Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Con sus lámparas doradas y techos taraceados con bronce trabajado con cincel y pulido hasta darle un brillo dorado, sus camareras y camareros, escogidos por su gracia, belleza y discreción, el Jardín de las Brisas Plateadas había sido la vinatería más cara de la ciudad incluso antes de que surgieran los problemas. Ahora los precios eran exorbitantes. Empero, todavía acudían aquellos que manejaban grandes sumas de dinero, quienes manejaban poder e influencia o creían que lo hacían. En algunos aspectos había menos donde hacer tratos; en otros, más.
Unos muros bajos rodeaban cada mesa, creando islas esparcidas sobre las baldosas verdes y doradas. Cada muro, trabajado con la delicadeza de un encaje para que ningún curioso pudiera escuchar a escondidas, tenía justo la altura adecuada para ocultar quién se encontraba con quién a las miradas de los que pasaran por allí. A pesar de ello, los parroquianos solían acudir con máscaras, sobre todo últimamente, y algunos tenían un guardia personal pegado a su mesa, también enmascarado para evitar ser reconocidos, si el patrón era prudente. Y, según los rumores, sin lengua, para los más prudentes. Ninguno de los guardias parecía ir armado a primera vista; la propietaria del Jardín de las Brisas Plateadas, una mujer esbelta de edad indeterminada que se llamaba Selindra, ahora no permitía que se entrara con armas. Su norma no se quebrantaba, al menos abiertamente.
Desde su mesa habitual pegada a la balaustrada, Egeanin contemplaba los barcos en la bahía, sobre todo los que zarpaban. La hacían desear encontrarse de nuevo sobre la cubierta de un velero dando órdenes. Jamás imaginó que el deber la llevaría a esto.
De manera inconsciente se arregló la máscara de terciopelo que ocultaba la mitad superior de su cara; se sentía ridícula llevando esta cosa absurda, pero era necesario para pasar inadvertida hasta cierto punto. La máscara —azul para ir a juego con el vestido de seda con alto cuello de encaje—, el propio vestido y el oscuro cabello que había dejado crecer hasta los hombros era todo lo que se sentía capaz de hacer. Pasar por tarabonesa no era preciso —Tanchico rebosaba de refugiados, muchos de ellos forasteros afectados por los conflictos— y, en cualquier caso, estaba fuera de su alcance. Estas gentes eran animales; no tenían disciplina ni orden.
Renuentemente, dio la espalda a la bahía para volverse hacia su compañero de mesa, un tipo de rostro estrecho con la sonrisa de una voraz comadreja. El raído cuello de la camisa de Floran Gelb estaba fuera de lugar en el Jardín de las Brisas Plateadas; el hombre se limpiaba las manos en la chaqueta constantemente. Egeanin siempre se encontraba aquí con los untuosos hombrecillos con los que se veía obligada a tratar. Era una especie de recompensa para ellos y un modo de mantenerlos desazonados.
—¿Qué me traéis, maese Gelb?
El hombre se limpió las manos otra vez antes de dejar sobre la mesa una burda bolsa de yute, y la miró con ansiedad. Egeanin la puso sobre el regazo antes de abrirla. Dentro había un a’dam de metal plateado, un collar y un brazalete unidos por una correa diestramente trabajada. Cerró la bolsa y la soltó en el suelo. Con éste eran tres los que Gelb había recuperado; más que ninguno de los otros.
—Muy bien, maese Gelb. —Una bolsita cambió de manos por encima de la mesa, y Gelb la hizo desaparecer debajo de la chaqueta como si en su interior estuviera la corona de la emperatriz en lugar de un puñado de monedas de plata—. ¿Tenéis algo más?
—Sí. Es respecto a esas mujeres, las que queríais que buscara.
Se había acostumbrado a la forma tan rápida de hablar de esta gente, pero habría querido que el tipo dejara de lamerse los labios de ese modo y no porque con ello hiciera más difícil de entender lo que decía, sino porque resultaba desagradable.
