Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Eso es todo, Gelb. —Quizá se debió al tono imperativo que solía utilizar en el barco o puede que la máscara no ocultara su fría mirada, pero Gelb se incorporó de un brinco y se dirigió hacia la abertura del muro haciendo reverencias y mascullando disculpas.
Egeanin permaneció sentada después de que el hombrecillo se hubo marchado para darle tiempo a salir del Jardín de las Brisas Plateadas. Alguien lo seguiría fuera para comprobar que no se quedaba esperando para ir en pos de ella. Todo este acechar y ocultarse la asqueaba; casi deseó que ocurriera cualquier cosa que echara a perder su disfraz y le proporcionara la ocasión de afrontar una lucha cara a cara.
Allá abajo, en la bahía, entraba un nuevo velero, un bergantín de los Marinos con sus imponentes mástiles y sus numerosas velas. Había examinado un bergantín capturado, pero habría dado cualquier cosa por que pusieran a su mando una de estas naves; no obstante, sospechaba que se necesitaría una tripulación de Marinos para encargarse de los aparejos y sacar el mejor partido al velero. Los Atha’an Miere no se mostraban muy dispuestos a coger los remos; el resultado no sería tan bueno si tenía que comprar una tripulación. ¡Una tripulación al completo! La cantidad de oro que le llegaba a través de los botes mensajeros para que gastara a manos llenas se le estaba subiendo a la cabeza.
Cogió la bolsa de yute y empezó a incorporarse, pero volvió a tomar asiento precipitadamente cuando vio a un hombre de anchos hombros que abandonaba otra de las mesas. El cabello oscuro, largo hasta los hombros, y la barba que dejaba al descubierto el labio superior enmarcaban el redondo rostro de Bayle Domon. No llevaba máscara, por supuesto; el hombre tenía a su mando una docena de barcos costeros que entraban y salían de Tanchico y, aparentemente, le importaba poco que cualquiera supiera su paradero. Máscaras. Qué reacción más absurda la suya. Con la máscara no podía reconocerla. A pesar de todo, esperó hasta que se hubo marchado antes de abandonar la mesa. Cabía la posibilidad de que tuviera que ocuparse de él si se convertía en un peligro.
Selindra cogió el oro que le tendió con una melosa sonrisa al tiempo que hacía votos por que Egeanin siguiera otorgándole el favor de sus visitas. La propietaria del Jardín de las Brisas Plateadas llevaba el oscuro cabello tejido en docenas de trencillas y vestía ropas de seda ajustadas y casi lo bastante transparentes para emular a una joven servidora, así como uno de aquellos velos que a Egeanin le hacían desear preguntar a las tarabonesas qué danzas sabían ejecutar. Las danzarinas de Shea llevaban unos velos muy semejantes y poco más. Empero, pensó Egeanin mientras se dirigía hacia la salida, esta mujer tenía una mente muy despierta o, en caso contrario, no habría sabido sortear los escollos de Tanchico atendiendo a todas las facciones de la ciudad sin enemistarse con ninguna de ellas.
Como para confirmar su razonamiento, un hombre alto, que llevaba una blanca capa y peinaba canas en las sienes, de rostro y ojos duros, se cruzó con Egeanin y recibió la bienvenida de Selindra. La capa de Jaichim Carridin lucía un sol radiante en el pecho con cuatro nudos dorados debajo y un cayado de pastor de color carmesí detrás. Un Inquisidor de la Mano de la Luz, un alto oficial de los Hijos de la Luz. La mera idea de la Orden escandalizaba a Egeanin; era una atrocidad que existiera un cuerpo militar que no tenía que responder de sus actos ante nadie. Sin embargo, Carridin y los pocos cientos de soldados a su mando tenían cierto poder en Tanchico, donde la mayoría del tiempo no parecía existir ningún tipo de autoridad. La Fuerza Civil ya no patrullaba las calles, y el ejército —o la parte que todavía se mantenía leal al rey— estaba demasiado ocupado en defender las fortalezas que rodeaban la ciudad. A Egeanin no le pasó inadvertido el hecho de que Selindra ni siquiera dirigiera una mirada de soslayo a la espada que colgaba en la cadera de Carridin. Definitivamente, este hombre tenía poder.
