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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Los verdaderos caballeros protegen a los débiles.

—No hay verdaderos caballeros —soltó el Perro con un bufido—, igual que no hay dioses. Si no puedes protegerte a ti misma, muérete y aparta del camino de los que sí pueden. Este mundo lo rige el acero afilado y los brazos fuertes, no creas a quien te diga lo contrario.

—Sois odioso. —Sansa retrocedió un paso.

—Soy sincero. Es el mundo el que es odioso. Venga, pajarito, vete volando. Ya estoy harto de que me mires.

Sansa se marchó corriendo sin decir palabra. Sandor Clegane le daba miedo… pero una parte de su corazón deseaba que Ser Dontos tuviera un fragmento de la ferocidad del Perro.

«Sí que hay dioses —se dijo—, y también hay verdaderos caballeros. Es imposible que todas las historias sean mentira.»

Aquella noche Sansa volvió a soñar con el día de los disturbios. La turba la rodeaba, gritaba como una bestia rabiosa con mil caras. Mirase adonde mirase veía rostros retorcidos que se transformaban en máscaras monstruosas e inhumanas. Ella lloraba y decía que no les había hecho nada, pero daba igual, la tiraban del caballo. «No —gritaba—, no, por favor, no, no», pero nadie le hacía caso. Llamaba a gritos a Ser Dontos, a sus hermanos, a su padre muerto y a su loba muerta, a los héroes de las canciones, a Florian y a Ser Ryam, a Redwyne y al príncipe Aemon el Caballero Dragón, pero nadie acudía en su auxilio. Las mujeres se abalanzaban sobre ella como un enjambre, como comadrejas, le pellizcaban las piernas y le daban patadas en el estómago; le dieron un golpe en el rostro y sintió cómo se le rompían los dientes. En aquel momento vio el centellear del acero. El cuchillo se clavó en sus entrañas y la desgarró, la desgarró hasta que de ella no quedaron más que jirones húmedos.

Cuando despertó, la luz clara de la mañana entraba oblicua por la ventana, pero se sentía dolorida y enferma como si no hubiera dormido nada. Tenía algo pegajoso en los muslos. Se quitó de encima la manta, y entonces fue cuando vio la sangre. Lo primero que le vino a la cabeza fue que la pesadilla se había hecho realidad. Recordó los cuchillos que entraban en su vientre y la desgarraban. Horrorizada, se liberó de las sábanas a patadas y cayó al suelo con la respiración entrecortada, desnuda, ensangrentada y muerta de miedo.

Pero cuando ya estaba sobre la alfombra, de rodillas, apoyada con las manos en el suelo, lo comprendió de repente.

—No, por favor —sollozó Sansa—. Por favor, no. —No quería que le sucediera aquello en aquel momento, y allí, y en aquel momento, en aquel momento, en el peor momento.

La locura le nubló la mente. Se levantó, ayudándose del poste del dosel de la cama, y se lavó entre las piernas con el agua de la palangana, para quitarse todo aquello pegajoso. Cuando terminó el agua estaba teñida de sangre. Si las criadas veían aquello se darían cuenta de todo. Entonces se acordó de la ropa de cama. Horrorizada, vio la enorme mancha roja delatora. No podía pensar en nada, sólo en que tenía que quitarla de allí, si no la verían. Y no podía permitir que la vieran, o la casarían con Joffrey y la obligarían a acostarse con él.

Sansa cogió el cuchillo y cortó la sábana en torno a la mancha. «Y cuando me pregunten por el agujero, ¿qué les digo?» Las lágrimas le corrían por las mejillas. Arrancó la sábana desgarrada de la cama, y también las mantas sucias. «Tengo que quemarlas.» Hizo un ovillo con las pruebas, lo metió en la chimenea, lo empapó con el aceite de la lámpara de la mesilla, y le prendió fuego. Entonces se dio cuenta de que la sangre había calado hasta el colchón de plumas, de modo que también intentó hacerlo un ovillo, pero era muy grande, aparatoso y difícil de mover. Sansa sólo consiguió meter en el fuego la mitad. Estaba de rodillas, empeñada en meter el colchón entre las llamas mientras un humo gris espeso se arremolinaba a su alrededor y llenaba la habitación, cuando la puerta se abrió de golpe y oyó la exclamación de su doncella.

