Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Antes de Rhuidean su memoria estaba llena de lagunas; había sido como recordar llegar ante una puerta por la mañana y volver a cruzarla por la tarde para marcharse, pero nada de lo que había ocurrido entre medias. Ahora había algo en ese intermedio, llenando todas aquellas lagunas. Una especie de sueños estando despierto o algo por el estilo. Era como si pudiera recordar bailes, batallas, calles y ciudades, nada de lo cual había visto realmente nunca, nada que hubiera existido, como un centenar de fragmentos de la memoria de un centenar de hombres diferentes. Quizás era mejor pensar que se trataba de sueños; empero, le parecían tan reales como sus propios recuerdos. En su gran mayoría eran batallas, y a veces se le colaban de rondón en la mente a raíz de algo, como con la ballesta. De pronto se encontraba mirando un paraje y planeando cómo tender una emboscada en ese punto o cómo defenderse contra una trampa o cómo colocar a un ejército para una batalla. Era una locura.
Sin mirarla, pasó los dedos sobre la escritura tallada en el negro astil de la lanza. Era capaz de leerla con la facilidad con que leería las líneas de cualquier libro, aunque había necesitado todo el viaje desde Chaendaer para darse cuenta de ello. Rand no había dicho nada, pero Mat sospechaba que se había descubierto allá, en Rhuidean. Ahora sabía la Antigua Lengua merced a esos sueños. «Luz, ¿qué me hicieron?»
—Sa souvraya niende misain ye —dijo en voz alta—. Estoy perdido en mi propia mente.
—Vaya, un erudito, considerando estos tiempos y esta Era.
Mat alzó la vista y se encontró con los oscuros y hundidos ojos del juglar, observándolo. El tipo era bastante alto, de mediana edad, y seguramente les resultaría atractivo a las mujeres; pero tenía un extraño modo de mantener la cabeza ladeada, como si intentara mirar de soslayo a su interlocutor.
—Sólo es algo que escuché una vez —dijo Mat. Tenía que ser más prudente. Si Moraine decidía enviarlo a la Torre Blanca para que lo estudiaran, jamás lo dejarían salir de allí—. Se oyen retazos de cosas aquí y allí y se recuerdan. Sé unas cuantas frases. —Con aquello se cubría las espaldas si era tan necio de cometer otro desliz.
—Me llamo Jasin Natael y soy juglar. —Natael no hizo revolotear la capa como habría hecho Thom; por su actitud, podría haber dicho que era un carpintero o un carretero—. ¿Os importa si me siento a vuestro lado? —Mat asintió, y el juglar dobló las piernas y metió por debajo la capa para sentarse sobre ella. Parecía fascinado por los Jindo y los Shaido arremolinados alrededor de los carromatos, casi todos ellos cargados todavía con sus lanzas y adargas—. Los Aiel —musitó—. No esperaba que fueran así. Todavía me cuesta dar crédito a mis ojos.
—Yo llevo varias semanas con ellos y sigo sin acabar de creerlo —dijo Mat—. Gente extraña. Si cualquiera de las Doncellas os pide jugar al Beso de las Doncellas os aconsejo que rehuséis. Cortésmente.
Natael lo miró con desconcierto.
—Lleváis una vida muy interesante, al parecer.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Mat, cauteloso.
—No creeréis que es un secreto, ¿verdad? Pocos hombres hay que viajen en compañía de… Aes Sedai. La mujer, Moraine Damodred. Y luego está Rand al’Thor, el Dragón Renacido, El que Viene con el Alba. ¿Quién sabe cuántas profecías se supone que tiene que cumplir? Ciertamente, son unos compañeros de viaje muy poco corrientes.
Los Aiel debían de haber hablado, por supuesto. Cualquiera lo habría hecho en su lugar. Aun así, resultaba un tanto inquietante que un extraño estuviera charlando sobre Rand así, con tanta tranquilidad.
—Por ahora se las arregla bien. Si os interesa, hablad con él. En cuanto a mí, prefiero que no se acuerden.
