Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven
- Автор: Espinosa Albert
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven». Краткое содержание книги:
Dani es un buscador de niños perdidos, y esta vez debe viajar a Capri para cumplir su misión. Justamente Capri, el escenario de su descubrimiento, el lugar en donde, gracias a dos personas extraordinarias, tuvo lugar su verdadera iniciación en esta, su vida que ahora se pierde en un incierto recorrido. Junto con Dani, el lector se reencuentra con dos personas queno olvidará. Un anciano que le descubrió el significado de las cosas, un viajero que le transmitió un saber excepcional. Ambos salvaron su vida, la de un chico que había perdido a sus padres, librado a su albedrío.
Un viaje hacia una sensibilidad nueva, distinta; ese modo único de ver y leer la vida de Albert Espinosa: amor, vida, muerte y enfermedad. Soledad y amistad -también la maravillosa amistad que puede establecerse entre quien está a punto de dejar esta vida y quien acaba de llegar a ella-, y esa obligación de ser felices que, una vez más, este dotado escritor nos transmite con su talento inusual.
Entramos con el coche hasta la bodega y aproveché para volver a mis Horizontes de grandeza… A aquella primera obra maestra que vi junto a George en el Capri de mi adolescencia.
Os prometo que después os hablaré de ella y de la razón de nuestra ruptura.
17
Vimos Horizontes de grandeza y George tenía razón, me sentía igual que Gregory Peck. Yo también era alguien que intentaba luchar contra las normas, contra lo correcto y contra todo lo que la gente esperaba de mí.
Sentía todo eso y tan sólo tenía trece años. No deseaba ni imaginarme qué pasaría a posteriori.
Admiré la inmensidad del Oeste y la pequeñez de los humanos… Me recordaba mucho a nuestra presencia en Capri.
Y es que parecía que George y yo fuéramos los únicos habitantes de aquella ciudad. Dos figuritas enanas en una isla inmensa.
Respiré y noté la pequeñez propia de la grandiosidad natural.
Justo en ese instante fue cuando me di cuenta de que podía jugar a «qué haría otro si estuviera en mí…» con él. George era la persona perfecta para disfrutar con el juego del Sr. Martín.
Lo miré fijamente. Quería preguntárselo, pero me daba vergüenza.
– ¿Te ha gustado la película? -me preguntó.
– Mucho.
Le volví a mirar y esa vez sí me atreví.
– ¿Quiere jugar conmigo a qué haría otro si estuviera en mí…?
Él sonrió.
– Cuéntame.
Y se lo conté todo. Le hablé del Sr. Martín, de entrar en otra persona cuando estás muy perdido. De aconsejarle qué harías si estuvieras dentro del otro durante dos días y luego te marcharas.
Él me escuchaba y parecía encantarle lo que oía. Y yo estaba feliz de sentir que por segunda vez en mi vida una persona mayor me trataba como a un adulto.
Cuando acabé de explicárselo todo me dijo que le gustaba mucho la idea, pero que antes debíamos conocernos un poco más. Él pensaba que para cambiar la vida de otra persona debes entrar un poco más en ella.
Dudé, pero pensé que tenía razón.
Me ofreció ir a revelar las fotos juntos.
– Compartir la pasión del otro es la mejor manera de conocerle -me dijo.
Me gustó la propuesta, así que acepté.
Su laboratorio estaba dos plantas por debajo del salón donde habíamos visionado Horizontes de grandeza.
Para llegar allí tuvimos que bajar casi cincuenta escalones. Aquel desván subterráneo olía a mar y sus paredes eran de roca maciza.
Tuve la sensación de estar en el centro de la isla.
Y lo mejor de todo es que no sentía nada de miedo… Estaba solo junto a un desconocido en una cueva que parecía una mazmorra y me sentía muy cómodo.
Lo único que notaba era cansancio. No recuerdo cuántas horas hacía que no dormía. Sentía mi cuerpo dolorido, pero había algo en ese agotamiento que me resultaba placentero.
Enseguida se puso a revelar las fotos. Fue explicándome todo el proceso. Yo jamás había revelado nada y me encantó la técnica precisa, los tiempos que se han de respetar y esa seductora iluminación que producía aquella bombilla roja.
– Revelar es como pescar -dijo George-. Pescar sabiendo que atraparás algo que tú mismo criaste.
De repente me di cuenta de que, colgado en medio de aquel desván subterráneo, estaba el enorme saco rojo de boxeo que había transportado por media isla.
