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Un regalo en mi puerta

Электронная книга - «Un regalo en mi puerta». Краткое содержание книги:

Un canasto con un par de bebés era lo último que Brittany Lee esperaba encontrarse en su puerta, pero allí estaba y alguien debía cuidarlos. Y si la única ayuda con la que podía contar era con la de su apuesto vecino tendría que conformarse con eso…
Mitchell Caine era un soltero convencido, pero supuso que podría echarle una mano a su vecina en esas circunstancias. Lo extraño del caso fue que después de un largo fin de semana de pañales y biberones, Mitchell empezó a pensar que sería muy divertido que los dos pudieran cuidar juntos a sus propios bebés.
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Finalmente las noticias familiares se terminaron. Britt suspiró y llevó a Jimmy a conocer a las criaturas. Al principio, él las levantó con temor, pero con la práctica mejoró.

– Mi novia llegará en cualquier momento -le aseguró a Britt-. Y ella sabe mucho de bebés. Ha cuidado a bastantes criaturas.

– Estupendo -el timbre de la puerta sonó en ese momento-. Seguro que es ella.

La novia de Jimmy no era como Britt la había imaginado. Pensaba encontrarse con una especie de versión más joven de las mujeres con las que salía su tío Mitchell. Pero la chica era pequeña, delgada, de aspecto inteligente, vestida con un pantalón y una camisa de una pieza. Tenía el pelo corto y nada de maquillaje.

– Pido disculpas por la forma en que estoy vestida -comentó al entrar-. Vengo del aeropuerto donde estaba probando el nuevo Apache que han recibido. No he tenido tiempo para cambiarme de ropa.

– Lani es piloto. Durante el verano trabaja para mi tío Mack -le informó Jimmy a Britt-. El es el que dirige el servicio de fletes aéreos en la Isla Grande.

– Comprendo -Britt sonrió, pero deseó que no volvieran a hablar de recuerdos familiares.

– Supongo que debo presentaros formalmente -dijo Jimmy sonriéndole a su amiga-. Esta es mi buena amiga Lani Tanaka. Lanie, seguro que recuerdas a mi tío Mitch. Y ésta es Britt, su… amiga.

Lani se encargó inmediatamente de las criaturas. Pero a Britt le resultaba difícil dejarlas. ¿Qué pasaría si Sonny llegaba a buscarlas? t0 si lo hacía Janine? Estuvo dándoles consejos a Lani y a Jimmy hasta que Mitchell le ciñó el brazo para conducirla afuera. Ella se quejó durante el trayecto al coche y se mantuvo enfurruñada mientras recorrían las calles de Honolulu.

Pero su estado de ánimo cambió cuando llegaron la tienda especializada en todo lo necesario para los niños. Nunca había visto un mundo de ensueño como ése. Quiso todo lo que veía.

– Mira esos vestiditos -gritó señalando unos vestidos multicolores.

– ¿Vestidos? -Mitchell no se dejaba impresionar con tanta facilidad. Hizo una mueca-. Todavía no pueden sentarse solas. No necesitan vestidos.

– ¡Los zapatos! -Britt ya estaba en la siguiente fila-. ¿No son encantadores? Tenemos que comprar dos pares.

– ¡Todavía no andan!

– Sacos de dormir para bebés -exclamó Britt-. Mira uno es amarillo y el otro es naranja. Con sus bolsas para guardarlos.

– ¿No crees que son demasiado pequeñas para ir de campamento? -comentó el señor Gruñón-. Espera al menos, hasta que crezcan lo suficiente para ponerse unos zapatos.

Britt no le hizo caso. Estaba divirtiéndose demasiado para permitir que Mitch le arruinara la diversión.

– Mira esas almohadas con los patos bordados. ¡Son preciosas!

– En el libro que leí decía que no deben usar almohadas antes del año de vida -frunció el ceño y ella se burló de él.

– Ay, Mitch, eres un aguafiestas -le dio una palmadita condescendiente en el brazo y siguió caminando. Él la siguió gruñendo.

De pronto, la actitud de Mitch cambió al ver algo que le llamó la atención.

– Mira estas bicicletas y los baloncitos -levantó uno y lo tiró de una mano a la otra-. Las niñas ya juegan al fútbol, ¿no? -preguntó esperanzado-. Y el coche de carreras en miniatura. Las dos cabrían en él. Mira, se presionan estos pedales…

– Mitch, no bromees -Brin suspiró y volvió a mirar los vestidos-. Todavía no pueden jugar con eso. Pero mira esos calcetines y esos zapatos de charol.

