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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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«Ahora nos toca atacar a nosotros.» Habría dado cualquier cosa por saber moverse con la seguridad y el sigilo del gatosombra, por poder matar con la misma rapidez. Llevaba a Garra en su funda, cruzada a la espalda, pero tal vez no tuviera sitio para utilizarla. Tenía un cuchillo y una daga por si había que atacar más de cerca. «Ellos también irán armados, y yo no tengo cota de malla.» Se preguntaba quién sería al final el gatosombra, y quién el carnero.

Siguieron el sendero durante un largo trecho, con sus giros y sus recodos, siempre por la ladera de la montaña, siempre hacia arriba. En ocasiones la montaña se replegaba sobre sí misma y perdían de vista la hoguera, pero tarde o temprano volvía a aparecer. El sendero que había elegido Serpiente de Piedra habría sido intransitable con caballos. En algunos tramos Jon tenía que pegar la espalda a la piedra fría y caminar de lado como un cangrejo, centímetro a centímetro. El camino era traicionero incluso cuando se ensanchaba; había grietas que podían engullir la pierna de un hombre, rocas sueltas que hacían tropezar, hondonadas en las que el agua se acumulaba durante el día y se congelaba por la noche.

«Un paso detrás de otro —se dijo Jon—. Un paso detrás de otro, y no me caeré.»

No se había afeitado desde que dejaron atrás el Puño de los Primeros Hombres, y el vello que le crecía en el labio superior estuvo pronto cubierto de escarcha. A las dos horas de escalada, el viento lo golpeaba con tanta fuerza que no podía hacer más que encogerse, aferrarse a la roca y rezar para que una ráfaga no lo arrancara de la montaña. «Un paso detrás de otro —siguió cuando el vendaval se calmó un poco—. Un paso detrás de otro y no me caeré.»

No tardaron en estar a una altura tal que no era nada recomendable mirar hacia abajo. De hacerlo, lo único que se divisaba era una negrura abismal, idéntica a la negrura de arriba en todo excepto en la luna y en las estrellas.

—La montaña es tu madre —le había dicho Serpiente de Piedra hacía unos días, durante un ascenso bastante menos complicado—. Aférrate a ella, aprieta la cara contra sus tetas, y ella no te dejará caer.

Jon se lo había tomado a broma, comentó que siempre se había preguntado quién sería su madre, pero que nunca pensó que la encontraría en los Colmillos Helados. En aquel momento ya no le parecía tan divertido. «Un paso detrás de otro», pensó mientras se agarraba a la roca.

El estrecho sendero terminaba bruscamente en un punto donde una roca inmensa de granito negro salía de la ladera de la montaña. Comparada con la luz brillante de la luna, su sombra era tan negra que parecía la entrada de una caverna.

—Por aquí arriba —dijo el explorador en voz baja—. Tenemos que situarnos por encima de ellos. —Se quitó los guantes, se los metió debajo del cinturón y se ató un extremo de la cuerda en torno a la cintura, y el otro en torno a la de Jon—. Cuando la cuerda se ponga tensa, sígueme.

El explorador no esperó respuesta, sino que se puso en marcha al instante, y empezó a trepar con los dedos de las manos y con los pies a una velocidad que a Jon le pareció increíble. La larga cuerda se fue desenroscando poco a poco. Jon lo estudió con atención para tomar nota mental de cómo subía y dónde buscaba asidero, y cuando se desenroscó el último tramo de cuerda se quitó los guantes y lo siguió, aunque mucho más despacio.

Serpiente había atado la cuerda alrededor de un saliente de roca lisa y lo estaba esperando, pero en cuanto Jon llegó, la soltó y empezó a trepar de nuevo. En esta ocasión no había ningún refugio adecuado cuando llegó al extremo, de manera que sacó el martillo con la cabeza envuelta en fieltro y clavó una clavija en una hendidura de la piedra con una serie de golpes suaves. Pese a lo delicado de los martillazos, resonaban con tanta fuerza contra la piedra que Jon parpadeaba con cada golpe, seguro de que los salvajes también los estarían oyendo. Una vez la clavija estuvo firme, Serpiente ató bien la cuerda, y Jon empezó la ascensión. «Mama de la teta de la montaña —se recordó—. No mires hacia abajo. Descansa el peso sobre los pies. No mires hacia abajo. Mira la roca que tienes delante. Hay un buen asidero, sí. No mires abajo. En aquella cornisa puedo recuperar el aliento, sólo tengo que llegar allí. No mires abajo.»

