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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Tu polla no me interesa, únicamente me importa dónde la metes. Yo no dependo del eunuco para todo, como te pasa a ti. Tengo mis métodos para averiguar cosas… sobre todo las cosas que la gente no quiere que sepa.

—¿Qué quieres decir?

—Sólo una cosa… que tengo a tu putita.

Tyrion cogió la copa de vino para ganar un momento y aclararse las ideas.

—Creía que te gustaban más los hombres.

—Eres un enano patético. Dime, ¿te has casado ya con ésta? —Al no obtener respuesta, se echó a reír—. Menos mal, a nuestro padre no le habría hecho gracia.

Tyrion sentía como si tuviera el estómago lleno de anguilas. ¿Cómo había dado Cersei con Shae? ¿Acaso Varys lo había traicionado? ¿O había tirado por tierra todas sus precauciones la noche en que cabalgó directamente hacia la casa?

—¿Y a ti qué te importa a quién elijo para calentarme la cama?

—Un Lannister siempre paga sus deudas —replicó ella—. Has estado conspirando contra mí desde el día en que llegaste a Desembarco del Rey. Vendiste a Myrcella, me robaste a Tommen y ahora planeas hacer matar a Joff. Quieres que muera para poder reinar a través de Tommen.

«Hay que reconocer que la idea es tentadora.»

—Esto es una locura, Cersei. Stannis llegará hasta aquí en cuestión de días. Me necesitas…

—¿Por qué? ¿Por tus proezas en el combate?

—Los mercenarios de Bronn no lucharán sin mí —mintió.

—Claro que sí. Lo que les gusta es tu oro, no tu ingenio de gnomo. Pero no temas, contarán con tu presencia. No negaré que a veces se me ha pasado por la cabeza la idea de cortarte el cuello, pero Jaime jamás me lo perdonaría.

—¿Y la puta? —No quería mencionar su nombre. «Si la convenzo de que no siento nada por Shae, quizá…»

—Recibirá un trato adecuado mientras a mis hijos no les pase nada. Pero si Joff muere, o si Tommen cae en manos de nuestros enemigos, tu putita morirá de la manera más dolorosa que puedas imaginar.

—A los chicos no les pasará nada —prometió, fatigado. «De verdad cree que mataría a mi sobrino»—. Dioses misericordiosos, Cersei, ¡por sus venas corre mi misma sangre! ¿Qué clase de hombre crees que soy?

—Un hombre pequeño y retorcido.

Tyrion contempló los posos en el fondo de la copa de vino. «¿Qué haría Jaime en mi lugar?» Seguro que mataría a la muy zorra, y ya se preocuparía luego por las consecuencias. Pero Tyrion no tenía una espada dorada, ni habilidad para esgrimirla. Le gustaba la cólera temeraria de su hermano, pero al que debía tratar de emular era a su señor padre. «Piedra, debo ser de piedra, debo ser Roca Casterly, duro e inamovible. Si fallo en esta prueba, más me vale dedicarme a atracción de feria.»

—Por lo que sé —dijo—, puede que ya la hayas matado.

—¿Quieres verla? Me lo imaginaba. —Cersei cruzó la estancia y abrió de par en par las pesadas puertas de roble—. Traed a la puta de mi hermano.

Los hermanos de Ser Osmund, Osney y Osfryd, eran astillas del mismo palo, altos, con narices ganchudas, pelo negro y sonrisas crueles. La chica iba entre los dos, casi colgada, con los ojos muy abiertos en su rostro negro. La sangre le brotaba de un labio roto, y vio magulladuras tras los desgarrones de sus ropas. Tenía las manos atadas con una cuerda, y la habían amordazado para que no pudiera hablar.

—Me dijiste que no le harían daño.

—Se resistió. —A diferencia de sus hermanos, Osney Kettleblack iba bien afeitado, de manera que los arañazos resultaban perfectamente visibles en sus mejillas—. Tiene las garras de un gatosombra.

—Los moratones se curan —dijo Cersei en tono aburrido—. La puta vivirá. Mientras Joff viva.

Tyrion hubiera querido reírse de ella. Habría sido delicioso, sencillamente delicioso, pero entonces le descubriría la jugada. «Has perdido, Cersei, y los Kettleblack son aún más idiotas de lo que decía Bronn.» Sólo tenía que decirlo.

