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Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven

Электронная книга - «Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven». Краткое содержание книги:

Para Dani, la vida de repente deja de tener sentido. Tiene cuarenta años, amaba a “ella”, su pareja, y con ella planeaban tener un niño. Se llamaría Izan, las paredes de su habitación estarían llenas de estrellas, y su llegada sería señal de eterna felicidad. Pero “ella” hace las maletas y se va. Al mismo tiempo, Dani recibe una llamada a la que se aferra como si ahora eso fuera lo único que puede hacer en esta vida.
Dani es un buscador de niños perdidos, y esta vez debe viajar a Capri para cumplir su misión. Justamente Capri, el escenario de su descubrimiento, el lugar en donde, gracias a dos personas extraordinarias, tuvo lugar su verdadera iniciación en esta, su vida que ahora se pierde en un incierto recorrido. Junto con Dani, el lector se reencuentra con dos personas queno olvidará. Un anciano que le descubrió el significado de las cosas, un viajero que le transmitió un saber excepcional. Ambos salvaron su vida, la de un chico que había perdido a sus padres, librado a su albedrío.
Un viaje hacia una sensibilidad nueva, distinta; ese modo único de ver y leer la vida de Albert Espinosa: amor, vida, muerte y enfermedad. Soledad y amistad -también la maravillosa amistad que puede establecerse entre quien está a punto de dejar esta vida y quien acaba de llegar a ella-, y esa obligación de ser felices que, una vez más, este dotado escritor nos transmite con su talento inusual.
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Aquello sí era novedoso. Seguí leyendo. Contaba que le habían condenado a ocho años por pederastia sabiendo que no había ninguna prueba en su contra. Aquello ya era totalmente inusual; además había mucha pasión en la carta.

Miré al padre.

– ¿Existe este hombre?

El padre me tendió su ficha policial.

– ¿Realmente no ha llamado a la policía? -indagué.

– En la carta dice que si lo hago, lo matará -replicó sin casi mirarme a los ojos.

Seguí leyendo y vi que la advertencia era tan explícita como el padre me había relatado.

En la carta también decía que sólo liberaría al niño si se publicaba la rectificación; si no era así, acabaría convirtiéndose en lo que le habían acusado. Y la víctima de aquel delito sería Izan.

Tuve que leer dos veces aquella amenaza. Era tan estremecedora que la releí una tercera vez. No le comenté nada al padre; sería doloroso hablarle del tema.

Cogí el informe policial en busca de la foto del pederasta. Tenía un rostro bastante normal. También estaba la foto del niño que le había acusado y la denuncia.

El niño decía que había abusado de él en el colegio donde el acusado se encargaba del mantenimiento de la piscina. Habían pasado casi ocho años desde que aquello ocurrió.

– ¿El niño dijo la verdad? -pregunté al padre en busca de su opinión de juez.

Él afirmó con la cabeza sin entrar en detalles.

– ¿Cómo puede estar tan seguro? -insistí.

– Por lo que relató el niño con todo tipo de detalles… Por su mirada… Por su miedo… Y porque todas las pruebas circunstanciales apuntaban a que era cierto y que abusó de él.

– ¿Y no ha pensado en hacer la rectificación igualmente? -indagué.

– No, no puedo hacerlo, por respeto al otro chico…

– ¿Puedo hablar con él? ¿Vive todavía en Capri?

– ¿Va a creer a ese secuestrador pederasta? -preguntó el padre, indignado.

– No, pero debo como mínimo hacer lo que nos pide. -Leí un trozo de la carta-: «Hablad con Nicolás y preguntadle por qué mintió…».

El padre tardó un tiempo en decir algo. No le gustaba en absoluto mi idea.

– Está bien, lo arreglaré para que pueda verlo. Le acompañaré -añadió.

– Prefiero ir solo -repliqué.

No insistió, estaba desconcertado… Me alegré, no quería tener allí al juez y al padre cuando hablara con el chico.

– Le proporcionaré un coche y la dirección de los padres del muchacho. ¿Conoce Capri?

Asentí. Un poco lo conocía. Salimos de la habitación. Iba a cerrar la puerta tras de mí pero el padre me lo impidió, quería que el niño se encontrara la puerta abierta cuando volviera. Esos detalles me emocionan. Le devolví la carta.

– ¿Ha leído que en dos horas expira el plazo que pidió para la rectificación pública? -me preguntó asustado por las consecuencias.

– Lo sé. Lo sé…

Subí al coche, puse la dirección en el GPS, toqué mis anillos y me fui en busca de aquel otro chico que seguramente también estaba perdido.

El padre me miraba desde la verja de la casa, podía notar su pavor, cien mil veces el de un niño al que le van a extraer las amígdalas… También percibí a la abuela y su energía desde una ventana lejana.

Tenía que hablar con aquel adolescente que tenía todas las respuestas, sabiendo que, si no había mentido, la vida de un niño estaría en peligro.

Sentí responsabilidad y temor. Dos horas era muy poco tiempo para que confesara una mentira que llevaba ocho años incrustada en él. Además, seguramente aquella mentira estaría ahora recubierta de otras muchas.

