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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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Cuando salimos, las luces del cielo habían desaparecido.

Regresamos a casa como a la medianoche, y era la una cuando puse el despertador, para las ocho. Al apagar la luz y meterme en la cama, mi último pensamiento estaba fijo en el tema del tiempo, y cuando el tío Am murmuró: «Buenas noches», le contesté:

– ¡Por Dios, apenas veintiocho horas!

– Veintiocho horas ¿de qué?

– Hace veintiocho horas que oí sonar el apagador de la luz del corredor y vi desaparecer la rendija de la puerta. Hasta entonces nunca había oído hablar de los Dolan, excepto para conocer el nombre de Vincent Dolan. Veintiocho horas hace, y parece como un año. Bien, ¡buenas noches!

Si me contestó debe haber sido más de un segundo después, porque no lo oí. Me dormí como cuando se apaga la luz de golpe.

Dormí casi durante una hora.

Desperté un segundo o dos antes de que golpearan la puerta. Los sonidos anteriores no fueron fuertes, aunque sí bastante inusitados como para despertarme de inmediato. Era una carrerita por el corredor, hacia nuestra puerta; algo inusitado porque el ruido era de pantuflas de suela suave y no de zapatos. Y una respiración que era casi acezante. Luego la llamada, con los nudillos.

Salí de la cama, o los pies estaban fuera, cuando se oyó el golpeteo, y tenía abierta la puerta antes de la segunda llamada. Tras de mí, el tío Am había encendido la lamparilla, y había luz dentro y fuera cuando entreabrí la hoja.

Era Robert Sideco, el mocito filipino de los Dolan, con una bata llamativa sobre un pijama todavía más llamativo, y pantuflas, según había adivinado por las pisadas; con los ojos muy abiertos y el cabello alborotado. Su voz en falsete, casi histérica, tenía un tono más elevado que cuando la había oído una vez antes.

– Missa Dolan lo necesita. ¡Vengan aprisa, favor, los dos!

Volvióse para irse, pero le dije:

– ¿Qué sucedió? – con tanta energía, que me contestó por sobre le hombro.

– La señorita Ángela, lastimada. Ladrones.

Luego ya no quedó más que su espalda que se retiraba y los pasos empantuflados en el corredor y escaleras abajo; para ese momento yo ya había cerrado la puerta y encendido la luz de arriba y me estaba vistiendo con la rapidez de un bombero y el tío Am estaba haciendo lo mismo.

Nos echamos encima lo primero que encontramos a mano, y no nos preocupamos de corbatas. Me maldecía por haberme llevado el revólver a la oficina par guardarlo con nuestras otras armas. No porque los ladrones en casa de los Dolan nos estuvieran esperando para entablar un combate a balazos, pero no sabía qué demontres sería en lo que nos estábamos metiendo, y me hubiese sentido mejor si cualquiera de nosotros hubiese estado armado. También maldecía en voz alta a Robert por haber dicho «la señorita Ángela, lastimada», y corres antes de que le preguntara qué tanto estaba lastimada; qué diablos era todo aquello y si Dolan había llamado a la policía y otras cosas más.

En la calle no corrimos – lo que pasó, pasó, y unos cuantos segundos no iban a significar ninguna diferencia -; pero sí caminamos bastante aprisa. Observé que el cabello del tío Am estaba casi tan alborotado como el de Robert; recordé que tenía un peine en el bolsillo, lo utilicé y luego se lo pasé.

Subimos los peldaños juntos y extendí un dedo en busca del timbre; el tío Am me detuvo:

– No llames, Ed. Mira, la puerta está entornada.

Empujó la hoja y entramos. Nadie estaba a la vista ni en el vestibulillo ni en las escaleras. La puerta de la oficina de Dolan, estudio, biblioteca, o lo que deseen llamarlo, sí estaba abierta y decidí que allí debería estar él y para allá me dirigí. Sí estaba y oyó nuestros pasos, porque nos llamó:

– ¿Ed? ¿Am? ¡Aquí! – antes de que llegáramos al vano.

Se encontraba sentado tras de su escritorio y vi que en él estaba una pistola, una automática treinta y dos, sobre la carpeta con secante, enfrente de él. Llevaba puesta una estupenda bata de brocado. El rostro parecía como de granito.

