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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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– Así que Harry Cogswell hubiera llamado a Starlock y la misma cosa hubiese ocurrido ¿no?

El tío Am no contestó; regresó a su emparedado.

Cuando vi que terminó le propuse.

– Bueno, ahora una última copa y el gran paseo.

– Ya no me siento tan deseoso de dar ninguna vuelta. Ed – murmuró tras pensarlo un momento -. ¿Por qué no regresamos a casa y jugamos una partidita de gin rummy? Podemos comprarnos una botella, de pasada, y echarnos nuestros tragos mientras jugamos.

Capítulo 10

El gin rummy, a la manera como el tío Am y yo lo jugamos, a un dólar el punto, puede ser un juego muy enconado. Lo jugamos bastante durante los periodos de calma en la oficina, cuando ninguno tiene nada que hacer, y a veces en la casa para pasar la noche. A dólar el punto, no es inusitado que en una sola partida se ganen y pierdan mil dólares. Por supuesto, ninguno de nosotros puede permitirse el lujo de apuestan tan elevadas, así que nada más llevamos la cuenta. Y cuando uno de los dos ha ganado al otro diez mil, cancelamos la deuda y comenzamos de nuevo, mas el perdedor tiene que pagar una cena para los dos en alguno de los mejores restaurantes de Chicago, y luego el teatro, si hay algo que valga la pena de verse, o un club nocturno con buena variedad. Es un buen sistema: una vez al mes, poco más o menos, nos proporciona una buena cena y una noche de diversión que, de otro modo, nos parecería que no podemos darnos el gusto de disfrutar.

El juego se estaba poniendo como si fuera a haber un largo intervalo para salir. Habíamos tenido el último dos meses antes, y desde entonces ninguno llegaba a los diez mil de ganancia. Yo había llegado a ganar al tío Am algo más de ocho mil; luego las cosas cambiaron de su lado y me ganó aquello y otros seis mil; pero mi suerte regresó y por el momento estábamos casi a mano.

El tío Am llegó con las copas y se sentó enfrente de mí, extendió la mano para cortar y ver quién daba, y la retiró.

– Ed, ¿cómo van las cuentas?

– Me vas ganando ochenta y dos dólares – le contesté.

– Eso nos pone casi al parejo. ¿Por qué no jugamos a diez dólares el punto el resto de esta serie? De otro modo se nos olvidará qué es una noche de diversión, tal como van las ganancias.

– Eso es ya de jugador empedernido, tío Am. ¿Te doy ahora el balazo o después?

Soltó una especie de estornudo grosero, y el teléfono repicó. Yo estaba más cerca y lo contesté.

– Habla Ed Hunter.

– Señor Hunter, soy Mike Dolan. Deseo darle las gracias por lo que hizo por mí anoche y por traerme a casa en lugar de llamar a la policía. Y quiero pedirle excusa por haberme metido en su cuarto.

– Está bien, Mike – respondí -. Acepto tus excusas y las gracias también, aunque no eran necesarias. Me limité a hacer lo que consideraba era lo mejor. Gracias por haberme llamado, Mike.

– Adiós, señor Hunter.

– Espera, Mike. En cualquier momento en que gustes visitarnos para conocer a mi tío, hazlo con toda libertad, ¿eh? Con tal de que recuerdes tocar. Adiós, Mike. – Y colgué sin esperar a que me contestar, porque sabía que necesitaría tiempo para pensar.

– ¿Quién de los otros Dolan te imaginas que el haya dado la idea de que te llamara? – inquirió el tío Am.

– ¿Por qué habría de importar eso? Creo que su madre.

– ¿Por qué?

– Ella es la que considera que el episodio está cerrado. Para Vincent Dolan todavía sigue abierto, hasta que haya llevado a Mike con el sicólogo; Ángela también lo cree porque fue la que averiguó lo del especialista. Pero supuesto que desea quitar importancia al incidente, por lo que respecta a su esposa, no le dice nada.

– Te me estás adelantando, Ed. Te he estado soltando mis propios infortunios y no te he preguntado nada acerca de los Dolan. ¿Qué hay de eso de un sicólogo? Esperemos que me lo cuentes antes de principiar a jugar.

