Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
Reuben contempló los muebles antiguos, las obras de arte de buen gusto que cubrían las paredes y las esculturas expuestas en hornacinas de estilo clásico. Restregó la puntera de la bota en la bonita alfombra oriental del salón.
– ¿No necesitan un cuidador para la casa hasta que se resuelva el tema?
– Va a ser que no -respondió Caleb.
Bajaron en el ascensor y se reunieron con Milton en la pequeña antesala. La puerta de la cámara acorazada era un mamotreto de acero de más de medio metro de grosor, con un teclado informático y una ranura para la llave de seguridad especial.
Caleb les dijo que la llave y la combinación tenían que introducirse a la vez.
– Jonathan me dejó entrar con él en la cámara varias veces.
La puerta se abrió silenciosamente gracias a unas potentes bisagras, y entraron. El lugar hacía unos tres metros de ancho, un poco menos de alto y parecía tener unos diez metros de largo. En cuanto entraron en la cámara, se encendió una luz tenue especial que les permitía ver razonablemente bien.
– Está hecha a prueba de bombas y es ignífuga. Y la temperatura y la humedad están controladas -explicó Caleb-. Es obligatorio en el caso de los libros raros, sobre todo en los sótanos, donde esos niveles pueden fluctuar drásticamente.
La cámara estaba forrada de estanterías que alojaban libros, folletos y otros artículos que, incluso para el ojo poco avezado, parecían singulares y de gran valor.
– ¿Podemos tocar algo? -preguntó Milton.
– Mejor que lo haga yo -respondió Caleb-. Algunos de estos artículos son muy frágiles. Muchos no han visto la luz natural desde hace más de cien años.
– ¡Joder! -exclamó Reuben, recorriendo con el dedo el lomo de uno de los libros-. Como una pequeña cárcel en la que cumplen cadena perpetua.
– Es una visión muy injusta, Reuben -dijo Caleb, regañándole-. Protege los libros para que las siguientes generaciones puedan disfrutar de ellos. Jonathan no reparó en gastos para albergar su colección con un gusto exquisito.
– ¿Qué tipo de colección tenía? -preguntó Stone. Estaba mirando un tomo muy antiguo cuya tapa parecía tallada en roble.
Caleb sacó con sumo cuidado el libro en el que Stone se había fijado.
– Jonathan tenía una buena colección, aunque tampoco era fabulosa; él era el primero en reconocerlo. Todos los grandes coleccionistas tienen una cantidad de dinero prácticamente ilimitada; pero, más que eso, tienen un plan sobre el tipo de colección que quieren y lo siguen con una determinación que no es otra cosa que obsesión.
Se llama bibliomanía, la obsesión más «sutil» del mundo. Todos los grandes coleccionistas la han tenido.
Miró a su alrededor.
– Hay algunos volúmenes imprescindibles en las mejores colecciones que Jonathan nunca podría haber tenido.
– ¿Como qué? -preguntó Stone.
– Los infolios de Shakespeare. El primer infolio sería un caso obvio, por supuesto. Contiene novecientas páginas con treinta y seis obras de teatro. No se conserva ninguno de los manuscritos originales del Bardo, por eso los infolios tienen tantísimo valor. Hace unos años se vendió un primer infolio en Inglaterra por tres millones y medio de libras.
Milton dejó escapar un silbido y meneó la cabeza.
– A unos seis mil dólares la página.
– Luego están las adquisiciones obvias: William Blake, el Principia Mathematica de Newton y algo de Caxton, el primer impresor inglés. Si no recuerdo mal, J. P. Morgan tenía más de sesenta Caxton en su colección. Un Mainz Psalter de 1457, The Book of St. Albans y, por supuesto, una Biblia de Gutenberg. En el mundo sólo hay tres Gutenberg como nuevas impresas en pergamino. Uno de los ejemplares está en la Biblioteca del Congreso. No tienen precio.
Caleb recorrió un estante con la mirada.
