El anillo en el agua
- Автор: Marin Rafael
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:
Allí estaba Serafín, con su barba redonda y su jersey de cuello alto, cantando historias propias con un estilo que nos recordaba a Patxi Andión o a Labordeta; y Julián, rubio y algo descafeinado, que cantaba las canciones de Serrat pero cambiándole detalles a la letra (yo era un purista y eso me molestaba un poco, pero es que sustituir aquello de «murió el poeta lejos del hogar» por «murió Antonio» no sólo me parecía una descortesía para el autor, sino una familiaridad indigna para con el poeta); y Charo Barrios, que cantaba muy tiesa, con voz de cristal, retorciendo las manos, como Nacha Guevara; y Ana Forero, pequeñita y pechugona, que escribía sus propias canciones y estudiaba filosofía y letras y nos encandilaba con su voz y su presencia (también nos intimidaba por otras causas). Antes de que Ana Belén se convirtiera en musa, nosotros ya teníamos a otra Ana por bandera. Fue el primer maratón que organizamos, y como los otros que luego vendrían resultó todo un éxito.
(La ciudad, por cierto, no estaba muerta ni estaba viva. Estaba zombie).
LITERATURA VERSUS GASTRONOMÍA
Manolo Chulián no se marchaba a estudiar a ninguna parte, pero a finales de verano decidió que ya era hora de abandonarnos. No es que se hartara de que Téllez le llenara la casa de gente (las reuniones habían dejado de ser multitudinarias), sino que un buen día se enamoró según parece y eso era mucho más importante para él, que no escribía ni pintaba nada, que un puñado de chalados con complejo de genios. En realidad Manolo había pasado por Jaramago sin romperlo ni mancharlo, como un testigo de excepción algo despistado en aquella explosión de júbilo creativo. Manolo siempre había tenido complejo de buen samaritano, y en su haber se contaban romances algo extraños con cieguecitas o paralíticas donde el sentimiento amoroso se confundía con eso que alguien ha llamado compromiso cristiano. Manolo iba a remolque de los otros, arrastrado por las aguas de cauces ajenos a las que no se resistía, hasta que abrió los ojos y decidió que ya estaba bien de hacer el perla. No sé si lo consiguió.
Manolo me confió una tarde, frente al Instituto Columela, sentados los dos en un frío banco de mármol, su particular teoría del amor y de la vida. La bolita tenía que entrar en el hoyo, me insistía una y otra vez, dándome a entender con aquella metáfora simple que creía por fin que su bolita había entrado en el blanco. Yo se lo podía haber explicado con más claridad, con otro tópico más sencillo: había encontrado su media naranja, pero por una vez fui discreto y no le dije nada.
Juanito pasó a encargarse fugazmente de la tesorería del Colectivo. Esa misma noche, tras una reunión urgente en una de las aulas vacías del instituto, Vicente me confesó camino de Los Lunares, tímido hasta la violencia:¿Sabes una cosa? Yo también quiero formar parte de Jaramago.
A las litronas, entonces, todavía no las llamábamos butanos, pero de vez en cuando la pandilla hacía fondo común y comprábamos una o dos botellas para compartir entre los doce. Aquello nos supo a poco y en seguida nos dio por acompañar a la cerveza de patatas, mortadela y raciones de pescao frito, lo que demuestra que tal vez fuimos precursores de una moda, pero yendo mucho más allá, trascendiéndola ya en sus comienzos.
Nuestro Café Gijón, de cualquier forma, existía desde hacía meses. Libres de la calle, encontramos refugio en un bar pequeño y suculento, de dueño gallego y agarrado, Los Lunares. No buscábamos allí veleidades literarias, ni tertulias, ni mujeres. Los Lunares era parada obligatoria antes de volver a casa cada noche (menos los miércoles, que cerraba), un lugar acogedor, algo chillón, donde nos poníamos pujos de ensaladilla, flamenquines y tapitas de arroz los domingos a mediodía. Fue el principio del fin de mi cinturita de avispa, ¿pero quién se resistía, qué más daba?
