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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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Para entonces Dolan ya había salido del estudio.

– Por aquí, doctor – y enderezó rumbo a las escaleras.

Salí y me quedé un momento en el peldaño superior viendo si venía el coche de Steck por alguna parte, pero ninguno aparecía a la vista. La noche se sentía agradable, y allí me quedé unos cuantos minutos hasta que percibí un ruido tras de mí y me volví. Dolan bajaba las escaleras. Regresé y entrecerré la hoja.

Entró en su estudio de nuevo, pero en esta vez no se sentó tras el escritorio, sino en una de sus esquinas, y yo ocupé mi puesto en el vano. Entonces empezó:

– Creo que tendré tiempo de acabar de hablar antes de que George llegue aquí. Vive a una buena media hora de distancia, aunque sea con el poco tránsito de pasada la medianoche. ¿En dónde estaba? Oh, sí, como a los diez para las dos. Estaba dormido…

– Un instante, señor Dolan – le pedí. -. ¿Quisiera comenzar un poco antes de eso, digamos como a la hora en que se retiró? Para que yo sepa quiénes estaban en la casa, todavía levantados, y otras cosas por el estilo.

– Muy bien. Me retiré un poco más temprano que por lo regular, como a las once. Todo mundo se encontraba en casa, a excepción de Ángela. Está metida con un grupo teatral de aficionados de la universidad, no como actriz, sino ayudante del director, y ensayaron hoy en la noche. Nos había dicho que probablemente no regresaría sino a la medianoche o un poco después.

»No, sé si yo fui el último que estaba despierto, pero sí el último que andaba todavía en pie. Mike dormía; lo fui a ver antes de retirarme. Sylvia se había llevado una botella a su habitación inmediatamente después de que acostaron a Mike. Entonces es cuando bebe fuerte, ya bastante tarde. Dice que no puede dormir y que se quedaría despierta toda la noche si… Bueno, de todos modos, estaba en su cuarto. Examiné las dos puertas para asegurarme de que estaban con llave, antes de subir.

– ¿Y la posterior con cerrojo?

– No. La llamada puerta posterior no conduce a ninguna parte del exterior; da para un garaje, de dos coches, que hice construir atrás del edificio. Angie y yo guardamos nuestros coches allí. Ella llevaba el suyo, por supuesto, lo guardaría en el garaje y luego entraría por esa puerta posterior. Cuando lo hace le pone cerrojo, a menos que mi coche no esté allí y sepa que yo estoy fuera con él.

– ¿Le puso cerrojo esta noche?

– Tiene cerrojo. Debe haberlo corrido cuando entró. ¿En dónde estaba yo? ¡Oh!, en que me iba a meter a la cama. Los tres sirvientes se encontraban en sus cuartos; dormidos o no, lo ignoro. Sus habitaciones están situadas en el tercer piso; todos nosotros tenemos una alcoba, por separado, en el segundo.

»Así está el cuadro cuando me fui a dormir. Angie dice que regresó a casa alrededor de la medianoche, se acostó y se durmió. Su cuarto está contiguo al mío.

»Es ligera de sueño y un ruido la despertó. Se sentó en la cama cuando vio que la puerta de su habitación se estaba abriendo. Dice que no se asustó al principio; su primer pensamiento fue que yo estaba viendo si había regresado bien y entonces charlar un momento. Sacó los pies de la cama, se levantó, extendió la mano en busca de la bata que colgaba en el poste… y dos hombres entraron en el cuarto. Ellos…

– ¿Qué tanta luz había?

– Insignificante. No estaba por completo a oscuras, sin embargo, apenas los podía distinguir como sombras. No le será posible identificarlos. Lo más que le es posible hacer, por lo que toca a una descripción, es que uno de ellos era de tamaño regular y el otro un poco más alto. Cree que usaban ropas oscuras; el que la golpeó traía puesta una camisa blanca; pescó un reflejo blanco cuando se volvió para encarársele. Cree que los dos usaban sombrero, aunque ni siquiera de eso está segura.