Acerqué mi copa para darle un traguito y comencé a hablar. Condensé la conversación con Sylvia Dolan, por carecer de mucha importancia, excepto en lo relativo a que Mike era casi normal, hasta la aventura de la noche anterior, pero le detallé mi conversación con Vincent Dolan hasta donde la pude recordar. Cuanto terminé, asintió lentamente y murmuró.

– ¡Más y más curioso! – Extendió otra vez la mano para cortar, y luego la retiró -. Muchacho, sin bromas, ¿no crees que hace mucho tiempo que no salimos? Si las cosas siguen en esta forma tal vez no salgamos sino hasta el año próximo. ¿Por qué no subimos la apuesta en esta sola ocasión? Vamos haciendo una excepción.

– Nunca – me negué -. A dólar el punto ya es un juego muy enconado, no nos podemos permitir el lujo de diez. Te diré lo que haremos por esta única ocasión. Haremos las series por mil dólares, en lugar de diez mil. ¿De acuerdo?

El tío Am se me quedó mirando y se bajó un par de anteojos imaginarios para verme por encima de ellos.

– Muchacho, equivocaste tu vocación – me aseguró -. Debiste haber sido bautizado católico para que pudieras llegar a ser jesuita. Muy bien; cancelamos los ochenta y dos dólares que me debes, y empezamos de nuevo una partida hasta los mil dólares.

– Se echó para adelante y cortó un dos. Me empujó las cartas -. No te molestes en cortar, baraja y da. Necesito prepararme otra copa. ¿Quieres que te refresque la tuya?

Le contesté que no; mi vaso estaba a medias. Repartí cartas y jugamos tres juegos; me ganó los tres, aunque ninguno haya sido grande, y ya le debía quinientos cincuenta y cinco dólares. Después le gané doble el cuarto, y regresamos casi al principio, resultando obvio que ninguno iba a llegar a los mil en esa sesión, a menos de que jugáramos toda la noche.

El tío Am debe haberse sentido como yo, porque cuando repartí para el quinto juego me dijo:

– Un momento, Ed. Ninguno de los dos se está divirtiendo con esto. Tenemos demasiado en la cabeza. – Consultó el reloj -. Todavía no son las nueve. ¿Qué me dices de que siempre vayamos a dar el paseo? ¿Tienes ganas y te sientes bien?

Le contesté que sí; fuimos por el coche y la emprendimos hacia el Norte, a lo largo del lago, hasta Waukegan. Igual que la anterior, era una hermosa noche tibia. No hablamos mucho. Decidimos detenernos en el primer sitio en donde pudiéramos tomar un emparedado y una copa. Me detuve en el siguiente restaurante que tenía un letrero en neón: cócteles. Unas cuantas personas estaban de pie junto a coches estacionados, mirando hacia arriba y al Norte. Hicimos lo mismo; había una aurora boreal en el cielo. Ningún espectáculo muy brillante, aunque sí bastante bello; una cortina delgada y grande de luz temblorosa. Parecía un cortinaje real, con pliegues de verdad en la tela. No era la primera aurora boreal que veía, pero sí la mejor, y algo inusitado por ser tan al Sur, y por la época del año. La contemplamos un rato, sin hablar, antes de entrar.

Tomamos un cubículo y pedimos; entonces el tío Am empezó:

– Deberías verlas en Alaska alguna vez, Ed. – Sabía que estaba hablando de la aurora boreal, pero lo miré con sorpresa porque no sabía que hubiese estado en Alaska. Seguramente hay muchas cosas del tío Am que no conozco, anteriores al momento en que nos asociamos tras la muerte de mi padre, cuando yo tenía dieciocho años.

– ¿Cuándo estuviste en Alaska? – le pregunté.

– ¿Muchacho, has oído hablar del Gold Rush?

– Ponte serio, ¿estuviste alguna vez allá?

– Seguro, muchacho. Con una feria. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, en 1946. Después de la escasez, los barcos se podían conseguir por una bagatela, y, en la primavera, el dueño de un carnaval de feria tuvo una idea brillante: compró una goleta y empezó a recorrer la costa desde Frisco hasta Alaska. Yo tenía una de las concesiones. Nunca llegué al interior de Alaska, nada más a la costa meridional, pero hasta allí, en el otoño se contemplan estupendas auroras. Bueno, aquí viene nuestro pedido.

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