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Un regalo en mi puerta

Электронная книга - «Un regalo en mi puerta». Краткое содержание книги:

Un canasto con un par de bebés era lo último que Brittany Lee esperaba encontrarse en su puerta, pero allí estaba y alguien debía cuidarlos. Y si la única ayuda con la que podía contar era con la de su apuesto vecino tendría que conformarse con eso…
Mitchell Caine era un soltero convencido, pero supuso que podría echarle una mano a su vecina en esas circunstancias. Lo extraño del caso fue que después de un largo fin de semana de pañales y biberones, Mitchell empezó a pensar que sería muy divertido que los dos pudieran cuidar juntos a sus propios bebés.
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– Un donjuán. -dijo sin pensar y él hizo una mueca.

– No soy un donjuán.

– Entonces, ¿qué eres?

¿Qué era él? Mitch no se lo había preguntado desde hacía mucho tiempo. En el pasado y muchas veces, había sabido lo que era. En la secundaria, cuando había tocado la guitarra en un grupo era un roquero. Luego se había dedicado al deporte de la tabla hawaiana y casi había vivido para retar a las olas. En algún momento, después de la universidad se había convertido en un buen amante, y luego en investigador para la oficina del fiscal del distrito judicial. Seguía trabajando como investigador y disfrutaba haciéndolo, pero ya no parecía llenarlo como antes. Había pasado demasiado tiempo navegando, por decirlo así, trabajando mucho, flirteando mucho, saliendo con chicas y sin pensar en cómo sería su vida futura.

– ¿Qué eres? -volvió a preguntar Britt, inclinada hacia adelante-. ¿Qué esperas de la vida?

– Satisfacción -respondió.

– Es otra manera de decir «diversión» -dijo con expresión desdeñosa.

– ¿Qué tiene de malo la diversión? -preguntó él-. No la menosprecies hasta que la hayas probado.

– Por favor, no digas tonterías.

– Vamos, Britt -se inclinó hacia adelante como un cazador olfateando su presa-. Presiento que no sabes nada de lo que es diversión.

Britt volvió a ruborizarse y se aferró con fuerza al borde de la mesa.

– No es cierto, sí sé divertirme.

– Demuéstramelo -exigió con los dedos apoyados en la mesa-. ¿Qué haces para divertirte?

– Me divierto en este momento cuidando a las criaturas -respondió después de pensar.

– No me refiero a ese tipo de diversión y lo sabes -torció la boca en un gesto desdeñoso.

– Debería habérmelo imaginado -lo miró poniéndose a la defensiva-. Volvemos al sexo.

– ¿Eso crees?

Britt se puso de pie. Necesitaba huir, levantó las tazas y las llevó al fregadero.

– Olvídalo -dijo con voz dura-. Además de eso, la gente hace otras cosas para divertirse.

– No lo niego -aceptó y giró en la silla para observarla-. Y de eso estoy hablando -Mitch se puso de pie y se detuvo a espaldas de Britt para observarla mientras enjuagaba los platos-. Por lo que he visto, no te has divertido mucho en tu vida, Britt Lee. Al menos, si lo haces, no veo evidencias de ello.

Britt se puso muy tensa.

– Si no es divertido estar a mi lado, lo siento -masculló echando chispas por los ojos.

– No he dicho eso -repuso Mitch y la hizo volverse para que lo mirara de frente-. Me divierto contigo, pero Britt… -le escudriñó los ojos para tratar de ver algo en sus misteriosas profundidades-. ¿Qué te divierte?

– No se trata de la diversión -no estaba segura del hecho, pero esa pregunta la atemorizó hasta el punto de hacerle sentir casi pánico.

– Vamos -insistió Mitch acariciándole la mejilla-. Dime una cosa que te parezca divertida.

– Helado bañado con chocolate caliente -contestó animada y triunfal.

– Comida -movió la cabeza y se rió de ella-. Vamos. ¿No puedes decirme algo mejor, algo diferente?

Britt tenía la mente en blanco, la cercanía de Mitch la impedía pensar con claridad.

– No sé -murmuró nerviosa-. Dime el tipo de cosas a las que te refieres y quizá pueda darte un ejemplo.

– Te diré exactamente a lo que me refiero -asintió y bajó la voz-. Hablo de pasear bajo la lluvia -murmuró despacio para que ella pudiera imaginárselo-. Hablo de nadar a la luz de la luna. De inclinarse arriba del borde de Nuuanu Pali y oír el rugido del viento. De extender el brazo y encontrar una mano que espera estrechar la tuya en la oscuridad. Bailar al ritmo de una canción lenta y desear que nunca termine.