Estuvo en un tris de decirle que ya no estaba interesada, pero, después todo, este asunto era parte de la razón de que estuviera en Tanchico. Puede que ahora fuera la única razón.
—¿Qué pasa con ellas? —El hecho de que se le hubiera pasado por la cabeza la idea de zafarse de su deber provocó que empleara un tono más cortante de lo que era su intención, y Gelb se encogió.
—Creo… Creo que he encontrado a otra.
—¿Estáis seguro? Anteriormente ya ha habido… equivocaciones.
Equivocaciones era una manera suave de decirlo. Casi una docena de mujeres que guardaban un vago parecido con las descripciones no pasaron de ser una pequeña molestia que no tardó en olvidar una vez que las vio. Pero aquella noble, una refugiada de los estados arrasados por la guerra… Gelb la había raptado en la calle pensando que obtendría más beneficios si se la entregaba que si se limitaba a informar de su paradero. En su defensa, tenía que admitir que lady Leilwin guardaba un gran parecido con una de las mujeres que Egeanin buscaba, pero le había dicho a Gelb que ninguna de ellas hablaba con un acento que le resultara familiar, entre ellos el tarabonés de la noble. Egeanin no quería asesinar a la mujer, pero en Tanchico podía haber alguien que prestara oídos a su historia, de modo que Leilwin acabó, amordazada y maniatada, en uno de los botes mensajeros en plena noche; era joven y hermosa, y alguien encontraría una utilidad mejor para ella que degollarla. Sin embargo, Egeanin no estaba en Tanchico para encontrar jóvenes servidoras para la Sangre.
—Nada de equivocaciones, señora Elidar —aseguró con premura Gelb a la par que esbozaba una mueca que dejaba ver sus dientes—. Esta vez, no. Pero… necesito un poco de oro. Para asegurarme. Para acercarme lo bastante. ¿Os parece bien cuatro o cinco coronas?
—Pago por resultados —repuso firmemente Egeanin—. Después de vuestros errores, tenéis suerte de que siga haciendo tratos con vos.
Gelb se lamió los labios con nerviosismo.
—Volviendo al principio, dijisteis que tendríais algunas monedas para aquellos que realizaron ciertos trabajos especiales. —Un tic nervioso agitó un músculo de su mejilla; sus ojos escudriñaron fugazmente en derredor, como si temiera que alguien estuviera escuchando tras el adornado muro que rodeaba la mesa por tres lados, y su voz se redujo a un ronco susurro—. ¿Provocar problemas, por ejemplo? Me ha llegado un rumor, a través de un tipo que es guardia personal de lord Brys, respecto a la Asamblea y a la elección de una nueva Panarch. Creo que podría ser verdad. El hombre estaba borracho y, cuando se dio cuenta de lo que había dicho, casi se ensució encima. Aun en el caso de que no sea cierto, algo así desgarraría Tanchico.
—¿Creéis que es necesario pagar dinero para generar problemas en esta ciudad? —Tanchico era como una fruta podrida que caería con el primer soplo de aire. Todo estaba podrido en esta condenada tierra. Estuvo tentada de comprar su «rumor». Al fin y a la postre, se suponía que era una comerciante que adquiría todo tipo de información y que a su vez la vendía, pero tratar con Gelb la ponía enferma. Además, sus propias dudas la asustaban—. Eso es todo, maese Gelb. Sabéis cómo poneros en contacto conmigo si encontráis otro objeto como éste. —Tocó la bolsa burdamente tejida.
En lugar de levantarse de la silla, el hombre continuó sentado, mirándola intensamente como si quisiera ver a través de la máscara.
—¿De dónde sois, señora Elidar? Esa pronunciación vuestra tan suave, uniendo las palabras… Os pido disculpas. No es mi intención ofenderos, pero no acabo de ubicaros.