Le pregunté la cosa más importante primero:

– ¿Cómo está Ángela? ¿Está seriamente lastimada?

– No seriamente – contestó meneando la cabeza -. Le dieron un par de puñetazos. El doctor estará aquí en unos momentos.

– ¿En dónde está?

– En su habitación. El ama de llaves está con ella. ¿Vienen armados?

Le expliqué que nuestra artillería estaba en la oficina.

Utilizó una llave, y abrió un cajón inferior del escritorio y sacó otra pistola igual a la que había sobre el secante.

– Tome una cada uno de ustedes – nos pidió -. Con ustedes armados yo no necesitaré ninguna. George Steck estará aquí en diez o quince minutos y entonces habrá otra.

– ¿Cree usted que el ladrón esté aquí todavía?

– Ladrones, plural, si es que era eso. Son dos. No, no creo que anden todavía por aquí, no obstante vamos a registrar la casa desde el sótano hasta las buhardillas para asegurarnos. Am, usted…

– ¿Viene la policía? – lo interrumpí -. ¿La llamó?

– No. Nosotros podemos manejar este asunto. No vamos a comenzar el registro sino hasta que el doctor esté aquí y llegue George, para que seamos cuatro. Am, vaya usted a la puerta posterior y quédese allí. No se fueron por ahí, porque tiene cerrojo por adentro; lo comprobé. Vea que nadie salga.

El tío Am asintió con la cabeza y tomó una de las dos pistolas. Comprobó que tenía cartucho en la cámara y después examinó el seguro. Hice lo mismo con la otra y la guardé en el bolsillo.

– ¿Hago lo mismo con la puerta de enfrente?

– Si se queda en el vano puede vigilar la puerta y conversar. La tuve un poco entreabierta para que ustedes pudieran entrar sin llamar. ¿La dejaron del mismo modo?

– Sí, ¿Por qué?, ¿Mike? – él asintió.

– Probablemente no despertaría, pero pudiera. Sería mejor que la abriera un poco más, para estar seguros de que ni el doctor ni George tocan el timbre.

Lo hice y regresé al vano de la puerta. Cuando llegaba, Robert apareció a mi vista en lo alto de las escaleras, y Elsie, la sirvienta, con una bata de franela y frotándose los ojos, soñolienta, lo acompañaba. Bajaron, pasaron junto a mí, y oí a Dolan que le preguntaba:

– ¿Elsie, oyó usted o vio algo extraño esta noche?

– No, señor.

– ¿A qué hora se acostó?

– Como a las once, señor Dolan, calculo.

– ¿Durmió hasta que Robert tocó a su puerta hace poco?

– Sí, señor.

– Bien, Elsie, puede volver a la cama. Mucho me temo que la tendremos que volver a despertar una vez más muy pronto; sin embargo, no hay nada por qué preocuparse. Vamos a registrar la casa a conciencia hasta las habitaciones en donde esté durmiendo gente. ¿Me entiende?

– Sí, señor Dolan. Robert me contó lo que sucedió, después de despertarme, ¿Está bien la señorita Ángela?

– Gracias, Elsie. Sí está bien. Robert, acompáñala a su cuarto y luego anda la de la señorita Ángela y pregunta a la señora Anderson si puedes ayudarla en algo. Si no hay nada, puedes irte a tu propio cuarto y esperar allí. Ya te llamaré si te necesito.

Pasaron junto a mí, al regreso, y yo pregunté a Dolan:

– ¿Cree que habrá tiempo ahora para que usted me diga lo que sucedió, desde el principio?

– Probablemente. No hay mucho qué contar. – Consultó su reloj -. Cinco minutos después de las dos, ahora. Debe haber sido como a los diez para las dos. Estaba profundamente dormido cuando Ángela entró de golpe en mi cuarto, llorando y…

– Un momento – interrumpí -. Se acaba de detener un coche en la puerta.

Capítulo 11

Me dirigí a la entrada y abrí. Un hombrecillo, con un maletín bajaba de un coche. De seguro había estado aquí antes, porque se encaminó directamente a la puerta y pasó junto a mí haciendo un simple movimiento de cabeza, sin preocuparse aparentemente por quién fuera yo o qué estuviese haciendo ahí.

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