Pasaron una hora riendo y admirando las cosas que el mundo moderno ofrecía para los bebés y llegado el momento, Mitch sacó su tarjeta de crédito para pagarlo todo.

– Déjame pagar la mitad -insistió Britt, pero él no se dejó.

– Dejaron las criaturas a mi puerta. Ya has hecho más de lo que debías hacer -le dijo.

Britt se sintió un poco culpable porque ella había sido la que había decidido la mayor parte de las compras. Cedió porque parecía que para Mitch era importante hacerlo a su manera.

– ¿Bebé nuevo? -preguntó el cajero sonriendo-. Tiene suerte el pequeño. Sus padres son muy generosos.

– Mamá es la generosa -dijo Mitch sacando el pecho y sonriéndole a Britt con malicia-. Yo he venido sólo a dar un paseo -le guiñó un ojo al empleado-. Pero ya sabe cómo son las mujeres. Gastan, gastan y gastan.

– Tiene razón -dijo el empleado, inclinado hacia adelante y con una mirada significativa-. Se le pondrían los pelos de punta si le contase cómo gastan algunas mujeres. Compran cualquier cosa si uno se la presenta de la manera adecuada.

– Más le vale rogar que sigan haciéndolo -tronó Britt irritada-. El día en que dejen de gastar usted perderá su trabajo, ¿no cree? -el empleado la miró desconcertado.

– ¿No puedes aceptar una broma? -le susurró Mitch al salir de la tienda.

– Soporto las bromas, pero no los insultos -protestó.

– No sabía que fueras feminista. Cada día descubro algo nuevo en ti.

– Me gusta defender mis puntos de vista -replicó-. Y no creas que no me he dado cuenta de quién ha empezado. Has incitado al cajero antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Supongo que no puede esperarse mucho más de un hombre que piensa que las mujeres son muñecas con las que se juega cuando se tienen ganas.

– ¿Te refieres a mí? -Mitch giró sobre sus talones y se la quedó mirando; la diversión había desaparecido de sus facciones. ¿Cómo podía estar tan equivocada respecto a él?

– Exactamente.

– ¿Es eso realmente lo que piensas de mi? -preguntó quedo.

Britt abrió la boca para decir algo mordaz, pero al ver su expresión fue incapaz de hacerlo. De pronto, comprendió que sus palabras lo habían herido y se arrepintió.

– No, Mitch -dijo tocándole el brazo. Sonrió titubeante-. ¿No soportas una broma?

– Por supuesto, muchacha -sonrió-. Soporto las bromas -se volvió-. Espero que encontremos el sitio en el que hemos dejado el coche.

Britt se protegió los ojos con la mano para buscar el coche, pero le costaba concentrarse, pues no podía dejar de pensar en Mitch. Él parecía de buen humor, pero había una extraña dureza en su interior. Deseó no tener que verlo emerger nunca. Algo le decía que Mitch podía ser peligroso si se le irritaba mucho.

Pero Mitch también debía conocer sus límites. Britt no permitiría que nadie la menospreciara por ser mujer.

– Allí está -señaló el coche y mientras se acercaban a él, a ella se le ocurrió otra cosa.

– Espero que alguien les enseñe a Danni y a Donna a respetarse -murmuró, para sí.

Fueron tambaleándose hacia el ascensor, cargados de paquetes. El estado de ánimo festivo los acompañó desde el pasillo hasta el apartamento. Pero cuando Mitch abrió la puerta y entraron, Britt cambió completamente de expresión, dejó los paquetes en el suelo y miró a Mitch con los ojos abiertos de par en par.

– Mitch -dijo-. No están aquí.

– ¿Qué quieres decir con que no están aquí? -guardó la tarjeta de Britt en su bolsillo e hizo una mueca-. Todavía no hemos buscado en la habitación.

– No están aquí -insistió-. Lo presiento -se volvió y le agarró el brazo-. ¿Habrán venido Janine o Sonny?

A Mitch se le hizo un nudo en el estómago. Fue hacia la habitación y la encontró vacía. Se volvió y vio que Britt estaba a su espalda, abrazándose los brazos y tratando de dominar el pánico.

– Tienes razón, no están -comentó él-. ¿Dónde diablos estarán Jimmy y Lani?

Britt lo miró a los ojos con la esperanza de encontrar en ellos algo que le diera fuerzas.

– ¿Qué hacemos? -preguntó con voz tensa-. ¿Llamamos a la policía?

– Exageras un poco -movió la cabeza-. Es posible que estén por aquí.

Britt volvió a agarrarle del brazo.

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