Las fotos tardaban en aparecer. Seguían sumergidas en aquellos extraños líquidos, y nosotros estábamos deseosos de su aparición.
Aunque mi mirada pasaba de ese saco que me tenía fascinado a las fotos… Y de las fotos al saco fascinador…
Hasta que vi colgado en la pared del fondo del desván algo extraño… No podía descifrar claramente lo que era, porque estaba oscuro debido al rojo proceso fotográfico… Pero intuía que había algo allí…
Me acerqué lentamente. Noté su mirada en mi nuca…
A los pocos segundos también escuché sus pasos detrás de mí…
Cuando llegué a la pared ya sentía cercana su respiración…
Fue el único instante en que le tuve miedo, y eso que antes os he jurado que no sentía pánico en aquel lugar.
Pero presentirlo tan cerca de mí, y sin saber qué había colgado en aquella pared, me provocaba como mínimo cierta incertidumbre.
Ése es el pavor en el que siempre pienso cuando busco niños en peligro. Es lo que me da alas para no tirar la toalla y lograr hallarlos.
Y lo peor de todo es que me he encontrado muchas de esas buhardillas donde han estado retenidos niños y noto cómo sus paredes conservan el miedo de los chavales que han cobijado.
Los niños marcan ese terreno de tal manera que ese pánico infinito queda impreso.
Lamento asociar ese recuerdo con George. Él nunca me hizo nada malo y no me provocó más que felicidad. Jamás me hubiera lastimado.
– ¿Quieres saber qué hay colgado en esa pared? -me dijo en un tono que consiguió tranquilizarme.
Asentí en silencio.
De repente, cogió la luz roja que había en el centro de la habitación y la enfocó hacia allí.
La pared quedó iluminada y me encontré frente a frente con un mural lleno de fotos polaroid.
Las instantáneas estaban agrupadas de doce en doce… Estaban separadas por años… Creo que conté que debía de haber casi cuarenta años seguidos en aquella pared…
Las fotos eran primeros planos de hombres y mujeres en diferentes lugares y realizando actividades cotidianas… Tomaban café, fumaban, reían…
Si no hubiese visto años atrás los faros del Sr. Martín, creo que aquello me hubiera extrañado más.
Pero cuando a los diez años has visto la colección más fascinante de imágenes rubricadas con adjetivo, nada puede sorprenderte ya.
– ¿Quiénes son? -pregunté.
– Mis perlas. -Sonrió-. Cada año de mi vida he buscado doce perlas. Doce personas que no conociera pero que se me aparecieran y marcaran mi mundo de tal manera que mi yo virara.
– ¿Mi yo virara? -repetí.
– El Sr. Martín fue una perla de tu vida. -Me lo ejemplificó y yo se lo agradecí-. Fue una joya que el mundo te dio y, aunque han pasado los años, aún la conservas… Eso confirma qué gran perla fue, pues el tiempo no le ha quitada nada de su brillo ni de su intensidad.
Miré detenidamente aquel mural.
No podría deciros qué predominaba. Las perlas eran de todos los colores, sexos y edades. Me gustaba contemplarlas…
No sé si estuve diez o doce minutos en silencio absoluto admirando aquel collar… Aquel collar de perlas…
Había algo en esos rostros, en esas miradas, que desprendía energía. Sonreí.
– Hay energía en ellos, ¿verdad?
Él también sonrió.
– Mucha. Tres de ellos son más que perlas… Son esas energías especiales de las que te hablé en el barco, esas que has de encontrar… Almas que se funden con la tuya propia.
– ¿De verdad? -Estaba entusiasmado con esa definición.
De repente recordé lo que pasó tras la muerte del Sr. Martín; quizá aquello fue su alma fundiéndose con la mía… No podía estar seguro. Él continuó hablando:
– Con el tiempo, algunas perlas pasan a ser diamantes. Cada ochenta o noventa perlas aparece un diamante… Un diamante, para que me entiendas, es una de esas personas que se hace tan básica y tan importante en tu vida que parece creada únicamente para ti…
Le entendía, pero creo que mi cara indicaba lo contrario. Él continuaba dándome ejemplos.
– Esos diamantes son como tus desparramados.
– ¿Desparramados…? -Mi interés iba in crecendo.
– Sí, tengo la teoría de que nos desparraman.
– ¿A quiénes?
– A cada uno de nosotros y a cuatro personas más… Te desparraman en el mundo para que con el tiempo vayas encontrando a los otros cuatro. Ése es uno de los sentidos de la vida; encontrar desparramados, y por eso hay señales, para que no te confundas.