En vez de aquello, miró a la chica a la cara.

—¿Juras que la liberarás después de la batalla?

—Si tú liberas a Tommen, sí.

—Pues que se quede contigo. —Tyrion se puso en pie—. Pero cuida bien de ella. Si estos animales creen que tienen derecho a usarla… en fin, hermanita, solamente te recordaré que la balanza tiene dos platos. —Hablaba con voz tranquila, inexpresiva, como si el tema no le interesara; había buscado la voz de su padre, y la había encontrado—. Lo que le pase a ella le pasará también a Tommen, y eso incluye palizas y violaciones.

«Si piensa que soy semejante monstruo, representaré el papel.»

Aquello cogió por sorpresa a Cersei.

—No te atreverás.

—¿Que no me atreveré? —Tyrion se obligó a sonreír, una sonrisa pausada, fría. Sus ojos, uno verde y el otro negro, se clavaron en ella—. Lo haré yo en persona.

La mano de su hermana voló hacia su rostro, pero la agarró por la muñeca y se la dobló hasta que gritó de dolor. Osfryd se adelantó para ayudarla.

—Un paso más y le rompo el brazo —le advirtió el enano. El hombre se detuvo en seco—. ¿Te acuerdas de que te dije que no volverías a pegarme, Cersei? —La tiró al suelo y se volvió hacia los Kettleblack—. Desatadla y quitadle esa mordaza.

Las cuerdas estaban tan apretadas que le habían cortado la circulación de las manos. La chica gritó de dolor cuando la sangre volvió a fluir. Tyrion le masajeó los dedos con ternura hasta que recuperó el tacto.

—Has de ser valiente, cariño —dijo—. Siento que te hayan hecho daño.

—Sé que me liberarás, mi señor.

—Puedes estar segura.

Y Alayaya se inclinó sobre él y le dio un beso en la frente. El labio roto le dejó una mancha de sangre en el ceño. «Un beso ensangrentado es más de lo que merezco —pensó Tyrion—. De no ser por mí no le habría pasado nada.»

Aún tenía la marca de la sangre cuando miró a la reina desde arriba.

—Nunca me has caído bien, Cersei, pero eras mi hermana, de modo que jamás te hice daño alguno. Tú has puesto fin a eso. Esto me lo vas a pagar. Todavía no sé cómo, pero dame tiempo, ya se me ocurrirá algo. Llegará un día en el que te sientas segura y feliz, y de repente tu alegría se te convertirá en cenizas en la boca, y ese día sabrás que la deuda ha quedado saldada.

Su padre le había dicho en cierta ocasión que, en la guerra, la batalla termina en el momento en que un ejército se dispersa y huye. No importa si es tan numeroso como un instante antes ni que sigan teniendo armas y armaduras: una vez han huido de ti, no volverán a plantarte cara. Así sucedió con Cersei.

—¡Fuera de aquí! —fue toda la respuesta que se le ocurrió—. ¡Fuera de mi vista!

—Muy bien, buenas noches. —Tyrion hizo una reverencia—. Y felices sueños.

Volvió a la Torre de la Mano, con un millar de pies embutidos en escarpes desfilando por su cráneo. «Tendría que haber imaginado esto desde la primera vez que salí por el fondo del armario de Chataya.» Tal vez no había querido imaginarlo. Las piernas le dolían mucho cuando llegó a la cima de las escaleras. Envió a Pod a buscar una jarra de vino, y entró en su dormitorio.

Shae estaba sentada en la cama con dosel, tenía las piernas cruzadas y estaba desnuda a excepción de la pesada cadena de oro que le caía sobre los pechos: una cadena de manos doradas entrelazadas, en la que cada una agarraba a la siguiente.

—¿Qué haces aquí? —Tyrion no esperaba verla.

La chica se echó a reír y acarició la cadena.

—Quería sentir unas manos sobre las tetas… pero éstas de oro están muy frías.

Durante un instante no supo qué decir. ¿Cómo podía contarle que otra mujer había recibido la paliza que le estaba destinada, que tal vez muriera en su lugar si a Joffrey le sucedía algo en la batalla? Se limpió la sangre de Alayaya de la frente con la mano.

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