños, estaban muy perdidos. Sus hermanos y su hermana tenían que estar allí, en alguna parte, pero había perdido su rastro. Se sentó sobre los cuartos traseros, alzó la cabeza hacia el cielo cada vez más oscuro, y su aullido despertó ecos en todo el bosque, con un sonido largo, triste y solitario. A medida que se fue perdiendo, alzó las orejas para oír la respuesta, pero lo único que oyó fue el suspiro de la nieve que caía.
—¿Jon?
La llamada le llegó desde la espalda, más suave que un susurro, pero fuerte a la vez. ¿Acaso un grito puede ser silencioso? Giró la cabeza en busca de su hermano, de un atisbo del esbelto cuerpo gris que se movía bajo los árboles, pero no había nada, sólo…
Un arciano.
Parecía brotar de la propia roca, con unas raíces blancuzcas que surgían retorcidas de una miríada de fisuras y grietas finas como capilares. Era un árbol estilizado, en comparación con otros arcianos que había visto, apenas un retoño, pero crecía ante sus ojos, y sus ramas se hacían más robustas a medida que ascendían hacia el cielo. Rodeó con cautela el tronco blanco y liso hasta dar con el rostro. Los ojos rojos lo miraron. Eran unos ojos feroces, pero se alegraban de verlo. El arciano tenía la cara de su hermano. Aunque, ¿cuándo había tenido su hermano tres ojos?
—Desde lo del cuervo —le dijo el grito silencioso.
Olfateó la corteza; olía a lobo, a árbol y a niño, pero por debajo había otros olores, el rico y castaño de la tierra tibia, el duro y gris de la piedra y otro más, el de algo espantoso. Supo que era la muerte. Percibía el olor de la muerte. Retrocedió acobardado, con el pelaje erizado, mostrando los colmillos.
—No tengas miedo, me gusta la oscuridad. Nadie te puede ver, y tú los ves a todos. Pero antes tienes que abrir el ojo. ¿Ves ? Así. —Y el árbol se inclinó y lo tocó.
Y de repente se encontró de nuevo en las montañas, con las patas hundidas en la nieve, al borde de un gran precipicio. Ante él, el Paso Aullante se abría al vacío, y un valle alargado en forma de uve se extendía como una manta de colores, bañado en todos los tonos de la tarde otoñal.
En un extremo del valle se divisaba una muralla de color blanco azulado, gigantesca, deslumbrante, encajonada entre las montañas como si se estuviera abriendo paso a la fuerza entre ellas, y durante un momento pensó que en sueños había vuelto al Castillo Negro. Entonces se dio cuenta de que lo que estaba mirando era una cascada de hielo de muchos cientos de metros de altura. Bajo aquel acantilado gélido y brillante había un gran lago, sus aguas profundas color cobalto reflejaban los picos coronados de nieve que lo rodeaban. Vio que en el valle había hombres, muchos, miles de ellos, un gran ejército. Algunos perforaban grandes agujeros en el terreno semihelado, mientras otros se entrenaban para la guerra. Observó cómo un enjambre de jinetes cargaban contra una barrera de escudos, a lomos de caballos del tamaño de hormigas. El sonido de la batalla fingida era como el rumor de unas hojas de acero que el viento le llevaba de cuando en cuando. El campamento no estaba planificado; no vio zanjas, ni estacas afiladas, ni hileras ordenadas de caballos. Los rudimentarios refugios de barro y las tiendas de pieles brotaban sin orden ni concierto, como una erupción de viruelas en el rostro de la tierra. Había carretadas de heno mal amontonado, y también le llegó el olor de las cabras, las ovejas, los caballos, los cerdos, los perros… De un millar de hogueras para cocinar se alzaban tentáculos de humo oscuro.
«Esto no es un ejército, igual que no es una ciudad. Es un montón de gente que se ha reunido.»
Al otro lado del largo lago se movió un montículo de tierra. Lo examinó con más atención, y vio que no era tierra, sino un ser vivo, una bestia pesada y peluda que tenía una serpiente en vez de nariz, y unos colmillos más grandes que los del jabalí más gigantesco que hubiera existido jamás. El ser que lo montaba también era enorme, y de forma extraña, con piernas y caderas demasiado anchas para ser un hombre.
En aquel momento una repentina ráfaga de frío le erizó el pelaje, y el aire se estremeció con el sonido de unas alas. Alzó la vista hacia las cumbres blancas de hielo, y una sombra se precipitó desde el cielo hacia él. Un chillido hendió el aire. Apenas tuvo tiempo de ver unas alas grandes color gris azulado, que ocultaban el sol…
—¡Fantasma! —gritó Jon, incorporándose de golpe. Aún sentía las garras, el dolor—. ¡Fantasma, conmigo!
Ebben apareció a su lado, lo agarró por los hombros y lo sacudió.
—¡Cállate! ¿Qué quieres, atraer a los salvajes o qué? ¿Qué te pasa, chico?
—He tenido un sueño —respondió Jon con voz débil—. Yo era Fantasma, estaba al borde de un precipicio, abajo había un río helado, y algo me atacó. Era un pájaro… me parece que un águila…
—Cuando yo sueño, las que me atacan son mujeres guapas —dijo Escudero Dalbridge con una sonrisa—. Ojalá soñara más a menudo.
—¿Qué has dicho de un río helado? —Qhorin se acercó a él.
—El Agualechosa mana de un gran lago, al pie de un glaciar —señaló Serpiente de Piedra.
—Había un árbol con el rostro de mi hermano. Los salvajes… había miles, más de los que me imaginaba que pudieran existir. Y también gigantes, que cabalgaban a lomos de mamuts.
Por la luz, Jon calculó que había dormido cuatro o cinco horas. Le dolía la cabeza, y también la nuca, allí donde se le habían clavado las garras. «Pero eso ha sido en el sueño.»
—Dime todo lo que recuerdes —dijo Qhorin Mediamano—. Con detalle.
—No ha sido más que un sueño. —Jon lo miró, confuso.
—Un sueño de lobo —dijo Mediamano—. Craster dijo al Lord Comandante que los salvajes se estaban agrupando en el nacimiento del Agualechosa. Puede que por eso lo soñaras. Pero también puede que hayas visto lo que nos aguarda dentro de unas horas. Cuéntamelo todo.
Se sintió un tanto estúpido contando semejantes cosas a Qhorin y al resto de los exploradores, pero hizo lo que le ordenaban. Ninguno de los hermanos negros se rió de él. Cuando terminó, la sonrisa se había esfumado de la cara de Escudero Dalbridge.
—¿Cambiapiel? —dijo Ebben a Mediamano en tono sombrío.
«¿Se refiere al águila o a mí?», pensó Jon. Los cambiapieles y los wargs eran personajes de las historias de la Vieja Tata, no del mundo en el que había vivido siempre. Pero allí, en aquel desierto de hielo y roca, no le resultaban tan increíbles.
—Los vientos fríos empiezan a soplar. Justo como se temía Mormont. Benjen Stark también lo vio venir. Los muertos caminan y los árboles vuelven a tener ojos. ¿Por qué no va a haber también wargs y gigantes?
—¿Y qué pasa, mis sueños también se van a hacer realidad? —preguntó Escudero Dalbridge—. Pues que Lord Nieve se quede con sus mamuts, yo prefiero a mis mujeres.
—He servido en la Guardia desde niño —dijo Ebben—, he llegado tan lejos como el que más en mis exploraciones. He visto huesos de gigantes y he oído muchos cuentos curiosos, pero se acabó. Ahora quiero ver lo que sea con mis ojos.