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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Está fría —dijo—. Venga, date prisa.

Alzó a Garra por encima de su cabeza, con las dos manos en torno al puño. «Un golpe, sólo uno, con todas mis fuerzas.» Al menos podía proporcionarle una muerte rápida y limpia. Era hijo de su padre. ¿Verdad? ¿Verdad?

—Hazlo ya —insistió la chica a los pocos instantes—. Bastardo. Hazlo ya. El valor no me va a durar para siempre. —Al no sentir el golpe, giró la cabeza para mirarlo.

—Vete —murmuró Jon bajando la espada. Ygritte lo siguió mirando—. Vete —añadió él—, corre. Antes de que recupere el juicio. Corre.

La chica echó a correr.

SANSA

Hacia el sur, el humo ennegrecía el cielo. Se alzaba serpenteante de un centenar de incendios, con dedos de hollín que manchaban las estrellas. Al otro lado del río Aguasnegras, una línea de llamas ardía toda la noche de horizonte a horizonte, y en la orilla más cercana el Gnomo había hecho incendiar todo lo que había a lo largo de la ribera: muelles, almacenes, casas y burdeles, cualquier edificación que estuviera fuera de los muros de la ciudad.

El aire tenía sabor a ceniza incluso dentro de la Fortaleza Roja. Cuando Sansa encontró a Ser Dontos en el silencio del bosque de dioses, el caballero le preguntó si había estado llorando.

—No, es por el humo —mintió—. Parece como si estuviera ardiendo medio Bosque Real.

—Lord Stannis quiere ahumar a los salvajes del Gnomo para hacerlos salir. —Dontos se tambaleaba al hablar, apoyado con un brazo en un castaño. Tenía una mancha de vino en la túnica roja y amarilla de bufón—. Se dedican a matar a sus exploradores y a asaltar sus líneas de aprovisionamiento. Y los salvajes también han provocado incendios. El Gnomo le dijo a la reina que más valía que Stannis enseñara a sus caballos a comer ceniza, porque no iba a encontrar ni una brizna de hierba. Se lo oí decir. Ahora que soy un bufón oigo muchas más cosas que cuando era caballero. Todo el mundo habla como si yo no estuviera presente. Además… —Se inclinó hacia delante y le echó a la cara el aliento con olor a vino—, la Araña paga con oro cualquier tontería. Creo que el Chico Luna lleva años en su nómina.

«Vuelve a estar borracho. Dice que es mi pobre Florian, y es cierto, pero no tengo a nadie más.»

—¿Es verdad que Lord Stannis quemó el bosque de dioses de Bastión de Tormentas?

Dontos asintió.

—Hizo una gran pira de árboles como ofrenda a su nuevo dios. Se lo ordenó la sacerdotisa roja. Se dice que lo tiene dominado en cuerpo y alma. Stannis juró que, si tomaba la ciudad, quemaría también el Gran Sept de Baelor.

—Ojalá. —La primera vez que Sansa había visto el Gran Sept, con sus paredes de mármol y sus siete torres de cristal, le había parecido la edificación más hermosa del mundo. Pero eso había sido antes de que Joffrey decapitara a su padre en aquellas escaleras—. Quiero que lo quemen.

—Callad, niña, los dioses os van a oír.

—¿Por qué? Mis plegarias no las oyen nunca.

—Sí que os oyen. Me enviaron a vos, ¿no?

Sansa se agarró a la corteza de un árbol. Se sentía mareada, casi febril.

—Os enviaron a mí, pero ¿de qué me habéis servido? Prometisteis que me llevaríais a mi hogar, y todavía estoy aquí.

—He hablado con un hombre al que conozco —dijo Dontos dándole unas palmaditas en el brazo—, es un buen amigo mío… y vuestro, mi señora. Cuando llegue el momento adecuado alquilará un barco rápido para ponernos a salvo.

—El momento adecuado es ahora —insistió Sansa—, antes de que empiece la batalla. Se han olvidado de mí. Podríamos escabullirnos, estoy segura.

—Ay, niña, niña, niña. —Dontos sacudió la cabeza—. Sí, podríamos salir del castillo, pero las puertas de la ciudad están más vigiladas que nunca, y el Gnomo ha cerrado todas las salidas por el río.

