Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven
- Автор: Espinosa Albert
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven». Краткое содержание книги:
Dani es un buscador de niños perdidos, y esta vez debe viajar a Capri para cumplir su misión. Justamente Capri, el escenario de su descubrimiento, el lugar en donde, gracias a dos personas extraordinarias, tuvo lugar su verdadera iniciación en esta, su vida que ahora se pierde en un incierto recorrido. Junto con Dani, el lector se reencuentra con dos personas queno olvidará. Un anciano que le descubrió el significado de las cosas, un viajero que le transmitió un saber excepcional. Ambos salvaron su vida, la de un chico que había perdido a sus padres, librado a su albedrío.
Un viaje hacia una sensibilidad nueva, distinta; ese modo único de ver y leer la vida de Albert Espinosa: amor, vida, muerte y enfermedad. Soledad y amistad -también la maravillosa amistad que puede establecerse entre quien está a punto de dejar esta vida y quien acaba de llegar a ella-, y esa obligación de ser felices que, una vez más, este dotado escritor nos transmite con su talento inusual.
Pronuncié tres veces su nombre en voz alta, pero no volvió. Apreté su mano con fuerza, tampoco…
Finalmente, probé a seguir la conversación como si nada hubiera pasado.
– ¿Qué haría alguien si estuviera en mí? -repetí.
Y entonces volvió; fue como si la narración le alimentara. Contarme aquello le daba fuerzas.
– Sí, exacto. Encuentra a otra persona con la que compartas energía y pregúntale qué haría en tu vida si estuviera en ella por dos días. ¿Qué cosas cambiaría de ella? ¿Cómo se cortaría el pelo? ¿Qué comería? ¿Qué actividades realizaría?… En definitiva, ¿cómo viviría tu vida si fuera temporal su presencia en ella?
– ¿Y funciona…?
– Claro que sí… -Sonrió-. Yo he jugado a ello infinidad de veces y siempre me ha dado impulso para seguir.
»Pero para practicarlo has de encontrar a otra persona con la que jugar, y eso no es fácil.
»Esa persona debe ser especial y tiene que saber mirarte desde fuera, para poder darte otra perspectiva de tu vida cuando estés perdido…
Le miré varias veces sin saber cómo digerir tanta fuerza. Él volvió nuevamente a apagarse. Su respiración se ralentizó después de esa última frase, sus constantes se dispararon y todos los aparatos que le envolvían comenzaron a sonar.
Sabía lo que debía preguntarle para que volviera inmediatamente.
– ¿Jugamos juntos?
Las inspiraciones volvieron, los aparatos callaron, aunque yo ya sabía que aquello no duraría. Lo estaba perdiendo.
Me miró con un cariño supremo. Me acarició la cara, los labios, el cuello y finalmente las manos.
– Me encantaría, joven Dani… Pero mi tiempo se acaba…
Hizo una pausa, pensé que era la definitiva. Pero aún quedaba una última cosa que contarme. Miró el faro monóculo. Lo cogió y me lo puso en la mano.
– Es para ti… Para que no me olvides. Es un faro de Capri que me entusiasma, es mi hijo favorito. Cuando encuentres la foto que le hice, verás que detrás escribí la palabra «mágico». Es mágico y consigue que sientas su magia… Si algún día tienes problemas, ve allí, mi niño favorito te cuidará…
»El monóculo oscuro que hay pegado es para observar las nubes… Durante un tiempo trabajé en el mundo del cine y era el encargado de calcular cuánto tardarían las nubes en marcharse y retornaría el sol… Lo necesitan saber para poder rodar con el mismo tipo de luz para que no queden claroscuros en la fotografía de la película…
»Yo era bueno en eso… He sido siempre bueno en todo aquello que tenga que ver con faros, nubes, sol, mar y viento.
»Si te pones el monóculo en el ojo y miras las nubes, observarás el sol por detrás de ellas y sentirás la velocidad del viento y así podrás calcular el tiempo que tardará en volver a brillar.
»Los uní, porque este faro es pura magia y adivinar cuándo regresará el sol también es algo muy mágico…
»Recuerda, si un día necesitas magia ve a Capri…
Comenzó a respirar con mucha dificultad. Todos los aparatos volvieron a zumbar como locos.
Llamé a la enfermera a todo pulmón. Él se estaba yendo y yo estaba asustado y triste.
De repente, el Sr. Martín me llamó con la mirada; quería que me acercara. Puse mi oído en su boca y él repitió tres o cuatro veces unas palabras que no entendí.
