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Un regalo en mi puerta

Электронная книга - «Un regalo en mi puerta». Краткое содержание книги:

Un canasto con un par de bebés era lo último que Brittany Lee esperaba encontrarse en su puerta, pero allí estaba y alguien debía cuidarlos. Y si la única ayuda con la que podía contar era con la de su apuesto vecino tendría que conformarse con eso…
Mitchell Caine era un soltero convencido, pero supuso que podría echarle una mano a su vecina en esas circunstancias. Lo extraño del caso fue que después de un largo fin de semana de pañales y biberones, Mitchell empezó a pensar que sería muy divertido que los dos pudieran cuidar juntos a sus propios bebés.
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– ¿Quieres decir que darías a Danni y a Donna a un hombre como ése? -exigió-. ¿Cómo puedes tan siquiera pensarlo?

– Escucha, Britt. El Servicio Social se las entregará en cuanto él aparezca. Sonny tiene derecho a tenerlas, a menos de que se pueda demostrar que él les haría algún daño. Es su padre.

– Sólo tenemos la palabra de Janine.

– Sé lo que sientes -miró hacia la habitación en la que dormían las gemelas-. Tampoco a mí me gusta la idea de que queden en manos de Sonny o de Janine. Pobrecitas, pero incluso la gente mala tiene hijos. No se puede hacer nada al respecto.

Britt guardó silencio. Mitch se movió inquieto y deseó poder evitar lo que iba a hacer a continuación.

– Creo que lo mejor será llamar a los Servicios Sociales -murmuró-. Preguntaremos dónde hay que llevarlas y yo…

– No.

– ¿Qué?

– No -repitió Britt-. No llamaremos a los Servicios Sociales.

– Britt, no podemos hacer otra cosa. No pueden quedarse aquí, no son nuestras.

Calló y Britt se limitó a mover la cabeza.

– Britt, hablaremos con el que esté a cargo de la oficina. Les diré todo lo que sé de Sonny y de Janine y ellos podrán hacer una petición formal para que la policía les mande los expedientes. Luego harán lo que proceda. Quizá decidan buscarles unos padres adoptivos. Danni y Donna podrían terminar en un hogar agradable…

– ¡No! -se soltó sus manos y se alejó de Mitch-. No. No. No podemos permitir que eso suceda.

– Brin ¿qué te pasa?

– No podemos permitir que unos extraños se queden con ellas -dijo casi sin aliento, mirándolo a los ojos y rogándole que la comprendiera-. Por favor, Mitch, trata de entenderlo -le moldeó el rostro y le escudriñó los ojos-. No podemos hacer eso, no podemos.

Britt estaba temblando. Para intentar tranquilizarla, Mitch la abrazó con fuerza. No tenía idea de por qué eso la asustaba tanto, pero quería ayudarla, hacerla recapacitar para que tratara el asunto de manera racional.

– Britt, Britt -murmuró mientras le acariciaba el pelo-. Cálmate. De alguna manera solucionaremos el problema. Te juro que lo haremos.

Britt respiró hondo y se estremeció. Mitch le besó el pelo, la oreja, la sien, sin dejar de murmurar palabras tontas. Sin darse cuenta le rozó un seno con la mano. Deslizó la mano para moldeárselo y ella no se alejó. Al contrario, pareció gustarle.

En ese momento, Mitch no pensaba en amigas. La deseaba como no recordaba haber deseado nunca a otra mujer. Era una necesidad violenta que lo había dominado sin advertencia previa. La besaba y ella le correspondía con los labios abiertos y candentes. Mitch deslizó las manos por debajo de la bata y la acarició con urgencia.

Britt cerró los ojos y se dejó llevar por aquellas maravillosas sensaciones. Permitió que el calor se convirtiera en una necesidad imposible de negar. No se detuvo a preguntarse si realmente lo deseaba, si estaba dispuesta a arrastrarse en aquel loco abandono. En ese momento sólo deseaba algo que borrara los horribles cuadros que se le aparecían en la mente.

– Deprisa -le murmuró junto al cuello con los ojos bien cerrados-. Hazlo rápido.

Mitch contuvo el aliento y permitió que aquellas palabras llegaran a su mente. Las asimiló al igual que el hecho de que Britt yacía debajo de él, muy quieta, cuando se alejó un poco para mirarla, tuvo que detenerse. Tuvo que valerse de todas sus fuerzas para alejarse más.

– Dios mío -murmuró ronco-. Eres virgen ¿no?

– Vete -abrió los ojos que de pronto estuvieron llenos de lágrimas y bajó la cabeza-. Vete…

Pero Mitch no quería irse. En vez de eso la levantó y la arrulló en sus brazos.