El abuelo de Juanito, que regentaba un despacho de vinos justo enfrente, nos invitaba de vez en cuando, si le llegaba el sueldo, y quizá por eso pasábamos por delante con más frecuencia de la necesaria, a ver si caía algo, en metálico o en medias raciones. No siempre había suerte, pero pronto ideamos un sistema para remediar nuestro apetito ya voraz. Descubrimos que, en el ajetreo de clientes y platos volando de un extremo a otro de la barra, los camareros se volvían locos y no siempre apuntaban todo lo que comíamos, que era una barbaridad (recuérdese que allí acudían Juanito y Téllez, dos pesos pesados de aquellas lides), en parte porque con maldad sibilina hacíamos el pedido a uno y otro, intermitentemente, hasta que acabábamos por confundirlos y ellos ya no sabían cuál de los dos nos estaba atendiendo, ni quién nos cobraba. La estrategia nos dio resultado durante mucho tiempo, pero en nuestro desquite he de añadir que el bar no se arruinó ni echó tapas en falta.
Cuando había menos clientes, o cuando nuestra hambre adquiría ya proporciones homéricas, no nos resultaba difícil convencer a Juanito, tesorero en activo, para recurrir a los fondos de la revista e invertirlos en sabrosa ensaladilla y no en clichés rancios. Juanito se dejaba sobornar con una sonrisa y pedía otra ronda de tapitas.
UN ABRIGO VERDE DE ESPIGAS
Empezó el nuevo curso. Nuevas experiencias, nuevos profesores, una forma distinta de ver la vida, tal vez. La universidad, o un sucedáneo que se le parecía (no podíamos notar la diferencia). Caras nuevas, gestos desconocidos, la misma ansiedad en cada mesa, repetida. Un juego de tacones retrasado cada mañana, un abrigo verde de espigas, y unos ojos chispeando, un olor, una sonrisa.
No podía reprocharle nada a mi amigo Manolo. Empezó el nuevo curso y también mi bolita cayó en el hoyo.
POETA DE BARRIO
El Colectivo se había visto reducido a la cuarta parte, pero eso no significó que el invierno que se avecinaba fuera a hacerlo desaparecer. Antes al contrario, como ya nos habíamos hecho un nombrecito a nivel local, e incluso comarcal, el relevo del verano nos lanzó a un sinfín de actos culturales con los que pretendíamos seguir sacudiendo las conciencias. Ya habíamos comprobado que teníamos gancho, poder de convocatoria, ganas de formar, informar y entretener (éramos como televisión española pero sin cámaras). Mientras decidíamos cómo editar el número cuatro dedicado al 27, nos vimos en la necesidad de publicar un suplementito de pocas páginas, en papel amarillo, por dar salida al material sobrante y compensar las pesetas que se nos escapaban en ensaladilla (la multicopista, esta vez, nos la prestaron en la facultad de Filosofía y Letras). También, ya avanzado febrero, publicamos un complemento, un cuadernillo fotocopiado dedicado en exclusiva a tres poetas de nuestro entorno: Juan José Téllez, Manolo Ruiz Torres, y Juan José Iglesias, me parece. Al complemento le pusimos por nombre «A tientas», en homenaje a un poemita de Carlos Álvarez que nos había acompañado desde un almanaque de mesa en casa de Manolo Chulián, en nuestra prehistoria. Se vendió bastante bien.
Nuestro ímpetu andalucista no se paró en la manifestación del 4D. Téllez tenía también alma de disc-jockey (unos años después trabajaría en la radio), y se montó un discoforum dedicado al tema con la colaboración, más o menos entre dientes, de una organización dedicada a tales fines en la Casa de la Juventud, en la calle Cánovas del Castillo, sobre el minicine donde Roman Polanski nos había aterrorizado de muerte ese verano con su magistral El Quimérico Inquilino, sobre todo a Juanito, que no durmió en un par de noches y hasta juró matarnos con un hacha, por asustarlo.
Los encargados del discoforum eran rockeros que empezaban a mosquearse porque su repercusión entre la juventud de la ciudad era casi nula. Nadie acudía a comentar a Emerson, Lake & Palmer, Crim Crymson o Led Zeppelin. Nos prestaron el lugar pensando uque iban a acudir cuatro gatos para oír de Andalucía, pero es que sin duda no conocían a Téllez y su poder de convocatoria.