Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Dio un paso tambaleante hacia ella. Sansa esquivó los labios húmedos protuberantes, depositó un beso ligero en la mejilla mal afeitada y le deseó buenas noches. Tuvo que echar mano de todas sus energías para no llorar. En los últimos tiempos había estado llorando demasiado. Sabía que era un comportamiento impropio, pero no podía contenerse. Se le llenaban los ojos de lágrimas a menudo, por cualquier tontería, y era incapaz de controlarlas.
No había guardias en el puente levadizo que llevaba al Torreón de Maegor. El Gnomo había situado a casi todos los capas doradas en las murallas de la ciudad, y los caballeros blancos de la Guardia Real tenían deberes más relevantes que ir pisándole los talones. Sansa podría haber ido a cualquier lugar mientras no intentara salir del castillo, pero no había ningún sitio al que quisiera ir.
Cruzó el foso seco con el fondo lleno de estacas de hierro y subió por la estrecha escalera de caracol, pero cuando llegó ante la puerta de su dormitorio no soportó la idea de entrar. Las paredes mismas de la estancia la hacían sentir atrapada, y aunque abriera la ventana de par en par sentía como si le faltara el aire.
Sansa volvió a las escaleras y siguió subiendo. El humo desdibujaba las estrellas y la fina luna creciente, de manera que la noche era oscura y llena de sombras. Pero desde allí se podía divisar todo: las altas torres y los grandes baluartes de la Fortaleza Roja, el laberinto de callejuelas de la ciudad, las aguas oscuras del río al sur y al oeste, la bahía al este, las columnas de humo y pavesas, y hogueras, hogueras por todas partes. Los soldados se movían por las murallas de la ciudad como hormigas con antorchas, poblaban los parapetos que habían brotado de las almenas. Abajo, junto a la Puerta del Lodazal, la forma vaga de tres catapultas gigantescas se alzaba ante la humareda. Eran enormes, las más grandes que nadie hubiera visto jamás, al menos cinco metros más altas que las murallas. Pero ni siquiera aquello conseguía que tuviera menos miedo. Sintió una punzada que la recorría, tan violenta que dejó escapar un sollozo y se llevó las manos al vientre.
Estuvo a punto de caerse, pero de pronto una sombra se movió, y unos dedos fuertes la sujetaron por el brazo hasta que recuperó el equilibrio.
Sansa se apoyó en las almenas y clavó los dedos en la piedra áspera.
—Dejadme —sollozó—. Soltadme.
—El pajarito cree que tiene alas, ¿eh? ¿O qué quieres, acabar tullida como tu hermanito?
—No me iba a caer. —Sansa se retorció para librarse de él—. Es que… me habéis sobresaltado, nada más.
—Quieres decir que te he asustado. Y todavía te asusto.
—Creía que no había nadie, y… —Respiró hondo para tratar de calmarse. Apartó la vista.
—El pajarito aún no soporta mirarme a la cara, ¿verdad? —El Perro la soltó—. Pues cuando el populacho te tenía rodeada, bien que te alegraste de verme, ¿no te acuerdas?
Sansa se acordaba demasiado bien. Se acordaba de los gritos y los insultos, de cómo le corría la sangre por la mejilla cuando le lanzaron la piedra, del olor a ajo en el aliento del hombre que había intentado derribarla del caballo. Todavía sentía el pellizco doloroso de unos dedos en la muñeca cuando perdió el equilibrio y empezó a caer.
En aquel momento pensó que iba a morir, pero los dedos se estremecieron, los cinco a la vez, y el hombre lanzó un grito agudo como un relincho de caballo. La mano la soltó, y otra mano, más fuerte, la afianzó en la silla de montar. El hombre del aliento de ajo estaba en el suelo, la sangre manaba a borbotones del muñón de su brazo; pero había más, la rodeaban, muchos llevaban palos en las manos. El Perro saltó contra ellos, su espada era un torbellino de acero que levantaba a su paso una neblina roja. Cuando sus enemigos huyeron soltó una carcajada, durante un momento aquel espantoso rostro quemado se transformó.
