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Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven

Электронная книга - «Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven». Краткое содержание книги:

Para Dani, la vida de repente deja de tener sentido. Tiene cuarenta años, amaba a “ella”, su pareja, y con ella planeaban tener un niño. Se llamaría Izan, las paredes de su habitación estarían llenas de estrellas, y su llegada sería señal de eterna felicidad. Pero “ella” hace las maletas y se va. Al mismo tiempo, Dani recibe una llamada a la que se aferra como si ahora eso fuera lo único que puede hacer en esta vida.
Dani es un buscador de niños perdidos, y esta vez debe viajar a Capri para cumplir su misión. Justamente Capri, el escenario de su descubrimiento, el lugar en donde, gracias a dos personas extraordinarias, tuvo lugar su verdadera iniciación en esta, su vida que ahora se pierde en un incierto recorrido. Junto con Dani, el lector se reencuentra con dos personas queno olvidará. Un anciano que le descubrió el significado de las cosas, un viajero que le transmitió un saber excepcional. Ambos salvaron su vida, la de un chico que había perdido a sus padres, librado a su albedrío.
Un viaje hacia una sensibilidad nueva, distinta; ese modo único de ver y leer la vida de Albert Espinosa: amor, vida, muerte y enfermedad. Soledad y amistad -también la maravillosa amistad que puede establecerse entre quien está a punto de dejar esta vida y quien acaba de llegar a ella-, y esa obligación de ser felices que, una vez más, este dotado escritor nos transmite con su talento inusual.
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– ¿Las revela usted?

– Sí, si quieres luego te enseño. -Me pasó la cámara-. Tómate tu tiempo en hacer la foto, sólo quedan dos disparos en este carrete. ¿Quieres retratar la bahía?

– No.

Cogí la cámara y le enfoqué. Él bajó ligeramente la mirada.

De fondo estaba el faro desenfocado. Orgulloso. Noté cómo el faro se cuadraba ante el objetivo.

Probé de enfocarlos juntos. Era difícil.

Al final, con tiempo, como él me aconsejó, conseguí medio enfoque de ambos. Yo también estaba orgulloso.

Sabía que una vez tuviera la foto en mis manos escribiría detrás de ella «afortunado» u «orgulloso». Ambos adjetivos eran idóneos. Aunque yo ya sabía cuál era el real, el que el Sr. Martín le puso.

George cogió la cámara una vez hecha la foto y me hizo una a mí también con el faro de fondo.

Siempre sabía lo que estaba pasando, lo que yo pensaba.

Fue tan rápido su disparo que no pude ni sonreír ni poner ningún tipo de mueca.

Justo después de hacer la foto, el carrete comenzó a girar a toda velocidad. Parecía que aquella película chillara de felicidad por poder volver finalmente a casa.

Al oír ese sonido me di cuenta de que hacía ya mucho tiempo que lo había olvidado…

– Hemos de llamar a tus padres -dijo rompiendo el sonido y el instante-. Estarán preocupados.

– No tengo padres -repliqué secamente.

Noté en su mirada una leve tristeza.

– Pues a la familia que te cuida… y te quiere.

Me gustó la pausa que hizo entre «te cuida» y «te quiere». Seguro que significaba algo en su mundo.

– Tampoco la hay -contesté.

No mentía.

Hacía años que mi hermano no me quería ni me cuidaba. Si hubiese dicho la «familia que te aguanta y te soporta», entonces hubiera tenido que decirle la verdad.

El sol comenzaba a huir como siempre a esas horas.

Él me miraba intensamente.

– ¿Has visto Horizontes de grandeza? -me preguntó cambiando de tema.

– ¿Es una película? -indagué.

Sonrió y acabó riendo.

– Es la película.

Se acercó a mí y por primera vez me tocó.

Depositó su mano ligeramente en mi hombro.

– Te gustará. Habla de alguien que lucha contra todo. Y también va de la inmensidad del mundo y de nuestra pequeñez. ¿Te apetece verla?

Dudé. Él insistió.

– Podemos mirarla mientras cenamos algo y luego revelamos el carrete.

Yo continuaba dudando. Él seguía intentando convencerme.

– En este carrete hay fotos hechas hace casi siete años. Tengo muchas ganas de contemplarlas, he esperado mucho tiempo… Pero deseo disfrutar antes con algo majestuoso. Si algo es mítico, se debe potenciar…

Le miré.

– ¿Siete años llevan las fotos en ese carrete?

– Sí.

– ¿Y por qué no las reveló antes? Se habrán estropeado.

– Puede… Pero no tenía nada más que fotografiar. Dejar esas dos fotos en negro no me hubiera parecido bien. Es un carrete de veinticuatro instantáneas, merece sentirse totalmente útil… -Hizo una pausa-. Además, se me hacía difícil ver esas fotos, pues perdí hace años a la persona que aparece en ellas.