De camino, pensé en llamarla, en decirle que había encontrado al niño que creamos con un soplo, pero sabía que no debía…

También me di cuenta de que por primera vez en mi vida no había revuelto la mesita de noche de un niño secuestrado…

Dejé de pensar en mí y volví a centrarme en el caso. Esos instantes eran adrenalíticos, era como un juego, un juego contrarreloj… Tenía que pensar una táctica rápidamente y que funcionase antes de que transcurrieran esos ciento veinte minutos y se cumpliese el ultimátum… Y entonces pudiera pasar lo que no deseaba que pasase de ninguna manera…

Se me ocurrió algo… Era extraño pero podía funcionar. Llamé al juez.

– Que me espere el chico fuera de la casa, hemos de ir a un sitio.

Ojalá fuese una buena idea lo que me rondaba por la cabeza. Ojalá…

Aceleré sabiendo que lo estaba jugando todo a una sola carta… Quizá ése era el juego con el que disfrutaba, la pasión sin límites, de la que hablaba el Sr. Martín…

Esperaba que esta mano se me diese bien… Aceleré más…

21

El hijo dentro del hijo

Recogí a Nicolás delante de otra casa blanca. No superaba los quince, debía de tener siete cuando lo violaron.

Me miró sin hablarme. Subió obligado al coche. Quizá Izan se había sentido igual. Me sentí un poco como un secuestrador.

Se sentó en el asiento del copiloto, pero siguió sin decirme nada. Yo tampoco le hablé. Era un chico rubio bastante atractivo y espigado. Me miraba de reojo.

Fui en dirección al destino que tenía en mente. Necesitaba un sitio que no le fuera familiar, alejado de sus padres y de su poder… Estaba seguro de conocer uno ideal…

Además sabía que si había mentido tendría ganas de decírmelo, lo notaba en su energía. Pero una cosa era su deseo y otra su instinto… Cuesta ir contra tu propio cuerpo…

Continuamos en silencio… Sentía cómo el tiempo transcurría… Pensaba en Izan. Deseaba que mi idea funcionase…

Finalmente llegamos al faro de Capri, el hijo favorito del Sr. Martín… Bajamos del coche, el chico me seguía a bastante distancia… Me acerqué a la torre; la puerta de entrada no estaba cerrada.

Entré y saqué la pertenencia más preciada que he conocido, el saco rojo, el hijo de George. No me engañó: «Mi hijo está dentro de otro hijo». No sé cómo averiguó que aquel faro era el hijo del Sr. Martín, pero no me extrañaba en absoluto.

– Este saco pertenecía a un gran amigo mío -le dije al chico-. Me explicó una vez que servía para muchas cosas, pero sobre todo te hace más valiente y te saca toda la rabia.

»En mi vida, he conocido a dos personas especiales y creo que tenían que formar parte de mi vida para que un día tú y yo estuviéramos aquí.

»A veces, el mundo parece muy complicado, un puzzle que no entiendes hasta que aparece la pieza definitiva…

»Escúchame, Nicolás, necesito encontrar a ese Izan…

»No lo he conocido, pero creo que lo creé hace tiempo en una costa junto a una mujer que he perdido hace unas horas… Y sólo la recuperaré con el consejo que me dará una abuela centenaria que desea volver a ver a su nieto…

»No voy a preguntarte nada. No hay interrogatorio ni castigo. Sólo te pido que pegues con fuerza contra ese saco.

El chaval no dijo nada, absolutamente nada.

Colgué el saco de la puerta del faro. Dos seres mágicos juntos… Tan sólo debía esperar a que la magia hiciera su efecto…

El chico me miró un par de veces. No parecía que fuera a hacerme mucho caso.

Pero finalmente se dirigió hacia el saco.

Noté cómo pensaba, cómo buscaba su rabia, sus miedos, sus problemas… Y lo golpeó.

Primero flojo, pero poco a poco con más fuerza.

Sé que con cada golpe aquel chaval estaba notando lo mismo que yo tantos años atrás en aquel barco. Seguro que sentía cómo ese saco absorbía toda su rabia y le hacía sentirse en paz.

La imagen del saco, el faro y la puesta de sol en Capri era impresionante. Le miré mientras él no paraba de soltar ganchos acompañados de gritos de desahogo.

El tiempo pasaba, el chico continuaba luchando contra sí mismo y yo tan sólo le observaba.

Sabía que aquel tridente le sacaría la verdad.

Finalmente, se desmoronó.

Lloró, lloró tanto… Balbuceó y gimió pegado al saco; casi parecía que estuviera bailando con él.

Noté cómo la mentira estaba incrustada desde hacía años. No lo había pasado bien mintiendo y ahora salía todo su dolor.

Acabé abrazándome a él. Le comprendía. De alguna manera, yo también me sentía igual. Ambos estábamos perdidos, huyendo de nuestra verdad.

No quería saber más, no necesitaba conocer las razones que le llevaron a ello… Le di mucho cariño…

Llamé al padre para que hiciera el anuncio en los periódicos. Sabía que, automáticamente, aquel hombre que tenía preso a Izan lo liberaría sin hacerle el menor daño. Estaba seguro de que cumpliría su palabra.

Ahora tan sólo restaba ser valiente y para ello necesitaba ir a hablar con mi tercera perla, mi tercer diamante, mi tercera energía, mi tercera desparramada…

Aquella mujer centenaria que daría luz a mi vida…

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