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Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven

Электронная книга - «Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven». Краткое содержание книги:

Para Dani, la vida de repente deja de tener sentido. Tiene cuarenta años, amaba a “ella”, su pareja, y con ella planeaban tener un niño. Se llamaría Izan, las paredes de su habitación estarían llenas de estrellas, y su llegada sería señal de eterna felicidad. Pero “ella” hace las maletas y se va. Al mismo tiempo, Dani recibe una llamada a la que se aferra como si ahora eso fuera lo único que puede hacer en esta vida.
Dani es un buscador de niños perdidos, y esta vez debe viajar a Capri para cumplir su misión. Justamente Capri, el escenario de su descubrimiento, el lugar en donde, gracias a dos personas extraordinarias, tuvo lugar su verdadera iniciación en esta, su vida que ahora se pierde en un incierto recorrido. Junto con Dani, el lector se reencuentra con dos personas queno olvidará. Un anciano que le descubrió el significado de las cosas, un viajero que le transmitió un saber excepcional. Ambos salvaron su vida, la de un chico que había perdido a sus padres, librado a su albedrío.
Un viaje hacia una sensibilidad nueva, distinta; ese modo único de ver y leer la vida de Albert Espinosa: amor, vida, muerte y enfermedad. Soledad y amistad -también la maravillosa amistad que puede establecerse entre quien está a punto de dejar esta vida y quien acaba de llegar a ella-, y esa obligación de ser felices que, una vez más, este dotado escritor nos transmite con su talento inusual.
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Ella dijo aquella noche en Menorca que desearía que le encantasen las estrellas y los planetas. Que su habitación fuese el cosmos.

Era tan sólo un deseo contra un viento menorquín.

¿Era posible que el viento hubiese llegado a Capri y aquello se hubiera convertido en realidad?

Aquel niño perdido tenía la misma edad que cuando concebimos a nuestro Izan con la imaginación.

No me acuerdo exactamente cuántas cosas dijimos sobre ese niño imaginario. Dijimos tantas y tantas…

La última que recuerdo es que yo deseaba que algún día tuviera un tocadiscos y le volviese loco «The show must go on», y es que aquélla era una de mis canciones preferidas.

Siempre deseamos que a nuestro hijo le encante nuestro mundo en lo personal, en lo profesional y hasta en lo musical. Que desee seguir nuestra senda.

Pero Izan nunca llegó. Nunca… Y ése fue nuestro gran problema.

Primero lo probamos de la manera tradicional, pero ella no se quedaba embarazada. De todos modos, seguimos intentándolo durante un par de años, pero no lográbamos nada.

Y, poco a poco, fue pasando de ser algo extraño a algo traumático. Según fueron transcurriendo los meses, hacer sexo fue cada vez más un deber que debía fructificar en un bebé.

Comenzamos a hacernos pruebas, a cambiar horarios y finalmente decidimos saber quién tenía el problema.

El problema… El problema parecía tan sencillo de solucionar… Había hasta parejas que te comentaban que no habían ni buscado el niño…

Mientras, nosotros ya no sabíamos dónde podía estar el nuestro, porque aquello ya no era una búsqueda sino una cacería.

Las pruebas dictaminaron que los dos estábamos bien. Nos advirtieron que seguramente era un problema psicológico.

Pero ese diagnóstico, en lugar de ayudar, nos obsesionó. ¿Cómo era posible que físicamente nos encontráramos bien, pero que mentalmente no pudiéramos concebir un niño?

Quizá si no hubiera sido mental y alguien hubiera tenido la culpa, todo hubiese sido más fácil.

El culpable, el no fértil, se hubiera sentido mal, pero el otro habría hecho todo lo posible por salvarlo.

Nada desea tanto la otra parte de la pareja… Pero si sufren los dos, como era nuestro caso, ¿quién nos salvaba?

Fueron años complicados. El sexo se convirtió en una tarea que había que realizar de una manera específica y después de unas inyecciones que intervenían en la ovulación.

Probamos todos los métodos posibles. Rompimos todas las estadísticas. Cada vez nos quedaban menos oportunidades, menos tratamientos.

Pasamos de los más sencillos a los más complejos. De hacer sexo tradicional a entregar mi aportación y la suya para que, en un laboratorio, los espermatozoides y los óvulos se amaran.

Ellos sin nosotros.

Pero ni así.

De las quince posibilidades con tres métodos diferentes, tan sólo nos quedaba una oportunidad de éxito.

Llevábamos casi cinco años en los que el sexo se había convertido en algo inexistente… Un lustro en que ir a una sala y entregar mis espermatozoides se había convertido en algo habitual, al igual que retornar horas más tarde para recoger un informe sobre la velocidad, calidad y cantidad que había proporcionado.