Britt movió la cabeza.

– Nunca he hecho ninguna de esas cosas -aceptó con tristeza.

Mitch sonrió y le acarició la barbilla.

– Es justo lo que quería decir.

Britt se enfrentaba con un dilema. Sabía que debería alejarse de Mitch, pero le gustaba tanto su contacto que todavía no deseaba hacerlo. Sin embargo, se sentía culpable por permitirle tocarla de esa manera.

– No me importa -masculló un poco incómoda y a punto de desistir de tratar de convencerlo-. No necesito diversión.

– Todos la necesitamos, al menos de vez en cuando -le acarició un hombro con un gesto de amigo-. ¿Qué me dices de cuando eras una chiquilla? ¿Recuerdas con qué te divertías?

– No -respondió y se volvió. No quería hablar de su infancia. Sin embargo, Mitch no estaba dispuesto a soltarla con tanta facilidad así que la siguió a la sala.

– ¿Cómo te divertías cuando tenías dieciséis años?

– No hacía nada -¿no lo comprendía? La diversión nunca había sido parte de su infancia.

– Estoy seguro de que acompañabas a los chicos a la hamburguesería o en el puesto de saimin ya que te criaste aquí en Hawai.

– Nunca -negó con un movimiento de cabeza.

– ¿Hablabas largo y tendió por teléfono con tus amigas?

– No.

– ¿Besabas a los chicos en el asiento de atrás de los coches?

– Sabes que no sería capaz -lo miró acongojada.

Mitch estaba anonadado. De acuerdo, ella le había aclarado que era virgen. Pero aquello no se lo esperaba.

– ¿Quieres decir que nunca dejaste que flirtearan contigo? -preguntó incrédulo.

– Por supuesto que no -levantó la barbilla, sabía lo que Mitch estaba pensando, pero se negaba a rendirse ante la presión-. Ya sabes que nunca hice ese tipo de cosas.

Britt se desplomó en un sillón y levantó una revista; fingió interesarse en un artículo acerca de los gases en las cloacas, en Europa oriental. Mitch se sentó a su lado, teniendo cuidado de no tocarla.

– Nunca lo has hecho -repitió-. ¿No te das cuenta de lo que te has perdido? Esa era la mayor diversión en la adolescencia.

– Por lo visto no puedes mantenerte alejado del sexo -lo retó exasperada.

– No comprendes -dijo después de titubear-. Eso tiene relación con el despertar de las hormonas y del sexo. No necesariamente tiene que terminar en algo más íntimo. De adolescente sabía besar durante horas y seguir más…

– Olvídalo -se volvió para no verlo-. No quiero oír la descripción de tus experiencias.

– Supongo que no tenemos tiempo para eso -bromeó-. Pero deberías experimentar una sesión de caricias, al menos una vez en tu vida -la miró pensativo-. Yo te enseñaré.

– ¡No! -gritó Britt atemorizada.

– No te preocupes. No será una repetición de lo que ha sucedido en el sofá esta mañana.

– En eso tienes razón -acercó la revista a su rostro y fingió leer.

– Brin -empujó suavemente la revista-. Vamos, tardaremos sólo unos minutos y te juro que no terminaremos haciendo el amor.

Britt se ruborizó presa de un deseo por Mitch que le hacía tener la sensación de estar volando como una cometa. A pesar de todo, volvió el rostro hacia él.

– Mitch -murmuró desvalida.

– Calla -respondió ciñéndole los hombros y mirándola a los ojos-. No digas nada hasta que hayamos terminado.

Los ojos de Britt eran tan azules como el cielo hawaiano y la piel de Mitch era oscura, tersa y cálida. Britt vio que Mitch se acercaba tanto a ella que sus facciones perfectas comenzaron a borrarse.

Al principio los labios de Mitch fueron para Britt como una brisa tropical. La joven suspiró y entreabrió la boca. Él le cubrió los labios y ella cerró los ojos para dejarse ir a la deriva y sentir su contacto. Fue una danza fantástica, un viaje en un globo y un trayecto en balsa sobre un río. Obedeciendo a un impulso, Britt deslizó la lengua por la boca de Mitch. Ella se sintió deseada, necesitada y amada. Sí, amada.

Britt se acercó más porque necesitaba tener a Mitch más cerca, pero él suspiró y se alejó un poco para frotar su rostro con el de ella.

– No, eres muy atrevida. Nada de tocarnos debajo del cuello. Recuerda que sólo nos podemos besar.

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