– Jonathan tiene la edición de 1472 de la Divina Comedia de Dante, que sería muy apreciada en cualquier colección de primera categoría. También posee el Tamerlane de Poe, del que existen poquísimos ejemplares y que es muy difícil de encontrar. Hace tiempo se vendió uno por casi doscientos mil dólares. Últimamente, la fama de Poe ha ido en aumento; así que hoy se cotizaría por un precio mucho mayor. La colección incluye una buena selección de incunables, alemanes en su mayoría, pero también algunos italianos, y una muestra representativa de primeras ediciones de novelas más contemporáneas, muchas de ellas autografiadas. Era especialista en curiosidades estadounidenses y tiene una extensa muestra de escritos personales de Washington, Adams, Jefferson, Franklin, Madison, Hamilton, Lincoln y otros. Como he dicho, es una buena colección; aunque no puede considerarse extraordinaria.
– ¿Qué es eso? -preguntó Reuben, señalando una esquina poco iluminada del fondo de la cámara.
Todos se arremolinaron en torno al objeto. Era un pequeño retrato de un hombre de la época medieval.
– No recuerdo haberlo visto anteriormente -reconoció Caleb.
– ¿Por qué puso un cuadro en la cámara? -añadió Milton.
– Y sólo uno… -comentó Stone-. No es que sea una gran pinacoteca.
Examinó el retrato desde distintos ángulos antes de tocar uno de los extremos del marco y tirar de él.
Se abrió mediante unas bisagras y dejó al descubierto la puerta de una especie de cerradura con combinación empotrada en la pared.
– Una caja fuerte dentro de la cámara acorazada -dijo Stone-. Prueba la combinación que te dio el abogado para la cámara, Caleb.
Caleb la probó, pero no funcionó. Luego probó otros números, sin éxito.
– La gente suele utilizar una combinación que le resulte fácil de recordar para no tener que anotarla -comentó Stone-. Pueden ser números, letras o ambos.
– ¿Por qué dio a Caleb la llave y la combinación de la cámara acorazada y no le dio la combinación de la caja fuerte del interior? -preguntó Milton.
– Tal vez imaginó que Caleb la sabría por algún motivo -señaló Reuben.
Stone asintió:
– Estoy de acuerdo con Reuben. Piensa, Caleb. Quizás esté relacionada con la sala de lectura de Libros Raros.
– ¿Por qué? -preguntó Milton.
– Porque podríamos decir que ésta es la sala de lectura de Libros Raros de DeHaven.
Caleb se paró a pensar.
– Bueno, Jonathan abría la sala todos los días, más o menos una hora antes de que llegaran los demás. Lo hacía con unas llaves con alarma especiales, y también tenía que introducir un código de seguridad para abrir las puertas. Pero desconozco ese código.
– Quizá sea algo más sencillo. Tan sencillo que lo tienes delante de las narices.
De repente, Caleb chasqueó los dedos.
– Por supuesto. Lo tengo delante de las narices todos los días. -Introdujo un código en el teclado digital de la caja fuerte y la puerta se abrió sin problemas.
– ¿Qué clave has utilizado? -preguntó Stone.
– LJ239. Es el código de la sala de lectura de Libros Raros. Lo veo siempre que voy a trabajar.
La caja fuerte contenía un solo artículo. Caleb extrajo la caja con cuidado y la abrió lentamente.
– Esa cosa está un poco hecha polvo -dijo Reuben.
Era un libro, tenía la tapa negra y rasgada y estaba empezando a soltarse. Caleb lo abrió con cuidado y fue a la primera página. Luego pasó otra página, y otra más.
Al final, dejó escapar un fuerte suspiro.
– ¡Dios mío!
– Caleb, ¿qué es? -preguntó Stone.
A Caleb le temblaban las manos. Habló lentamente y con voz temblorosa:
– Me parece que… creo que es una primera edición del Libro de los Salmos.
– ¿Es difícil de encontrar? -inquirió Stone.
Caleb lo miró perplejo.
– Es el artículo impreso más antiguo que ha sobrevivido en lo que es ahora Estados Unidos, Oliver. Sólo existen once libros de salmos como éste en todo el mundo, y sólo quedan cinco íntegros. No están a la venta. La Biblioteca del Congreso posee uno, pero nos lo transfirieron hace décadas. Creo que, de lo contrario, no podríamos haberlo comprado.