Era cierto. El río Aguasnegras estaba desierto como Sansa no lo había visto nunca. Todos los transbordadores estaban anclados en la orilla norte, y las galeras mercantes habían huido, o bien el Gnomo se había apoderado de ellas para utilizarlas durante la batalla. Los únicos barcos que se veían eran las galeras de combate del rey. Remaban sin cesar de arriba abajo, siempre en las aguas profundas del centro del río, intercambiando andanadas de flechas con los arqueros de Stannis situados en la orilla sur.

Lord Stannis estaba todavía en camino, pero su vanguardia había llegado hacía ya dos noches, aprovechando la luna nueva. Al despertar, Desembarco del Rey se había encontrado con el espectáculo de sus pabellones y sus estandartes. Sansa oyó decir que eran cinco mil hombres, casi tantos como capas doradas había en la ciudad. Lucían las manzanas rojas o verdes de la Casa Fossoway, la tortuga de Estermont y el zorro con flores de Florent, y su comandante era Ser Guyard Morrigen, un famoso caballero sureño a quien llamaban Guyard el Verde. En su estandarte aparecía un cuervo volando, con las negras alas extendidas sobre un cielo verde tormentoso. Pero lo que más preocupaba a los habitantes de la ciudad eran los estandartes color amarillo claro, con largas colas que parecían llamas, y en lugar del blasón de alguna casa lucían el símbolo de un dios: el corazón ardiente del Señor de la Luz.

—Cuando llegue Stannis, tendrá diez veces más hombres que Joffrey, lo dice todo el mundo.

—No importa cuán numeroso sea su ejército, pequeña, mientras sigan al otro lado del río. —Dontos le dio un apretón en el hombro—. Sin barcos, Stannis no podrá cruzarlo.

—Tiene barcos. Más que Joffrey.

—Su flota se encuentra muy lejos, en Bastión de Tormentas. Tendría que subir por Garfio de Massey y el Gaznate, y cruzar la Bahía Aguasnegras. Quizá los dioses envíen una tormenta que los barra de los mares. —Dontos le dirigió una sonrisa esperanzadora—. Ya sé que no es fácil para vos. Debéis tener paciencia, niña. Cuando mi amigo regrese a la ciudad tendremos un barco. Tened fe en vuestro Florian, y no temáis nada.

Sansa se clavó las uñas en la palma de la mano. Sentía cómo el miedo le atenazaba la boca del estómago, cada día más. Todavía la asediaban las pesadillas con recuerdos del día de la partida de la princesa Myrcella, eran sueños oscuros y asfixiantes de los que despertaba a media noche sin respiración. Oía los gritos furiosos del gentío, gritos sin palabras, como de animales. La habían rodeado, le habían tirado porquerías, trataron de derribarla de su caballo, y todo habría sido mucho peor si el Perro no se hubiera abierto camino hasta ella a golpes de espada. Habían despedazado al Septon Supremo, le habían aplastado la cabeza a Ser Aron con una roca… Y Dontos le decía que no temiera nada.

La ciudad entera tenía miedo, Sansa lo advertía desde los muros del castillo. Los habitantes se escondían tras postigos cerrados y puertas atrancadas, como si de esa forma pudieran ponerse a salvo. La última vez que cayó Desembarco del Rey los Lannister saquearon y violaron tanto como quisieron, y pasaron por la espada a cientos de hombres, aunque la ciudad les había abierto las puertas. En esta ocasión el Gnomo iba a presentar batalla, y una ciudad que se resistía no podía esperar clemencia.

Dontos no dejaba de decir tonterías.

—Si fuera caballero todavía tendría que ponerme la armadura y subir a las murallas como todos los demás. Ganas me dan de besarle los pies al rey Joffrey y darle las gracias de todo corazón.

—Si le dierais las gracias por convertiros en bufón os volvería a nombrar caballero —replicó Sansa con tono brusco.

—Mi Jonquil es una dama muy lista, ¿eh? —Dontos rió entre dientes.

—Joffrey y su madre dicen que soy estúpida.

—Que lo digan. Es mejor para vos, querida. La reina Cersei, el Gnomo, Lord Varys y todos ésos se vigilan entre ellos atentos como halcones, pero de la hija de Lady Tanda no se preocupa nadie, ¿verdad? —Se cubrió la boca con la mano para disimular un eructo—. Los dioses os guarden, mi pequeña Jonquil. —Se estaba poniendo sentimental, como siempre que bebía mucho vino—. Dad un besito a vuestro Florian. Un besito de buena suerte.

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