Era complicado para mí, y sobre todo para ella. Aumento de peso, frustración, intervenciones para insertar óvulos fecundados… La lista de efectos secundarios es interminable y no puedo enumerarla sin hundirme.

En la última época seguíamos practicando la técnica que tocaba, pero ya no hablábamos de aquello entre nosotros. Era como un tema tabú.

Incluso los que consiguen un niño con estos métodos jamás explican el vía crucis que han pasado.

Por todo ello nos sentíamos rara avis, una pareja que luchaba contra molinos que sólo ellos veían.

Además, a eso hay que añadirle que a mí siempre me costó la idea de tener un niño, me imaginaba que saldría enano y era algo que me hacía sufrir porque, aunque le dé normalidad, el mundo no está hecho para la gente de talla baja.

Todo es alto, inalcanzable para nosotros.

Supongo que pensáis que rompimos por todo lo que os he contado. Pero debo deciros que sí y que no.

Pasó algo y eso es lo que me hizo volver a recordar al Sr. Martín y a George; los había enterrado en mi memoria… Los había olvidado, eran recuerdos de mis diez y trece años, y cuando crecí se fueron, desaparecieron… Al dejar de ser enano también los perdí a ellos. Se quedaron con el pequeño, dentro, olvidados…

Pero cuando aquello pasó… Las perlas, las polaroid, las ruletas, los bailes con maniquíes y los sacos volvieron… Era increíble que el tiempo me arrebatara todo aquello…

Y lo que pasó fue que a falta de un solo tratamiento nos dijeron que se había quedado embarazada. Fue el momento más feliz de nuestra vida. Nos volvimos locos. Hasta volvimos a tener sexo, nuestro sexo…

Pero a los seis meses lo perdimos… No supieron por qué; sin embargo, estas cosas pasan y aún nos quedaba una posibilidad. La médico creía que aquello, aunque hubiese sido una desgracia, demostraba que la fecundación era posible. Decidimos que lo probaríamos por última vez, pero fue entonces cuando nos dijo algo que no pude superar. Nos contó que el bebé que habíamos perdido era enano… No me lo esperaba… Fue un shock, no deseaba un hijo enano.

Fue en ese instante en que volví a mi enano y recordé a aquellos dos diamantes que conocí cuando lo fui… Sus lecciones y sus consejos evitaron que dejara de crecer. Pero mi hijo podría no tener tanta suerte y jamás cruzarse con esas perlas que le ayudarían a confiar en sí mismo…

Aquello me superaba… Y por ello decidí que no seguiría con el último tratamiento… Nos quedaba una oportunidad más de fecundación, pero no quise continuar, ya no quería aquel niño, aunque estaba seguro de que tampoco lo conseguiríamos… Tras catorce veces, el porcentaje de éxito era ínfimo.

Mi negativa fue la puntilla final. A partir de ahí, todo se nos desmoronó. Como pareja naufragamos.

Me volqué en el trabajo… En la búsqueda de otros niños…

¿Sabéis cuando notas que tu mundo te puede, que todo a tu alrededor va a otra velocidad, que no te sientes cómodo con nadie y sólo deseas no pensar?

Pues así estaba de perdido, algo sólo comprensible si has sentido ese estado en que todo vale y nada importa mucho.

Ella me dejó por buscar niños ajenos. Aquel día que visteis cómo se marchaba de casa y vaciaba todos los cajones, me dio el ultimátum… O buscaba a nuestro niño o se marchaba. Y le dije que no quería encontrarlo…

Cuando me dejó, volví a sentirme un enano, tuve que volver a mis kilómetros cero. Y ellos eran George y el Sr. Martín. Con ellos comencé a construirme como persona; sin ellos me había destruido.

En aquella habitación del otro Izan sentí por primera vez la pérdida de nuestro hijo. Ver nuestro deseo hecho realidad me tocó inmensamente.

– ¿Quiere leer ahora la carta que ha enviado el secuestrador? -me dijo el padre.

Sabía que debía otra vez ese must implacable. Debía centrarme en ese Izan desaparecido que ha dejado una familia desconsolada y olvidar a ese otro Izan propio que me alejó de mí mismo y que simboliza todos mis miedos.

20

Ser quien eres o convertirte en lo que creen que eres

Y aquí estoy de nuevo, en el centro de una habitación vacía, sintiendo la doble pérdida.

Mi pasado de niño perdido me hizo observar la habitación con detenimiento. Me senté en la cama. El padre me dio la carta. Era una de esas típicas escritas en Arial 12, sin pistas, con estilo neutro… Como tantas que he leído…

Aunque en ésta no pedían rescate. Tan sólo respeto y una rectificación pública del padre. Que explicara a los medios que se había equivocado con él.

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