Tan pronto como pisó la calle, sus porteadores se adelantaron con el palanquín de entre los grupos que esperaban a sus señores; los guardias personales se situaron a su alrededor con las lanzas. Formaban un grupo desigual, algunos con cascos de acero y tres de ellos con coseletes reforzados con láminas imbricadas; eran hombres malcarados, posiblemente desertores del ejército, pero conscientes de que seguir con el estómago lleno y con plata en el bolsillo para gastar dependía de velar por su seguridad. Incluso los porteadores llevaban grandes cuchillos y garrotes sujetos debajo de los fajines. Nadie cuyo aspecto denotara que tenía dinero se atrevía a salir a la calle sin la protección de una guardia personal. De todos modos, aunque Egeanin hubiera decidido correr ese riesgo, su proceder habría llamado la atención.
Los guardias abrieron paso entre la multitud sin dificultad. Los tropeles de gentes se arremolinaban por los estrechos callejones que serpenteaban a través de las colinas de la ciudad y dejaban espacios despejados en torno a los palanquines rodeados de guardias. Apenas se veían carruajes; los caballos se estaban convirtiendo en un lujo.
La descripción más adecuada de la apariencia de la apiñada multitud era «agotada y frenética». Rostros cansados, ropas ajadas, expresiones desesperadas en las que todavía alentaba la esperanza a pesar de saber que no la había. Muchos se habían rendido y se acurrucaban contra las paredes o en los umbrales de las puertas aferrando a esposas, maridos, hijos; el aspecto de éstos no sólo era de cansancio, sino que sus semblantes pálidos carecían de expresión. A veces parecían salir de su estupor lo suficiente para pedir a algún transeúnte una moneda, un mendrugo, cualquier cosa.
Egeanin mantuvo la vista al frente, confiando en que sus guardias detectaran cualquier peligro. Mirar a uno de esos mendigos significaba encontrarse rodeado por veinte desheredados más, y arrojar una moneda tenía por consecuencia que se abalanzaran otros cien clamando compasión y sollozando. De hecho, ya estaba dedicando una parte del dinero de los botes mensajeros para pagar una olla común, como si perteneciera a la Sangre. Se estremeció al pensar qué consecuencias le acarrearía si se descubría lo que era excederse a su posición. Ya puesta, podía vestirse con brocados y afeitarse la cabeza.
Se pondría fin a esta penosa situación cuando Tanchico cayera; todo el mundo tendría alimentos y cada cual ocuparía el lugar que le correspondía. Y ella podría olvidarse de vestidos y otras cosas que no le eran familiares ni por las que sentía inclinación, y de nuevo ocuparía su puesto en un barco. Al menos Tarabon, y puede que también Arad Doman, estaban listas para desmoronarse con el más leve toque, como seda quemada. ¿Por qué no actuaba la Augusta Señora Suroth? ¿Qué la detenía?
Jaichim Carridin estaba arrellanado en la silla, con la capa extendida sobre los brazos tallados, estudiando a los nobles taraboneses vestidos con chaquetas bordadas con oro, que ocupaban las otras sillas del reservado. Estaban tiesos en sus asientos, con un gesto tenso en los labios debajo de las máscaras realizadas a semejanza de halcones, leones y leopardos. De todos, él era quien más motivos tenía para estar preocupado, pero se las ingeniaba para mantener una actitud tranquila. Hacía dos meses que había recibido la noticia de que un primo había sido encontrado desollado vivo en su propio dormitorio, tres desde que su hermana menor, Dealda, había sido secuestrada en el banquete nupcial por un Myrddraal. El mayordomo de la familia era quien le había escrito, estupefacto, frenético, por la tragedia sobrevenida a la casa Carridin. Dos meses. Confiaba en que Dealda hubiera muerto rápidamente. Se decía que las mujeres perdían enseguida la razón en manos de un Myrddraal. Dos meses completos. Cualquier otro que no fuera Jaichim Carridin estaría sudando sangre.
Todos los hombres sostenían una copa de oro en la mano, pero no había sirvientes. La propia Selindra había escanciado el vino antes de marcharse asegurándoles que nadie los molestaría. De hecho, no había nadie más que ellos en esta planta, la última del Jardín de las Brisas Plateadas. Dos hombres que habían venido acompañando a los nobles —miembros de la guardia del rey, a menos que Carridin estuviera equivocado en sus apreciaciones— se encontraban apostados al pie de la escalera para garantizar que la reunión fuera privada.