– Britt, lo lamento -murmuró-. Parecías tan triste que quería… -¿ponerla contenta? Sabía que eso sólo era parte de la historia. La había deseado con tanta intensidad que había estado a punto de olvidarse de todo. Seguía deseándola. La sentía fresca y suave en sus brazos y deseó sumirse dentro de su frescura. Pero lo que más necesitaba era que Britt volviera a sonreír.

– Dime qué pasa -insistió con amabilidad, despejándola el pelo y mirándola a los ojos-. ¿Qué puedo hacer?

Britt comenzaba a dominarse y a recobrar el control. Era gracioso que no se sintiera avergonzada por lo ocurrido, o mejor dicho, por lo que había estado a punto de ocurrir.

– Yo soy la que lo lamento -de pronto, se irguió y logró sonreír-. Supongo que anoche no dormí suficiente y estoy un poco aturdida. Ya me encuentro mejor. Gracias, Mitch -le dio un golpecito en el brazo-. Eres un buen amigo.

Mitch estuvo a punto de ruborizarse por la ironía de esa relación.

Sabía que Britt había sentido un dolor profundo que él no había sido capaz de identificar, y que deseaba algo que hiciera desaparecer ese dolor. El no sabía a qué se debía el dolor y era evidente que ella no quería hablar de ello. Maldición, Britt era virgen y él había estado a punto de hacer el amor con ella. Una virgen. Había estado a punto de arruinarle todo. La primera vez para ella debía ser especial. Debía ser maravilloso y él había estado a punto de hacer que fuera horrible.

– ¿De modo que realmente eres virgen? -murmuró incómodo.

Britt lo observó y se preguntó por qué era tan importante para él. No lo era para ella. Su falta de experiencia era un síntoma y no una meta en sí.

– Tenía entendido que te lo había dejado claro desde el principio -dijo.

– Supongo que soy un poco tonto -deseó volver a abrazarla-. De hecho, ignoraba que todavía existieran vírgenes.

– Eso es porque no prestas atención -se volvió y le sonrió-. Hay muchas, pero no son el tipo de mujer que te atrae.

– ¿Qué quieres decir? -abrió los ojos de par en par-. ¿Que me atraen las mujeres fáciles?

– No -sonrió-. Pero te atrae el tipo de mujer que sabe enviar las señales sexuales que captan los hombres -rió al verle la expresión y le dio una palmadita consoladora en el hombro-. Eso no tiene nada de malo. No estoy intentando establecer un juicio de valores, sólo digo…

– Sólo estás diciendo que soy un patán.

Eso era lo que él deseaba, ¿no? Todo sería perfecto si él pudiera dominar aquella necesidad compulsiva de ser algo más que un amigo para ella. Tendría que luchar contra ello porque deseaba su amistad. Deseaba tener una amiga. Hasta ese momento las cosas marchaban con dificultad, pero tendría que seguir intentándolo.

– Escucha, Britt, respecto a las gemelas…

– Por favor, Mitch -lo miró animada-. Ayúdame con esto. No soporto pensar que las vamos a entregar sin saber lo que les va a pasar. Es sábado por la tarde. Tengámoslas aquí hasta el lunes y quizá se nos ocurra algo.

– ¿Hasta el lunes? -no, eso no estaba bien. No podrían hacerlo. Las gemelas deberían estar con alguna autoridad que supiera lo que había que hacer-. Britt, estas niñas están abandonadas.

– No -dijo con firmeza y moviendo la cabeza-. No las abandonaron. Janine las dejó para que el padre las cuidara y él, que no lo sabe, no ha venido. Eso es todo. Míralo de esa manera. ¿Qué pasaría si Janine fuera nuestra amiga? Estaríamos cuidando a sus hijas hasta que ella volviera.

– ¿Cuándo crees que volverá?

– No lo sé -movió la cabeza-. Pero, Mitch, Janine quiere a estas pequeñas. No puedo creer que las deje aquí mucho tiempo más. Tiene que volver a ver cómo están y cuando lo haga…

– ¿Qué haremos cuando lo haga? Tendremos que devolvérselas.

– Nos enfrentaremos al problema cuando suceda. Mientras tanto, debemos esperar. Sólo hasta el lunes -posó una mano en el brazo de Mitch-. Sólo hasta el lunes.

– Está bien -la miró a los ojos y suspiró-. Hasta el lunes.

– Gracias -murmuró antes de inclinarse hacia adelante para darle un beso en la mejilla. Luego se levantó y comenzó a ordenar la habitación-. Esto está hecho un desastre. Tendré que pasar la aspiradora. ¿Haces el favor de estar pendiente de las niñas?

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