El silencio se hizo tan profundo que no fui capaz de romperlo.

Él observaba la costa y yo le miraba a él. Justo al revés que en aquel barco de Capri, cuando yo miraba el saco y él me observaba a mí.

Así transcurrieron unos buenos diez minutos.

Finalmente decidí salir en su rescate.

– ¿Es tan buena esa película como dice?

Le rescaté.

– Es la mejor. -Volvió a recuperar su felicidad-. Te propongo algo: quédate aquí tres días, te enseñaré a ser fuerte con el deporte, veremos cada noche un clásico de vida y revelaremos lentamente las fotos… Ocho antes de cada amanecer.

– ¿Y luego?… -pregunté-. Tras los tres días…

Me imaginaba la respuesta, pero quería escucharla de sus labios.

– Luego deberás volver. Pero lo importante es que durante tres noches pararemos el mundo.

– ¿Pararemos el mundo?

Asintió.

Me tocó por segunda vez el hombro y en esa ocasión, además, me acarició el cabello con suavidad.

– ¿Nunca has parado el mundo?

– ¿Qué es parar el mundo?

– Parar el mundo es decidir conscientemente que vas a salir de él para mejorarte y mejorarlo. Para poder moverte y moverlo mejor.

»En ese tiempo debes intentar que nadie ni nada te cree problemas.

»Alimentarte de buena literatura, de buen cine y, sobre todo, de la conversación de una única persona que te inspire en este mundo. ¿Y sabes qué…?

– ¿Qué? -dije emocionado y fascinado.

– Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. Y ésos son los que lo paran. ¿Tú quieres mover el mundo o que te mueva?

– Moverlo -dije con seguridad-. ¡Moverlo!

Él se unió a mí y comenzó a gritar conmigo: «Moverlo, moverlo».

Y todo lo que lo moveríamos… Parándolo…

14

Una mano llena De esperanza Y un cheque en blanco

En aquel avión rumbo a Nápoles me di cuenta de que no había vuelto a parar el mundo desde la última vez que lo hice junto a él.

No sé por qué di tan poco valor a sus enseñanzas, cómo pude olvidarlas.

La verdad es que creé y aprendí tanto cuando paré el mundo…

Aunque quizá dejé de parar mundos porque no encontré a otra persona con quien hacerlo.

George me advirtió que se necesitaban dos personas para parar el mundo. Que uno solo jamás tiene fuerza suficiente para detenerlo.

El avión aterrizó demostrando que mi mundo en aquel instante no dejaba de girar.

Tan sólo aterrizar, encendí el móvil y miré el rostro del chico desaparecido. Tenía casi diez años y en su cara se reflejaba una vitalidad y una felicidad extraordinarias.

Los padres siempre envían las mejores fotos de sus hijos, aquellas en las que están más lindos, más saludables, aunque yo siempre necesito la otra, en la que están tristes, enfadados o un poco disgustados.

La cara de un niño cambia tanto con las emociones, que si no tienes la foto correcta puedes acabar encontrando al chico erróneo.

Había desaparecido hacía dos días. En realidad lo habían secuestrado si hacíamos caso a la documentación que me había adjuntado el padre.

Había añadido también en el mail la carta que les había enviado el presunto secuestrador.

No la leí, nunca lo hacía; antes deseaba conocer a los padres, visitar su colegio, ver la habitación del chico… Antes de llegar al final de la película debía sentirla desde el inicio.

He de entender primero al hijo, luego al padre y, finalmente, al posible secuestrador.

Por el momento, la policía no estaba avisada. Los padres casi siempre respetan las condiciones de la persona que tiene retenido a su hijo.

Pero cuando pasaran setenta y dos horas, sucumbirían y les llamarían. Ése es el máximo tiempo que puedes estar sin tu hijo sin clamarlo a los cuatro vientos.

Según lo que relataba el padre, el chico salió del colegio a las cinco y no llegó jamás a casa. Nadie lo vio entrar en ningún coche sospechoso. No había ninguna pista más…

La historia comenzaba como tantas: un niño que se esfuma de la faz de la tierra sin dejar rastro. Siempre empiezan así…

Aunque yo también siempre he creído que eso no es del todo cierto. Un niño no desaparece porque sí. O se va o se lo llevan. No hay más. Y si se va es porque su vida está siendo muy puta.

Lo peor de mi trabajo es cuando averiguo que al niño realmente se lo han llevado y que es casi imposible encontrarlo. De vez en cuando pasa, yo no soy infalible…

A veces hay gente en este mundo que se lleva a niños, se los queda y los exprime sin sentido.

Odio tanto a esas personas… Cuando me encuentro con una de ellas sería capaz de matarla. Siempre debo retenerme, aunque sé que alguna vez no podré y cometeré una locura.

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