»Así que uno de ellos giró y la vio parada junto a su cama (el pijama blanco habría facilitado verla en la oscuridad), dio un paso y le lanzó dos puñetazos. El primero, probablemente con la izquierda, le dio en el ojo derecho; tendrá un buen moretón para mañana. Y el segundo la alcanzó en la mandíbula del lado izquierdo.

»Si hubiese sido un derechazo directo, probablemente la hubiera hecho perder el sentido, pero como fue, la arrojó a través de la cama que acababa de abandonar. Viendo estrellitas, más consciente todavía. Sólo que ella hizo lo más inteligente que pudo haber hecho: se quedó quieta como si estuviera inconsciente. Me contó que su mente trabajaba velozmente y se figuró que probablemente habían ido a matarme, lo cual resulta lógico. No es que yo tenga enemigos que yo sepa, Ed, pero, ¡maldita sea!, se compagina con lo que Mike oyó y… ¡infierno, no es lógico que vinieran en pos de ella!

– A menos que vinieran a secuestrarla – sugerí.

– No pensó en esa posibilidad, supongo. Imaginó que me andaban buscando a mí y habían entrado en su cuarto por equivocación. Su plan era esperar hasta que hubieran salido, y luego llegar a la puerta y echarle llave. Una vez que estuviera a salvo tras una puerta cerrada, iba a comenzar a dar gritos para advertirme antes de que pudieran llegar a mi habitación.

– ¡Muy inteligente! – comenté -. Lo mejor que pudo hacer, pero…

– Pero no lo hizo, no. Los individuos no cerraron su puerta después de salir, sino que la dejaron un poco entreabierta. Así que cuando llegó a ella los pudo oír, y lo que oyó fueron sus pisadas que bajaban las escaleras; no en dirección de mi cuarto. Esperó un minuto hasta que estuvo segura de que no la podían ver; entonces se dirigió a mi habitación y me despertó.

»Ya estaba deshecha para entonces, y lloraba, y me tomó quizá un minuto saber lo bastante para que me permitiera reflexionar en lo que debía de hacerse. Luego tomé una pistola y corrí escaleras abajo. Cuando llegué abajo la puerta de enfrente estaba entornada y tal vez se habían marchado.

– ¿Quiera registrar la casa de todos modos?

– Seguro, en cuanto George llegue y seamos cuatro. Le dije que trajera una pistola más.

– Usted guarda (guardaba) una pistola encerrada en un cajón de su escritorio, aquí, y la otra arriba, en su cuarto. ¿Sabe algo Mike acerca de ellas?

– No, no sabe que haya ninguna pistola en casa. La que tengo en mi alcoba no está bajo llave, mas la guardo en un sitio en donde nunca pensará en buscar, aun cuando supiera que tengo en mi poder un arma.

Me figuré que oía un ruido atrás de mí, y me di vuelta para ver. El doctorcito venía bajando las escaleras. Hice un ademán a Dolan y me aparté para dejar que pasara el doctor, quedándome más allá de vano por si quería cerrar la puerta y hablar en privado. No lo hizo.

– Nada serio, señor Dolan – informó con agrado -. Además de lo que me dijo usted. Un moretón en un ojo y un pequeño dolor en la mandíbula.

– ¿Está seguro de que no hay nada roto?

– Completamente. Si desea asegurarse más, puede hacer una cita con un dentista, en el curso de los siguientes días, para que le examine los dientes de ese lado. Pero ninguno parece suelto.

– ¿Ninguna razón para que vaya a su consultorio par un examen más minucioso?

– Ninguna razón. Le di un sedante y se dormirá antes de que pase una hora. No se le ve trastornada mentalmente, no obstante, probablemente sería buena idea hacer que alguien se quedara con ella hasta que durmiera. Su ama de llaves parece bastante competente en ese sentido.

– Muy bien – asintió Dolan -. Sus clases de mañana. ¿Cree usted que deba asistir a ella o quedarse en casa?

El doctor se encogió de hombros.

– Si ella lo desea, no hay razón para que no asista. Tal vez tendrá que ponerse gafas oscuras a causa de ese moretón. O le puedo recomendar un cosmetólogo que se lo pintará muy bien. No traigo su número conmigo; si lo desea, me puede llamar a mi consultorio mañana.

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