Las decía siempre con la misma cadencia, con la misma fuerza. Era un mensaje para mí, pero no lograba comprenderlo, ya no hablaba de una forma inteligible…
Finalmente el mensaje cesó y el Sr. Martín me dejó.
Le miré y de repente noté cómo llegaba a mi cuerpo una energía que me producía tranquilidad y felicidad.
Era como si su energía atravesase mi ser.
Médicos y enfermeras trataban sin éxito de devolverlo a la vida… Pero yo ya sabía que se había ido.
Apreté su mano con toda la fuerza que pude, le di las gracias y le besé la mejilla…
16
Lloré nuevamente en aquel coche junto a un padre desconocido.
Es imposible recordar al Sr. Martín y no romper a llorar. Recuerdo que el hijo de una bailarina me dijo una vez que la gente tan sólo rompe a reír o a llorar, y que vale la pena hacerse añicos por esos dos sentimientos.
El padre del niño me miraba sorprendido, mi tristeza le sobrepasaba, pero no dijo nada. Es tan difícil comprender las lágrimas ajenas si no tienes todos los datos…
Creo que fue en aquel instante cuando me di cuenta de que me dedicaba a buscar niños perdidos por culpa del Sr. Martín.
De alguna manera, la primera vez que me perdí no fue en aquel barco rumbo a Capri, sino en aquella UVI repleta de ternura y pasión sin límites.
Y es que el Sr. Martín era un hombre pasional, un hombre que amaba imposibles.
Tuve suerte al encontrarlo, ya que no se apropió de mi cuerpo y mi mente de diez años un malvado depravado ni un hijo de puta pederasta. Me topé con una gran persona que intentó enseñarme la importancia de ser diferente en este mundo.
Poca es la gente que no claudica a vivir de forma mediocre.
Yo busco niños que desaparecen, creo que ésa es mi manera de huir de la convención, de la mediocridad…
Además, pienso que se me da bien porque mi parte de niño y de enano hace que les comprenda, que empatice con ellos y con sus problemas. Es como si conectara con mi yo perdido y eso me sitúa cerca de su esencia…
Miré al padre y noté que necesitaba contármelo todo. Darme datos, sentirse útil… Pero también sabía que aquello me condicionaría. Me llevaría a comprender al padre en lugar de al niño.
Decidí evitar su mirada, pero sabía que no tardaría en hablarme porque segundos antes había conectado conmigo visualmente.
– ¿Tiene usted hijos?
Fue lo segundo que le escuché decir tras lo del cheque y lo peor que podía preguntarme.
Y es que aquella simple cuestión estaba intrincada con mi ruptura, con ella y con nuestro gran problema…
Yo, ella y los niños deseados.
Sé que debo hablaros de ella. Os estoy ocultando desde hace tiempo mi ruptura y sus razones.
Pero antes debo acabar de relataros mi vida junto a George, porque, si no, no me podréis comprender.
Ojalá siempre intentáramos entender a las personas antes de juzgarlas. Y ojalá la gente fuera capaz de ser honesta y contarnos su vida para que pudiéramos valorarla con comprensión.
– No tengo hijos.
Debía contestarle.
– Yo sólo le tengo a él -me explicó.
No añadió nada más porque se emocionó y volvió a llorar. Sabía que debía calmarle antes de volver a mi pasado. Era lo justo; no puedes retornar a tus recuerdos cuando en tu presente alguien sufre.
Además, con el trabajo iba incorporada la comprensión.
– No tiene por qué haberle pasado nada malo -apunté-. Que alguien lo tenga secuestrado no implica que vayan a hacerle daño… Mucha gente…
Me interrumpió ferozmente.
– ¿No ha leído el dossier que le envié? -me gritó.
Negué con la cabeza.
– Soy juez de casos de pederastia. He metido a más de cien pederastas en prisión -gritaba más de lo que yo había chillado a aquel guardia de seguridad en el aeropuerto-. No me diga que no será nada porque, si lee la carta del secuestrador, sabrá que el que se ha llevado a mi hijo es un pederasta al que condené a ocho años de cárcel…
No le repliqué…
Había sido poco profesional.
Mi vida personal me había afectado. Ese dato lo cambiaba todo, aunque también sabía que no era definitivo.
Quizá aquella nota fuera falsa. A veces, un crío huye por falta de cariño. Ver que su padre se preocupa más por otros niños que por su propio hijo puede ser una razón de peso para marcharse y llamar la atención con una carta falsa.
Decidí dejar de mirarlo. Sabía que había perdido parte de su confianza.
Estábamos ya muy cerca del barco que nos llevaría a Capri. Nuevamente ese ferry retornaba a mi vida; no había cambiado nada con los años.