—Tal vez lo haga. Más tarde, quizá. Hablemos de vos. Tengo entendido que fuisteis a Rhuidean, donde nadie que no sea Aiel ha entrado en los últimos tres mil años. ¿La conseguisteis allí? —Tendió la mano hacia la lanza posada sobre las rodillas de Mat, pero la dejó caer al advertir que el joven apartaba ligeramente el arma—. Bien, contadme qué visteis.
—¿Por qué?
—Soy un juglar, Matrim. —Natael tenía ladeada la cabeza de aquel modo tan inquietante, pero en su voz había un deje de irritación por tener que explicarlo. Levantó un pico de su capa de parches de colores como si fuera una prueba—. Habéis visto lo que no ha visto nadie salvo un puñado de Aiel. ¡Qué historias no podría hacer con lo que han visto vuestros ojos! Os convertiré en un héroe, si así lo queréis.
—Yo no quiero ser un maldito héroe —resopló con desdén.
Sin embargo, no había razón para guardar silencio. Amys y las demás podían parlotear cuanto quisieran sobre no hablar de Rhuidean, pero él no era Aiel. Además, le vendría bien contar con alguien de la caravana de buhoneros que le tuviera cierta buena voluntad, alguien que hablara en su favor llegado el momento.
Relató lo ocurrido desde que habían llegado a la pared de niebla hasta que habían salido, excepto algunos detalles que decidió guardar para sí. No estaba dispuesto a contarle a cualquiera lo del ter’angreal, el marco retorcido, y prefería olvidar lo del polvo que formaba criaturas y que había intentado matarlo. Aquella extraña ciudad de gigantescos palacios era más que suficiente como relato; y Avendesora.
Natael dejó enseguida de lado el Árbol de la Vida, pero hizo que Mat volviera una y otra vez sobre el resto, preguntando más y más detalles, desde qué se sentía exactamente al caminar a través de esa niebla y cuánto se tardaba en llegar a la luz sin sombras del interior, hasta las descripciones de todas y cada una de las cosas que Mat recordaba haber visto en la gran plaza, en el corazón de la ciudad. El joven hizo esto último de mala gana; un desliz, y estaría hablando sobre el ter’angreal, y ¿quién sabe adónde lo llevaría eso? Aun así, se terminó el último sorbo de cerveza caliente y siguió hablando hasta que la boca se le quedó seca. La verdad era que lo contaba de un modo que sonaba insulso, como si se hubiera limitado a entrar y esperar mientras Rand regresaba para después volver a salir, pero Natael parecía decidido a sacarle todos los detalles. Le recordaba a Thom; a veces, Thom se concentraba en uno como si tuviera intención de estrujarlo hasta extraer la última pizca de información.
—¿Es esto lo que se supone que tenías que hacer?
A despecho de sí mismo, Mat dio un brinco al sentir la voz de Keille, dura bajo su timbre melifluo. La mujer le ponía los pelos de punta, y además parecía dispuesta a arrancarle el corazón, y también al juglar.
Natael se incorporó precipitadamente.
—Este joven me acaba de contar las cosas más fascinantes que puedan imaginarse sobre Rhuidean. No lo creerías.
—No hemos venido aquí por Rhuidean. —Las palabras sonaron tan afiladas como su enorme y picuda nariz. Menos mal que su mirada furibunda se centraba únicamente en Natael.
—Te digo que…
—No me digas nada.
—¡No intentes hacer que me calle!
Haciendo caso omiso de Mat, echaron a andar a lo largo de las carretas mientras discutían en voz baja y gesticulaban violentamente. Cuando desaparecieron en el carromato, Keille se había encerrado en un sombrío silencio.
Mat se estremeció. Ni siquiera podía imaginar compartir alojamiento con esa mujer; sería igual que compartirlo con un oso que tiene dolor de muelas. En cuanto a Isendre, bueno… Aquel rostro, aquellos labios, aquellos andares contoneantes. Si conseguía apartarla de Kadere, quizá se interesaría por un joven héroe —las criaturas de polvo serían de tres metros de alto; le daría hasta el último detalle o suceso que recordara—, un apuesto y joven héroe más de su agrado que un remilgado buhonero viejo. Merecía la pena pensarlo.