Se obligó a alzar la vista, a mirarlo de verdad. Era una muestra de cortesía, y una dama siempre debía ser cortés. «Lo peor no son las cicatrices, ni cómo se le retuerce la boca. Lo peor son los ojos.» Jamás había visto unos ojos tan llenos de ira.
—De… debí ir a veros… después de aquello —dijo a trompicones—. Para… para daros las gracias… por salvarme… fuisteis muy valiente.
—¿Valiente? —Soltó una carcajada que más bien parecía un gruñido—. Un perro no necesita valor para espantar a las ratas. Eran treinta contra mí, y ni uno osó hacerme frente.
Sansa no soportaba que siempre fuera tan brusco, que hablara de manera tan iracunda.
—¿Os proporciona placer asustar a la gente?
—No. Lo que me proporciona placer es matarla. —Retorció la boca en una mueca—. Arruga el ceño si quieres, pero no me vengas con monsergas. Eras hija de un gran señor. No me digas que Lord Eddard Stark de Invernalia no mató nunca a nadie.
—Sí, pero lo hacía porque era su deber. No le gustaba.
—¿Eso te decía? —Clegane soltó otra carcajada—. Tu padre te mintió. No hay nada mejor que matar. —Desenvainó la espada larga—. Mira, esto sí es la verdad. Tu querido padre lo descubrió en las escaleras de Baelor. Señor de Invernalia, Mano del Rey, Guardián del Norte, el poderoso Eddard Stark, de una estirpe que se remonta más de ocho mil años… pero a la espada de Ilyn Payne le dio igual a la hora de atravesarle el cuello. ¿Te acuerdas de cómo bailó cuando le quitaron la cabeza de encima de los hombros?
—¿Por qué sois siempre tan odioso? —Sansa se estrechó los brazos contra el cuerpo. De repente tenía mucho frío—. Yo os estaba dando las gracias…
—Sí, como si fuera uno de esos verdaderos caballeros que tanto te gustan. ¿Para qué crees que sirven los caballeros, niña? Tú piensas que todo es cosa de recibir prendas de las damas y quedar guapo con una armadura chapada en oro. Pero no, los caballeros sirven para matar. —Le puso la espada en el cuello, justo debajo de la oreja. Sansa sintió el filo del acero—. La primera vez que maté a un hombre tenía doce años. Y he perdido la cuenta de los que he matado desde entonces. Grandes señores de noble linaje, ricachones gordos vestidos de terciopelo, caballeros hinchados como vejigas de tanto honor, y sí, también mujeres y niños. No son más que carne, y yo soy el carnicero. Que se queden con sus tierras, con sus dioses y con su oro. Que se queden con sus títulos de ser. —Sandor Clegane escupió a sus pies para demostrarle lo que opinaba de ellos—. Que yo me quedo con esto —dijo al tiempo que le apartaba la espada de la garganta—. Mientras lo tenga, no temeré a ningún hombre.
«Excepto a vuestro hermano —pensó Sansa, aunque tuvo suficiente sentido común para no decirlo en voz alta—. Es un perro, como él mismo dice siempre. Un perro medio salvaje y malvado que muerde la mano que intenta acariciarlo, pero aun así atacará a cualquiera que intente hacer daño a sus amos.»
—¿Ni siquiera a los que están al otro lado del río?
Clegane desvió la vista hacia las hogueras lejanas.
—Hogueras y más hogueras. —Envainó la espada—. Sólo los cobardes luchan con fuego.
—Lord Stannis no es ningún cobarde.
—Tampoco es tan hombre como lo fue su hermano. Robert nunca había dejado que una minucia como un río lo detuviera.
—¿Qué haréis vos cuando lo cruce?
—Luchar. Matar. Puede que morir.
—¿Y no tenéis miedo? Puede que los dioses os envíen a un infierno espantoso por todo el mal que habéis hecho.
—¿Qué mal? —Se echó a reír—. ¿Qué dioses?
—Los dioses que nos hicieron a todos.
—¿A todos? —se burló—. Dime, pajarito, ¿qué clase de dioses hacen a un monstruo como el Gnomo, o a una retrasada como la hija de Lady Tanda? Si hay dioses, hicieron a las ovejas para que los lobos pudieran comer carne, y también hicieron a los débiles para que los fuertes jugaran con ellos.