En un momento dado le resbaló el pie sobre el que apoyaba el peso, y durante un instante se le detuvo el corazón, pero los dioses fueron misericordiosos y no cayó. Notaba cómo el frío de la roca se le metía en los dedos, pero no se atrevía a ponerse los guantes; por ceñidos que parecieran, los guantes resbalarían, el tejido se movería entre la piel y la piedra, y en aquel lugar aquello significaba la muerte. Las manos quemadas se le empezaron a entumecer, y no tardaron en dolerle. Sin darse cuenta se había hecho sangre en un pulgar, y dejaba manchas de sangre allí donde ponía los dedos. Para sus adentros, deseó seguir teniendo diez cuando terminara la ascensión.

Subieron, subieron, subieron, como sombras negras que se arrastraran sobre la pared de roca bañada por la luz de la luna. Cualquiera que se encontrara en la base del paso los habría divisado sin dificultad, pero la montaña los ocultaba de los ojos de los salvajes reunidos en torno a su hoguera. Ya estaban cerca, Jon lo presentía. Pero ni aun así se permitió pensar en los enemigos que lo esperaban sin saberlo. En cambio pensó en su hermano, que estaba en Invernalia. «A Bran le encantaba trepar. Ojalá yo tuviera la décima parte de su valor.»

A dos tercios del trayecto hasta la cima, el ascenso quedaba interrumpido por una grieta traicionera en la piedra helada. Serpiente le tendió la mano para ayudarlo a subir. Se había puesto los guantes de nuevo, y Jon hizo lo mismo. El explorador hizo un gesto con la cabeza para señalar hacia la izquierda, y los dos reptaron por la cornisa a lo largo de trescientos metros o más, hasta divisar el brillo tenue anaranjado más allá de borde del precipicio.

Los salvajes habían encendido la hoguera en una hondonada desde la que se divisaba la parte más angosta del paso, al borde de un abismo y contra una pared de roca que los resguardaba de las peores ráfagas de viento. La misma pared que los protegía permitió a los hermanos negros llegar arrastrándose sobre el vientre a pocos metros de ellos, mirando desde arriba a los hombres a los que tenían que matar.

Uno de ellos estaba dormido, enroscado bajo un montón de pieles. Jon no distinguió ninguno de sus rasgos, aparte de la cabellera rojiza que brillaba a la luz del fuego. El segundo estaba sentado cerca de las llamas, de cuando en cuando añadía ramas a la hoguera y se quejaba del viento con voz lastimera. El tercero vigilaba el paso, aunque no había mucho que ver, únicamente un inmenso cuenco de oscuridad bordeado por las montañas nevadas. El que vigilaba era el que llevaba el cuerno.

«Tres.» Durante un momento, Jon no supo qué iban a hacer. «Pensábamos que sólo habría dos.» Pero uno estaba durmiendo. Y tanto daba si eran dos, tres o veinte, tenía que hacer lo que había ido a hacer allí. Serpiente de Piedra le tocó el brazo y le señaló al salvaje del cuerno. Jon hizo un gesto en dirección al sentado junto a la hoguera. Resultaba extraño elegir a qué hombre iba a matar cada uno. Se había pasado la mitad de la vida con una espada y un escudo, entrenándose para aquel momento. «¿Se sentiría Robb así antes de su primera batalla?», se preguntó. Pero no había tiempo para pensar en la respuesta. Serpiente se movió tan deprisa como el animal cuyo apodo llevaba, lanzando una lluvia de guijarros sobre los salvajes. Jon desenvainó a Garra y lo siguió.

Todo pareció suceder en un abrir y cerrar de ojos. Más tarde Jon se detendría a admirar el valor del salvaje que intentó echar mano del cuerno antes que de la espada. Consiguió llevárselo a los labios, pero antes de que pudiera hacerlo sonar Serpiente de Piedra se lo arrancó de las manos con un golpe de la espada corta. El hombre que le había correspondido a Jon se puso en pie de un salto y le blandió una tea encendida delante del rostro. Jon sintió el calor de las llamas en las mejillas y retrocedió un paso. Por el rabillo del ojo, vio cómo el que antes dormía empezaba a moverse, y comprendió que tenía que acabar pronto con su adversario. Cuando volvió a blandir la tea encendida, se lanzó contra ella esgrimiendo la espada bastarda con ambas manos. El acero valyrio atravesó el cuero, las pieles, la lana y la carne, pero cuando el salvaje cayó se retorció y le arrancó la espada de las manos. En el suelo, el que había estado dormido se incorporó entre las pieles. Jon echó mano de la daga, agarró al hombre por el pelo y le puso la hoja bajo la barbilla mientras él… no, ella…

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