Hicieron falta tres para sujetarla, y todo en balde. La ropa de cama había ardido, pero cuando consiguieron llevársela volvía a tener los muslos llenos de sangre. Era como si su cuerpo la hubiera traicionado para entregarla a Joffrey, desplegando ante los ojos de todo el mundo el estandarte escarlata de los Lannister.

Una vez estuvo apagado el fuego, se llevaron el colchón chamuscado, airearon la estancia para que saliera el humo, y llevaron una bañera. Las mujeres iban y venían, hablaban en murmullos y le lanzaban miradas de extrañeza. Llenaron la bañera con agua casi hirviendo, la bañaron, le lavaron el cabello y le dieron un paño para que se lo pusiera entre las piernas. Para entonces Sansa había recuperado la calma y estaba avergonzada de haberse comportado como una estúpida. El humo había estropeado la mayor parte de sus vestidos. Una de las mujeres salió de la habitación y volvió con un vestido de lana verde que era más o menos de su talla.

—No es tan bonito como los vuestros, pero os quedará bien —dijo mientras se lo metía a Sansa por la cabeza—. Los zapatos no se os han quemado, así que por suerte no tendréis que ir descalza a ver a la reina.

Cuando hicieron entrar a Sansa en sus estancias, Cersei Lannister estaba desayunando.

—Puedes sentarte —dijo con gesto gentil—. ¿Tienes hambre?

Hizo una señal en dirección a la mesa. Había gachas, miel, leche, huevos duros y pescado frito crujiente. Sólo con ver la comida le entraron náuseas. Tenía el estómago hecho un nudo.

—No, gracias, Alteza.

—Es comprensible. Entre Tyrion y Lord Stannis, todo lo que como me sabe a ceniza. Y ahora a ti también te ha dado por encender hogueras. ¿Se puede saber qué pretendías?

—Me asusté al ver tanta sangre —dijo Sansa con la cabeza agachada.

—La sangre es el sello de tu feminidad. Lady Catelyn debería haberte preparado. Has tenido tu primer florecimiento, nada más.

—Mi señora madre me había hablado de esto, pero… —Sansa jamás se había sentido menos florecida—. Pero creía que sería de otra manera.

—¿Cómo?

—No sé. Menos… menos sucio y más mágico.

La reina Cersei se echó a reír.

—Pues espera a dar a luz a un niño, Sansa. La vida de una mujer es nueve partes suciedad por cada parte de magia, no tardarás en darte cuenta… y a menudo la parte que parece magia es la más sucia de todas. —Bebió un sorbo de leche—. Así que ya eres mujer. ¿Tienes idea de qué significa eso?

—Que ahora estoy en condiciones de casarme, compartir el lecho y de concebir hijos para el rey —dijo Sansa.

—Es evidente que esa perspectiva ya no te atrae tanto como hace un tiempo. —La reina le dirigió una sonrisa irónica—. Es comprensible, Joffrey siempre ha sido un poco difícil. Hasta cuando nació… estuve de parto un día y una noche. No te puedes imaginar cuánto dolió, Sansa. Grité tanto que pensé que Robert me oiría desde el Bosque Real.

—¿Su Alteza no estaba con vos?

—¿Robert? Robert estaba cazando. Siempre fue su costumbre. Cuando se acercaba mi hora, mi regio esposo huía hacia los árboles con su partida de caza y sus sabuesos. Al regreso me obsequiaba con unas cuantas pieles o una cabeza de venado, y yo le obsequiaba con un bebé.

»Pero no vayas a pensar que yo quería que estuviera conmigo. Ya tenía al Gran Maestre Pycelle y un ejército de comadronas, y también a mi hermano. Cuando le dijeron a Jaime que no podía entrar en la sala del parto, sonrió y preguntó que quién iba a impedirle pasar.

»Por desgracia, dudo mucho que Joffrey muestre tanta devoción hacia ti. La culpa se la tendrías que echar a tu hermana, si no estuviera muerta. Mi hijo no ha podido olvidar aquel día en el Tridente, cuando viste cómo Arya lo humillaba, de manera que para vengarse él te humilla a ti. Pero eres más fuerte de lo que pareces, sobrevivirás a un poco de humillación. Igual que sobreviví yo. Tal vez no ames al rey, pero amarás a sus hijos.

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